UN
PENDIENTE EN EL ZAPATO
Soy maestro.
El otro día, durante el recreo, se me clavó un pendiente en el zapato. Entré al
comedor a tomar un café y noté que tenía algo en la suela del zapato que hacía
un ruido metálico. Una chincheta, pensé. Me senté y tiré del objeto a tientas,
convencido por el tacto de que era una chincheta. Se resistía, pero, cuando
conseguí desprenderlo del zapato, lo puse encima de la mesa y vi que era un
pendiente de esos que se sujetan por detrás del lóbulo con una ruedecilla o una
mariposa metálica. Se me había clavado en la suela del zapato la varilla o el
palito, no sé con exactitud cómo se llama esa parte punzante del pendiente.
—¡Un
pendiente! —exclamé.
—Estaría en
la arena del patio y se te ha clavado en el zapato —dijo una maestra con gran
sentido común.
—Seguramente
será de una niña de mi clase —dijo otra maestra— que ayer me dijo que había
perdido un pendiente.
—Quédatelo
—dije yo, contento de realizar una buena acción con tan poco esfuerzo.
Y se lo
quedó.
No sé qué
habrá pasado con el pendiente, ignoro si ha llegado a su dueña. Preguntaré para
salir de la duda.
Hay que
reconocer que es extraordinario que un pendiente se clave en la suela de un
zapato, tanto como pincharse con la aguja de un pajar, pinchazo que atribuyen
los chistes a personas gafes. Si la niña ha recuperado su pendiente, yo no
sería un gafe, sino un amuleto de la buena suerte.
Pero pensemos
menos en mí y más en la niña del pendiente, que es la importante. La
conversación de la niña con la maestra, que supuestamente podría llamarse
Susana, sería así:
—Susana, he
perdido el pendiente —dice la niña después del recreo.
—¿Dónde,
niña? —pregunta Susana. Si lo supiera la niña, digo yo, no estaría perdido el
pendiente.
—A lo mejor
en el patio. He salido con él y ahora no lo tengo.
—Sal al
patio con esta amiguita y búscalo.
La niña del
pendiente y la amiguita tardan demasiado en regresar a la clase. Susana pide al
compañero de la clase de al lado que eche un ojo a sus alumnos y sale en busca
de las niñas. Y se encuentra a la niña llorando a moco tendido porque no
encuentra el pendiente. La amiguita la consuela, pero ni por esas. Cargada de
paciencia, Susana dice a la niña:
—No te
preocupes, bonita, se lo diré a tu mamá y te comprará otro par de pendientes.
El
pendiente, que también tiene corazón, aunque sea pequeño, se queda más solo que
la una, perdido en la inmensidad del arenero del patio.
—¡Qué sólo
estoy! —piensa el pendiente—. Si al menos alguien me pisara y yo me quedara
clavado en la suela de su zapato, tal vez volvería a la oreja de una niña.
Y, mira por
dónde, sus deseos se cumplen porque yo he salido al patio del recreo y he
pisado en el sitio adecuado. ¡A veces también los pendientes tienen momentos de
buena suerte!
Vamos a
darle un poco de gracia a esto, ¿no os parece?
La niña del
pendiente perdido mañana, o pasado mañana, o dentro de cuatro días, caminando
por la calle, de vuelta del colegio, se encontrará un sobre azul junto a una
farola.
—¡Un sobre
azul junto a una farola! Voy a ver qué hay dentro —dirá la niña con mucha emoción.
Y dentro del
sobre azul habrá otros tres sobres con un número muy grande en la solapa: uno,
sobre rojo; dos, sobre amarillo; tres, sobre verde.
—¿Como un
semáforo?
—Sí,
exactamente.
Abrirá el
sobre rojo, porque la niña decidirá abrirlos en orden numérico. Y se encontrará
dos billetes de cincuenta euros. Si no me fallan las cuentas, ¡cien euros!
Junto a los cien euros habrá una nota: «Los cien euros, niña del pendiente
perdido, son para ti».
—¡Qué suerte
tengo! —exclamará la niña para sus adentros.
Y suerte
tiene, porque no tendrá que llevar los cien euros a la policía pensando que
alguien podrá reclamarlos. La niña es una buena ciudadana e iría a la policía
sin dudarlo, pero la nota la libera de esa obligación. Los cien euros son para
ella y sólo para ella.
Abrirá el
sobre amarillo. Dentro habrá cuatro entradas para ver el musical El Rey
León, que es un espectáculo exageradamente caro, al alcance de pocos
bolsillos. También encontrará otra nota: «Estas entradas son para ti, niña del
pendiente perdido». ¡Hala, podrá ir a ver el musical con sus padres y su
hermano pequeño estas Navidades!
—¿Estas
Navidades?
—Sí. El
pendiente se me pinchó en el zapato el 4 o el 5 de diciembre. Queda poco para
las Navidades. Así que calculo que la niña irá a ver El Rey León el 26 o
el 27 de diciembre. Esos días el tráfico está fatal y la familia usará el
transporte público. Viven en Getafe y montarán en el tren de cercanías hasta la
estación de la Puerta del Sol. Y, cuando salgan del musical, se tomarán un
chocolate con churros en una cafetería del centro de Madrid.
Sigo.
Finalmente, la niña abrirá el sobre verde. Dentro encontrará sólo una nota: «La
avaricia rompe el saco, niña del pendiente perdido». Y se sentirá muy feliz por
el consejo, y comprenderá que ha tenido muchísima suerte con los tres sobres:
—¡Qué
suerte: cien euros, las entradas para el Rey León y un buen consejo!
¿Qué más puedo pedir?
Y se irá tan
contenta a su casa.
Pero, si el
pendiente hubiera sido mío, me hubiera gustado encontrar en el sobre verde dos
cosas: una, la misma nota, pero ampliada: «La avaricia rompe el saco, pero el
saco es muy grande y le caben muchas cosas»; y dos, un billete de la Lotería de
Navidad. Pensándolo bien, un billete no, tres billetes. ¿Por qué conformarse
con uno? El número de esos billetes sería el premiado con el gordo de la
lotería del 22 de diciembre. Y aquí se frena mi avaricia. Podría haber metido
en el sobre cinco o diez billetes, pero me he conformado con tres, porque «la
avaricia rompe el saco».
Y ahora me
voy a montar en bicicleta.
Leganés,
7 de diciembre de 2017
Carlos
