
LA
PRIMERA CENA DE MANOLITO Y MARÍA LUISA
Antes de subir al 4.º C, la casa del hada María
Luisa, Manolito se lavó bien la roña de detrás de las orejas. Cuando se pasa
tanto tiempo solo como Manolito, suele descuidarse el aseo personal, y Manolito
tenía una costra de mugre detrás de las orejas que hasta olía mal. Con un
estropajo de la cocina, creo que limpio, se restregó un buen rato detrás de las
orejas frente al espejo del cuarto de baño, hasta que apareció la carne. Luego se
pasó el estropajo por la cara y los brazos, y se echó colonia de su madre
detrás de las orejas y del cuello, porque Manolito nunca ha tenido un frasco de
perfume propio.
Subió y llamó a la puerta de María Luisa. Eran
las 18:40 h, no era capaz de esperar a las 19:00 h. Estaba muy impaciente y
emocionado. ¡Hoy no cenaría a solas un sándwich de mortadela y un batido de
chocolate!
El timbre de la señora María Luisa, que es como Manolito la llama, sonó como un concierto de campanas. ¡Caray!,
se dijo Manolito. Él dijo un taco, que es una cosa muy fea en los labios de un
niño, por eso cambio la palabrota por un caray.
María Luisa miró por la mirilla y vio a nuestro
Manolito más guapo que un San Luis. El olor del
perfume de la mamá de Manolito se coló por la cerradura. ¡Se ha perfumado a
conciencia!, pensó María Luisa. Manolito se había echado medio frasco, si hay
que oler bien, que sea muy bien.
Abrió María Luisa.
—Buenas, tardes, señora María Luisa.
—Buenas tardes —dijo María Luisa mirando su
reloj de pulsera.
—Me he adelantado, señora María Luisa, pero es
que ya estaba preparado y tenía muchas ganas de verla.
—No pasa nada, Manolito, pasa y siéntate en el
sofá del salón.
Manolito pasó muy despacio, con cuidado de no
dañar nada en aquella casa limpia y bonita como un palacio.
—Esta casa es más grande que la mía, señora
María Luisa.
—Algunas ventajas tenemos las hadas, cosas de
la magia, que también se puede usar para vivir mejor.
—Ya veo.
Manolito se sentó en el sofá, estiró las piernas
y se puso un cojín en la tripa. Estaba tan a gusto que se durmió al instante.
No sabemos lo que soñó, pero, por los gestos de la cara, debió de ser algo muy
agradable.
—Manolito, Manolito, la cena está lista —dijo
María Luisa zarandeando suavemente a Manolito.
Manolito abrió los ojos y se encontró con la
cara de María Luisa. Instintivamente la rodeó con sus brazos, le
dio un beso en la mejilla y apoyó su cara en el cuello de María Luisa un buen
rato.
—¡Me he quedado dormido!
—¿Tienes hambre?
—¡Muchísima! ¡Qué bien huele! ¿Qué vamos a
cenar?
—Huevos fritos con patatas fritas. ¿Te gusta?
—¡Me encanta! ¡Es mi comida favorita! ¿Cómo lo
ha sabido usted?
—Las hadas madrinas sabemos muchas cosas, y no
todas son de magia. Pasa al baño y lávate las manos. La primera puerta a la
derecha.
Manolito abrió la puerta del baño y se encontró
con una piscina climatizada y cinco duchas. Por cierto, en lo que llevamos de cuento, no ha
dejado de tener la boca abierta. Se desnudó, se tiró de cabeza y nadó
como pez en el agua. Al salir de la piscina, se dio una ducha
caliente como hacía semanas que no hacía, con gel y una esponja natural que
había en una repisa. Se secó con una toalla blanca de algodón egipcio y se puso
su ropa, que estaba doblada como recién lavada y planchada.
—¡Soy otro! —exclamó Manolito—. ¡A cenar!
Abrió la puerta del baño y salió.
—¡Señora María Luisa! ¡Ya me he lavado las
manos!
—Ven al salón, que está casi todo preparado.
En el salón estaba María Luisa, colocando los
platos.
—Trae de la cocina los vasos y los cubiertos,
Manolito.
—¡Voy volando!
Cuando todo estuvo dispuesto, se sentaron.
—Sírvete lo que quieras, Manolito, estás en tu
casa.
—¡Oh!
Manolito se sirvió dos huevos fritos, tres
paletadas de patatas fritas, cinco trozos de chistorra, tres cachos de panceta
frita y un par de pimientos. Picó de una ensalada de lechuga y tomate que había
en el centro de la mesa, y bebió agua del grifo fresquita.
María Luisa también cenó con ganas. Pero ella
realmente disfrutaba viendo a Manolito comer con tanta felicidad.
Apenas hablaron durante la operación de pringar
y comer los huevos fritos con pan de pueblo. A la hora de los postres, le preguntó
María Luisa:
—¿De postre, Manolito?
—Pues la verdad, señora María Luisa, me gusta
todo.
—Entonces traeré el pudin, la nata y dos vasos
de leche caliente.
Mientras María Luisa iba a la cocina, Manolito
buscó un reloj para saber qué hora era. Antes de las diez tenía que estar en
casa. Si volvían sus padres y no le veían, se preocuparían. Manolito es muy buen
hijo. Pero no había relojes por ningún lugar.
Volvió María Luisa, que se había quitado el
reloj de pulsera.
—Señora María Luisa, ¿qué hora es?
—Ya sé que tus padres vuelven a las diez. No te
preocupes, en mi casa el tiempo es especial, se alarga o se acorta según nos
convenga. Así que tranquilo, que no llegarás tarde.
—¡Qué buena es usted, señora María Luisa!
El pudin y el vaso de leche estaban riquísimos.
—¿Qué te apetece ahora, Manolito?
—Ver un poco la televisión. En casa pongo el
telediario.
—¿Y no te da miedo? ¡Todo son desgracias!
—Como soy un niño un poco viejuno, ya sabe
usted, me gusta estar al día de las noticias del mundo, aunque sean malas.
—Por supuesto, Manolito, cada uno tiene sus
gustos, y hay que respetarlos.
La televisión del hada María Luisa era muy
pequeña, pero se oía muy bien, como el sonido envolvente de los cines.
Antes de ver el telediario, recogieron la mesa,
metieron la vajilla en el lavavajillas y retiraron el mantel. Manolito estaba
encantado de colaborar, de ser útil para alguien.
Se sentaron en un sofá de cuero blanco y
siguieron en silencio las noticias.
Al terminar el telediario, Manolito dijo que
tenía que irse a su casa. El hada María Luisa le recordó que podía subir a
cenar siempre quisiera. Comer solo es muy triste, pero en compañía es una
alegría para el estómago y el corazón.
—Estoy de acuerdo, señora María Luisa.
—Otro día tenemos que conversar un poco más.
¿No te parece?
—Totalmente de acuerdo. Pero es que me tengo
que ir.
—Ya lo sé, tus padres.
—Sí, mis padres.
María Luisa le estrechó la mano y Manolito le
correspondió con un abrazo. Se despidieron en la puerta:
—Que descanses, ten dulces sueños.
—Gracias, señora María Luisa. Igualmente. Adiós.
Cuando Manolito abrió la puerta de su casa, el
reloj de la entrada marcaba las nueve en punto. Quedaba todavía una hora para
que llegaran sus padres de trabajar. Manolito encendió la tele y, mientras los
esperaba, vio otro telediario. Es que Manolito es un adicto a los telediarios.
FIN