
MANOLITO SE GANA UNA CENA
Los que seguís las andanzas de Manolito ya
sabéis que en el parque del barrio hizo amistad con el hada María Luisa. He
hablado con ellos y les he dicho:
—Me vendría muy bien que fuerais vecinos.
—¿Por qué? —me han respondido a la vez. En esta
conversación me hablaban al unísono, con una sola voz. Eso me descolocaba un
poco, porque respondían y se sonreían con complicidad, como burlándose de mí.
—Me daría mucho juego a la hora de escribir
sobre vosotros.
—¡Pues, hale, somos vecinos!
—Gracias.
*
Mira por donde, María Luisa es vecina de Manolito.
Él vive en el 2.º A y ella en el 4.º C de la calle Pensamiento. Es curioso que
nunca se hubieran cruzado en la escalera. Pueden pasar años sin ver al vecino de
al lado. O puede ser que, como nunca te ves con él, el día que os crucéis en la
escalera pienses que es una visita de ese vecino al que nunca has visto.
Vivimos muy incomunicados últimamente.
Aquel día en el parque, después de tomar el
helado, volvieron a sus casas.
—Señora María Luisa —dijo Manolito—, el helado
estaba riquísimo. Me vuelvo a mi casa, que no sé si mis padres habrán vuelto
del trabajo.
—¿Trabajan mucho, Manolito?
—Mucho, señora María Luisa. Hay días que no los
veo hasta la hora de irme a la cama.
—¿Tú solito todo el día?
—Como se lo cuento, señora María Luisa.
—Manolito, de tú y sin señora, te he dicho
antes.
—Perdóneme, señora María Luisa, es que soy así.
Mis tías de Toledo dicen que soy un niño viejuno. A ellas también las trato de
usted.
—Me suena fatal que un niño me hable de usted,
pero haz lo que quieras. Eres libre.
—¡Qué buena es usted, señora María Luisa!
Salieron del parque y cruzaron la carretera por
el semáforo. Manolito iba más contento que unas pascuas. ¡Había conocido un
hada madrina que le invitaba a helados de chocolate y con la que podía hablar!
Al pasar a la otra acera, dijo Manolito
señalando con el dedo:
—Yo voy hacia allá.
—Y yo también, Manolito.
Cruzaron otra calle por un paso de cebra.
Manolito volvió a señalar:
—Y sigo por allí.
—Y yo también, Manolito.
En una esquina, dijo Manolito:
—Por aquí tuerzo, señora María Luisa. Adiós.
—Y yo también, Manolito. ¿Se puede saber dónde
vives?
—En la calle Pensamiento.
—¿En qué número?
—En el veintitrés.
—¡No!
—Sí, señora María Luisa. ¿No le parece a usted
bien?
—¡Pero si somos vecinos!
—¡No!
—¡Sí!
Manolito abrazó a María Luisa, que lo cogió de
la cabeza con las dos manos y le dio un beso en la frente.
—¡Madre mía! ¡Si somos vecinos! —exclamó
Manolito.
María Luisa lució una sonrisa maravillosa de
hada madrina que le llegó a Manolito a las aurículas de su corazón. Y volvió a
abrazar a María Luisa.
Continuaron caminando hasta el portal. Viven
donde viven y su edificio no tiene ascensor. Hay que subir a patita, como dice
la gente. Manolito se quedó en el segundo piso y María Luisa continuó hasta el
cuarto y último. Al despedirse, dijo María Luisa a Manolito:
—Cuando quieras, sube a mi casa.
—¿Puedo ir a tu casa?
—Cuando quieras, te digo. ¿No ves qué fácil es
hablarme de tú?
—Se me ha escapado, señora María Luisa.
Perdóneme, se lo suplico.
—Pero, Manolito, no hay nada que perdonar.
Mira, mañana, si puedes, te espero a cenar.
—¡Claro que puedo! ¡Si mis padres no regresan
hasta las diez y media de la noche! ¿A qué hora subo?
—A la que quieras. Cenaremos pronto, a las
ocho.
—¿Puedo subir a las siete, señora María Luisa?
—A las siete te espero. Hasta mañana.
Manolito fue muy feliz ese día, esa noche y la
mañana siguiente pensando en la cena de María Luisa. Por el mismo motivo, ella
también estaba muy contenta.
¿Qué pasará en la cena? Todavía no lo sé. Más
adelante os contaré.
FIN
Leganés, 30 de diciembre de 2018















