jueves, 28 de diciembre de 2023


Lágrima y el oso polar

A Lágrima le pasa como a mí: este año está un poco cansada de tanta Navidad. Le gusta mucho, pero es que llevamos con luces, villancicos y turrón desde hace más de un mes. Me lo ha dicho a su modo, en idioma gatuno. ¡Cómo nos comprendemos!
Hace dos días se frotó la cara con su mano y se teletransportó al Polo Norte, donde vive su amigo Iwid, un oso polar que conoce desde no sé cuándo, porque Lágrima tiene muchos secretos que no me cuenta.
Iwid vive sobre un trozo flotante de hielo, que en invierno se hace más grande: como hace más frío, se hiela más agua a su alrededor y se junta con otros trozos. Los osos polares no pasan por su mejor momento porque la Tierra está más caliente. Iwid, Lágrima y yo pensamos que la culpa la tienen los humanos.
En el Polo Norte ahora es de noche “todo el día” y las estrellas del cielo se ven en cualquier momento.
Iwid levantó su nariz y dijo:
—Lágrima, estás por ahí, te huelo.
—¡Hola, Iwid! ¡Soy yo!
Y se dieron un abrazo. En la piel blanca de Iwid, bajo la luz de las estrellas, resaltaba el marrón y el negro de Lágrima, y un poquito su blanco, porque no hay dos blancos iguales, pero no sé deciros cuál blanco es más claro, si el de Lágrima o el de Iwid.
Flotando en el hielo de Iwid, llegaron hasta el punto exacto del Polo Norte. Y allí se pusieron a mirar las estrellas, que se ven a las mil maravillas sobre aquel cielo tan limpio. 
Las estrellas tienen nombres muy bonitos que les han puesto los astrónomos: Polaris (la famosa Estrella Polar), Aldebarán, Capella, Antares, Arturo y tantas otras.
El cielo polar es un tapiz oscuro, inmenso, donde bailan estrellas alegres que saben que un oso blanco y una gata tricolor las están observando emocionados.
Iwid y Lágrima juegan a poner nombres a las estrellas más inquietas y luego se inventan una constelación. Empieza Iwid, que llama a la primera estrella Reloj de mariposas de turrón. Sigue Lágrima, que llama a la segunda Lapicero con botón de nuez. Turno de Iwid: Paloma de alas de plata. Turno de Lágrima: Pequeña flor de miel. ¿Cuántas llevamos? Cuatro. ¡Nos hacen falta dos más! Iwid: Nube de noches blancas. Lágrima: Teresona sobre almohada blandita. Es que Lágrima está muy enamorada de mi hija Teresa, y no puede evitarlo.
Con esa vista privilegiada que tienen los osos polares y las gatas tricolores, trazan una línea que une las seis estrellas, como hacían los antiguos griegos. Conectan sus mentes y deciden a la vez el nombre de su constelación: Arco con flecha del amor. Ahora mismo yo me la estoy imaginando y la he dibujado en un papel. Sinceramente, me gusta mucho.
Iwid y Lágrima impulsaron el trozo de hielo y volvieron al punto de partida. 
Antes de despedirse, Iwid invitó a Lágrima a unos trocitos de foca —la foca forma parte de la dieta de los osos polares, así son las cosas— y unos tragos de agua de hielo fundido. A Lágrima todo le sabía a gloria y se relamía con mucho gusto.
—Adiós, Iwid. ¡Qué bien lo paso contigo!
—Adiós, Lágrima. Vuelve pronto.
En estos momentos Lágrima duerme profundamente sobre su manta de lana tibetana. De vez en cuando, se relame sin abrir los ojos, suspira y continúa durmiendo en la misma posición. Yo la miro desde la puerta y le deseo unos felices sueños.
FIN

Leganés, 28 de diciembre de 2023

sábado, 26 de agosto de 2023

Lágrima y el oso panda


Lágrima y el oso panda


La gata Lágrima es muy limpia. Con su lengua, que es un poquito áspera, se limpia ella misma toda su piel de tres colores. Es muy flexible y llega a todos los rincones.
¿Y la cara? ¿Cómo se limpia la cara?
Se chupa una mano y, con mucha energía, se la pasa por la cara. Y le queda tan brillante.
Cuando se pasa la mano por la cara y nadie la está mirando, yo creo que se teletransporta donde quiere. No me extrañaría, porque es muy hábil y muy curiosa. 
A veces estoy leyendo en mi estudio. Ella llega y se queda en la puerta. Se tumba en el pasillo, se estira y comienza su limpieza. Yo creo que la cara la deja para el final. 
La veo que empieza a limpiarse la cara, pero, si me distraigo un momento, sólo un momento, no dos momentos, vuelvo la cabeza y ya no está.
—¡Ya te has ido de paseo, amiga! —le digo. Pero no me contesta. Salgo al pasillo muy deprisa y tampoco está allí. Es imposible que se vaya tan rápido. Estoy convencido de que se teletransporta.
El otro día se fue a China. Como viaja tanto y es tan sociable, tiene amigos de todas las especies por todo el mundo.
Allí se encontró con su amigo Zhang, un oso panda muy educado y muy alegre. ¿Cómo quedó con él? A lo mejor mediante telepatía, porque los animales saben comunicarse a grandes distancias sin necesidad de un teléfono móvil.
Estuvieron en el bosque de bambú donde vive Zhang. Árbol arriba, árbol abajo, dieron un largo paseo. A Lágrima le encanta subirse en los lugares más altos de nuestra casa, así que me la imagino trepando por esos troncos de bambú tan rectos, balanceándose arriba, saltando de tronco en tronco, bajando a toda velocidad.
El oso Zhang de vez en cuando se comía un brote tierno de bambú viéndola hacer esas acrobacias. Lágrima no come bambú, ¡es una gata! Si su amigo la invitó a algo, sería algún trocito de pescado crudo o un cuenco de leche. Pero eso no lo sé.
Zhang y Lágrima estaban muy cansados y se durmieron un ratito juntos: Lágrima encima de Zhang, con la cabeza encajada en su cuello.
Luego se fueron a caminar por la Gran Muralla China, por un trozo que sólo conocen los osos panda y por donde no hay turistas. El sol de la tarde iluminaba de rojo las piedras de la muralla y Lágrima y Zhang tenían que entornar los ojos o mirar para el otro lado. Una brisa muy agradable les daba en la cara. Cuando se paraban y abrían la boca, les entraban a la vez la luz del sol y el aire de la brisa. ¡Qué risa les daba!
Un astronauta de la estación espacial internacional, que observaba la tierra con un telescopio, los vio caminando tan tranquilos por la muralla. ¡Un oso panda y una gata, increíble! Como la estación espacial va tan deprisa, sólo pudo verlos unos instantes. Se lo contó a los otros astronautas, pero no le creyeron. Lástima que no hiciera fotos.
No sé cuánto tiempo estuvo en China. Me levanté de mi mesa de estudio para beber un vaso de agua y allí estaba Lágrima en mitad del pasillo.
—¿Dónde has estado, amiga? ¡Estás hecha una turista!
No me respondió. Se estiró, pasó a mi lado acariciándome con su cola de tres colores y se fue al salón a beber también ella de su fuente. Luego se tumbó en el sofá y se echó un sueñecito. ¡Qué feliz es y qué bien vive!

FIN

Leganés, 26 de agosto de 2023

lunes, 20 de marzo de 2023

21 de marzo, DÍA DE LA POESÍA, "Estar contigo"

 21 de marzo de 2023

DÍA MUNDIAL DE LA POESÍA


ESTAR CONTIGO

Pídeme una rima,
de lo que tú quieras,
tengo las palabras,
las que tú prefieras.

Las rosas son rosas,
el trébol es verde,
la luna es la luna,
un beso no hiere.

Vuela la paloma,
corren los ratones,
nada la ballena,
salta el saltamontes.

Debajo del puente
vive un langostino,
eso no lo creas,
¡es un desatino!

Me gusta la menta,
quiero a mis amigos,
daría mi vida
por estar contigo.

Carlos Cuadrado Gómez

sábado, 14 de enero de 2023

La última neurona

 



LA ÚLTIMA NEURONA

de Folio y medio

El viejo informático abrió la ventana de su despacho. Trabajaba en un edificio gris, rodeado de prados y árboles. Los informáticos pasaban el día solos, frente al ordenador, y apenas hablaban entre ellos vía internet.

Oyó un piar de pájaros. Del bolsillo de su bata blanca sacó un mendrugo de pan y con su mano rígida lo desmenuzó en el alféizar. Seis gorriones llegaron enseguida y, bajo su mirada y la de dos urracas que había en un árbol cercano, picotearon las migas y levantaron el vuelo.

El viejo informático torció un poco el cuello —tenía ese tic— y regresó al ordenador.

Había gastado millones de neuronas en sus investigaciones y sólo le quedaba una. Había sido un ciberinformático brillante: casi todas las máquinas de la estación espacial funcionaban con su software y había recibido muchos premios de la comunidad científica. Pero ahora nadie se acordaba de él.

Aunque fuera muy despacio, todavía podía investigar gracias a esa neurona, que le había devuelto la delicadeza de la infancia y algo de alegría. Al quedarse sola, la neurona brilló con luz propia e iluminó su mustio corazón.

¡Toda la vida había sido tan formal, tan solitario y tan aburrido! Ahora le apetecía hacer cosas diferentes. Necesitaba amar a alguien, protegerlo.

Las urracas no se conformaron con mirar. También las migas de pan eran un manjar para ellas. Y, cuando el viejo informático desmenuzaba el pan, las dos urracas volaban rápidamente al alféizar y se las zampaban. Los pobres gorriones se asomaban quietecitos desde la ventana de arriba.

El viejo informático las espantaba a manotazos, pero ellas volvían y no dejaban nada para los gorriones.

Indagó en internet, y supo que eran muy astutas y abusonas. Por eso, aunque las espantaba, los gorriones no acudían, porque temían que se enfadaran y los atacaran.

El viejo informático, gracias a la última neurona, se había encariñado con los gorriones. El afecto le hacía más inteligente y multiplicaba su capacidad para investigar.

Decidió construir un inhibidor de urracas. Y se puso manos a la obra. Al fin y al cabo, él era un ingeniero informático y, con esa única neurona, todavía era capaz de crear un hardware y un software maravillosos. No tenía mucho tiempo, pues los gorriones podrían buscar otros lugares donde comer tranquilos sin la amenaza de las urracas.

Se sentó en su mesa de trabajo, frente a la pantalla, y no se movió de allí en tres días. A la cuarta mañana, levantó la cabeza, estiró los brazos y se puso de pie. ¡Lo tenía!

Luego abrió la ventana y el aire fresco lo espabiló. Posó un pequeño cubo metálico sobre el alféizar y le dio un toque con la yema del dedo en la cara superior. 

El oído humano no percibía nada, pero el cubo emitía ultrasonidos. Y al ojo humano sólo le llegaba una luz vertical y difusa, una combinación de luz blanca y del espectro del arco iris. El viejo informático entonces se metió la mano en el bolsillo, sacó un mendrugo de pan y lo estrujó, deshaciéndolo en un montón de diminutas miguitas que esparció por el alféizar. Al momento, llegaron seis gorriones, que picotearon las migas, sin prisa y en paz.

El viejo informático levantó los ojos y vio cómo las urracas alzaban el vuelo del árbol y se perdían en el horizonte.

¿Qué había inventado el viejo informático?

El cubo metálico emitía dos frecuencias de ultrasonidos: una adaptada al cerebro de las urracas y otra al de los gorriones. Las urracas oían el graznido de un halcón feroz. Sin embargo, los gorriones escuchaban el sonido de las gotas de lluvia en primavera. 

La luz del cubo metálico se descomponía igualmente en dos hologramas: las urracas veían un halcón batiendo las alas con el pico abierto y los ojos inflados. Pero los gorriones veían un charco de agua y unas margaritas en medio de un prado verde. ¡Qué listo, el viejo informático! ¡Qué neurona tan extraordinaria!

El viejo informático desmenuzó otro mendrugo. Los gorriones continuaron su banquete, saltando y piando alegres, sin huir cuando acercaba su pálida cara para verlos de cerca. Gracias a la última neurona, se emocionó y una lágrima rodó por su mejilla de cartón.

Después de cuatro días, el viejo informático volvió a casa y, por la noche, durmió como un gorrión feliz.

Desde entonces, todas las mañanas, a la misma hora, sacaba el cubo metálico y desmenuzaba el pan. Los gorriones, antes de que abriera la ventana, lo estaban esperando en el alféizar, dando saltitos y gorjeando. El viejo informático permanecía de pie hasta que se lo comían todo. A veces, suspiraba.

En la primavera siguiente, una mañana aparecieron nueve gorriones: tres eran más pequeños e inseguros, pero enseguida aprendieron a picotear las migas del viejo informático, que, al verlos, torció el cuello muchas veces.

Dejó el cubo metálico en el alféizar, cerró la ventana y volvió al trabajo. Los nueve gorriones lo miraban y, de vez en cuando, picoteaban el cristal. Y el viejo informático sonreía sin levantar las manos del teclado.

Carlos