EN VERANO,
CUENTOS LARGOS
LA PRINCESA PEREJIL
I
Cuentan las crónicas que nuestros reyes fueron unos príncipes muy enamoradizos.
Él era un joven irresistible: cabellos rebeldes, labios frescos, delicado, poeta, con buen gusto para vestir. Tuvo muchas novias, pero nunca se comprometió. La excusa para romper con ellas era que tenía muchas dudas.
Ella era una joven insuperable: largos cabellos rojos, labios ardientes, ojos penetrantes, sensible, simpática, intelectual y un as de las matemáticas. Tuvo muchos novios, pero con ninguno se comprometió. Les rompía el corazón cuando les decía que cortaba, pero es que ninguno la convencía de verdad.
Aquel vaivén se acabó la noche en que se conocieron en una cena de gala. Él la vio entrando a la fiesta sola y segura, luciendo sus cabellos rojos, recogidos con una corona de perejil. Ella notó su mirada, giró la cabeza y clavó sus ojos en él. Ambos sintieron un calambrazo. ¿Podríamos decir que fue un flechazo a primera vista? Yo diría que sí.
Durante el banquete, no dejaron de mirarse. Todos los platos estaban aliñados con perejil: la sopa de tortuga, el faisán asado, las natillas y el helado.
El perejil fue un elixir que, con cada bocado, hacía crecer el amor como el trigo en primavera. En el baile posterior, se buscaron y fueron pareja toda la noche. Con cada nota, con cada compás, el olor del perejil de la corona se les colaba por los poros.
En un intermedio, salieron a un balcón. El aire de la noche era limpio, las estrellas brillaban y corría el agua de una fuente. Entonces se besaron, y fueron los besos con sabor a perejil más fantásticos de la historia del reino. La cosa terminó en boda.
El día del enlace, la catedral y las avenidas se engalanaron con enormes corazones de perejil trenzado, y el pueblo los aclamó agitando ramos de perejil. La alegría y la fragancia de la planta flotaron en el aire durante muchas semanas.
II
Nueve meses después, nació el primer príncipe. Un año más tarde, llegó el segundo príncipe. Y tres años después la reina dio a luz a nuestra querida princesa.
En su tercer embarazo la reina tuvo un antojo singular: a medianoche tenía unas ganas irresistibles de resolver ecuaciones y de comer pastel de perejil, que era la especialidad del cocinero de palacio. Un surtido de hortalizas variadas se adobaba en aceite de perejil y luego se cocinaba al baño maría: el resultado era exquisito. ¡Nuestra reina perdió la cuenta de los pasteles que se comió!
Al nacer la princesa, el antojo desapareció, la reina se calmó y pudo estudiar matemáticas sin distraerse con el dichoso pastel.
La niña era preciosa y muy alegre, y se le formaban dos hoyuelos en la cara cuando reía. Los que se acercaban a verla se marchaban encantados.
Pero a los pocos días de nacer, por las mañanas, aparecieron hojitas de perejil en los pañales de la princesa. Más adelante, le salieron unas manchas verdes, alargadas y finas, que le subían de los tobillos a las rodillas. Los reyes se alarmaron mucho. Se consultó a los mejores médicos, pero ninguno supo explicar el fenómeno.
Las manchas verdes cada vez eran más grandes, le cubrían más partes de la piel, y empezaron a brotarle tallos de perejil en el cabello. Como la niña era feliz y cada día era más bonita, los reyes se resignaban. Finalmente, el día que cumplió cinco años amaneció completamente verde y con una tupida melena de perejil.
III
Sin saber por qué, aquella linda princesita verde nos ganó el corazón. Vivíamos pendientes de verla. Nos sentábamos frente a la fachada del palacio y esperábamos horas y horas con la esperanza de que pasara por una ventana o se asomara a un balcón. La llamábamos Princesa Perejil, o simplemente Perejil, y con ese nombre se quedó. Nadie la ha llamado nunca por su nombre verdadero, y es que ninguno lo sabemos.
Con el paso del tiempo, nos pareció natural tener una princesa verde. Perejil saludaba sonriendo y se acercaba a nosotros sin miedo a preguntarnos lo primero que se le venía a la cabeza. A su paso todo parecía más fácil.
Sin embargo, los reyes se agobiaban, porque los meses pasaban y aquella rareza de la niña no desaparecía. El rey le tomó tal ojeriza al perejil que prohibió que se plantara en el reino, y ordenó que se arrancaran las matas que crecían al pie de la muralla.
El paso del tiempo atormentaba a los reyes: la princesa crecería, alcanzaría la edad de casarse —aunque no estemos de acuerdo, en los tiempos antiguos así eran las cosas, no vamos a ocultarlo— y ¿quién querría contraer matrimonio con una mujer verde, con la mujer perejil?
IV
Perejil tenía un talento natural para las plantas. Y la fama de este talento llegó a cada rincón del reino. Los labradores le consultaban qué debían plantar, cuándo y de qué manera. También los ayudaba a poner remedio a las plagas que dañaban a las cosechas.
Las boticarias le preguntaban sobre las propiedades de las flores y las hierbas con que se hacían las medicinas. Gracias a Perejil, se elaboraron medicamentos muy eficaces para curar enfermedades antiguas y modernas.
¿Cómo no íbamos a quererla? Era verde, pero inteligentísima, simpatiquísima y bellísima.
Prácticamente vivía fuera de palacio, recorriendo los campos y las farmacias del reino, y hablando con nosotros. Los reyes la dejaban muy libre porque Perejil así era feliz y, ya que la niña era verde, querían verla contenta. Un buen día, el rey retiró la prohibición del perejil y la gente volvió a emplearlo a troche y moche. El perejil nos recordaba a la princesa, y todo sabía mejor.
Antes del comienzo del verano, labradores y boticarias hacían una fiesta en su honor.
En medio de un prado, en unas mesas alargadas, se podían comer los más variados platos preparados con perejil: sopas, ensaladas, tortillas, guisos de carne y de pescado, tartas, flanes, helados, etc. Más tarde, se recitaban poesías y se representaban obras de teatro. La fiesta terminaba con El baile del perejil, en el que todos llevábamos coronas de perejil y los labios pintados de verde. De madrugada, como broche de oro, la princesa en persona repartía zumo de perejil y nos mandaba a casa.
V
Perejil crecía y, como a todos nos pasa, seamos verdes o no, echaba de menos un amigo o una amiga especial. Amistades no le faltaban, pero nadie la atraía. En los cuentos de hadas, los caballeros son guapos, fuertes e hipersensibles, y más simples que un lapicero, añado de mi parte. En la vida real todo es más complicado, y Perejil se sentía sola y rara en muchos momentos.
Pero lo que de verdad la preocupaba era un problema que padecía el reino desde el equinoccio de primavera: las plantas de los huertos, al poco de germinar y echar las primeras hojas, se secaban y morían. Los hortelanos se desesperaban porque se les morían las patatas, los tomates, los pimientos, las cebollas y el resto de hortalizas. Y acudían a Perejil rogándole algún remedio para aquella catástrofe.
Perejil investigaba la causa del problema de día y de noche, pero no daba con ella. La solución se demoraba y la ruina estaba a las puertas del reino.
Entonces la Princesa Perejil habló con los reyes:
—Queridos padres y reyes: es urgente hallar una solución antes de que se acabe la comida en el reino. Dictad un bando y prometed una recompensa formidable para quien acabe con la plaga, de lo contrario todos moriremos de hambre.
Y los reyes, que confiaban plenamente en su hija verde, dictaron el bando.
VI
Al cabo de dos semanas, nadie se había presentado, porque, en realidad, nadie sabía lo que pasaba. Se buscaban muchas excusas para no admitir la ignorancia sobre el asunto. Algunos cretinos decían que habría que casarse con la princesa verde si se encontraba la solución, lo cual era un falso rumor que, como todo falso rumor, corrió como la pólvora. Se hacían muchos corrillos para comentar el rumor, pero los cotilleos eran inútiles, no sanaban a las plantas.
A la tercera semana, llegó un joven que, humildemente, se ofrecía a intentar solucionar el problema. Por probar nada se perdía. Parecía prudente y sensato. Al verlo, los reyes se quedaron con la boca abierta, y no por lo que decía el joven, sino porque, de la cabeza a los pies, era naranja.
—Hijo, ¿por qué eres naranja? —preguntó la reina.
—Porque en mi embarazo —respondió el joven—, mi madre tuvo el antojo de comer zanahorias, y así me quedé, naranja como una zanahoria.
—¿Tal cual me lo cuentas, hijo?
—Aunque parezca increíble, majestad, tal cual.
A los reyes esta explicación los consoló. ¡No eran los únicos! Indicaron al joven Zanahoria, o Zanahoria a secas, que hablara con su hija. Y le despidieron con una tímida sonrisa.
Zanahoria habló con Perejil, que le puso al tanto de la situación. Zanahoria conocía muy bien todo lo que pasa en el subsuelo, era un talento innato en él, tal vez por aquello de que las zanahorias son raíces y crecen bajo tierra. Eso comentaba la gente, quizás con algo de razón en este caso.
VII
Codo con codo, Perejil y Zanahoria pasaron muchos días indagando el porqué de la plaga.
Visitaron todos los huertos del reino. Recogían muestras de las plantas y del agua de riego y las llevaban a un laboratorio montaron en una torre del palacio. Por la noche, analizaban las muestras, anotaban los resultados y consultaban manuales de horticultura y zoología.
Regresaban a los huertos y echaban desinfectantes naturales que ellos mismos habían elaborado. Observaban la reacción de las plantas. Volvían a recoger muestras y de nuevo las analizaban. Apenas comían y dormían en aquel ir y venir de los huertos al laboratorio y del laboratorio a los huertos.
¿Por qué se morían las plantas a los pocos días de germinar? A pesar de todo el trabajo, no lo sabían, estaban como el primer día.
Lo que más les extrañaba era que los labradores regaran sin cesar y, sin embargo, el agua, que era cristalina y buena según los análisis, no escaseara. Los pozos estaban rebosantes. ¿Cómo era eso posible?
Así que, uno a uno, fueron bajando a todos los pozos del reino buscando alguna pista nueva. Examinaban las paredes, el fondo, las algas y el agua en varios niveles, pero no descubrían nada que se saliera de lo normal: el agua era salubre y abundante.
VIII
Agotados y decepcionados, Perejil y Zanahoria llegaron al último pozo. Habían perdido la esperanza de resolver aquel misterio.
Se sentaron en el brocal del pozo y se tomaron un respiro.
Entonces dijo Zanahoria:
—Princesa, me rindo. Soy incapaz de resolver este enigma.
—¿Y qué vas a hacer?
—Después de inspeccionar este pozo, me despediré de tus padres y me marcharé.
—No te rindas, Zanahoria. Juntos seguiremos intentándolo. Por favor, no te vayas.
—Perejil, siento que no sirvo para nada, admito que aquí ya no tengo nada que hacer.
—No te vayas —insistió Perejil, y le dio un beso en la mejilla.
Zanahoria se puso blanco como una coliflor. Estaba enamorado de Perejil desde el primer día que la vio, y el beso le desconcertó. Cuando recuperó su color naranja, abrazó a Perejil y le dijo al oído:
−Quiero vivir siempre contigo. Te quiero.
Y se besaron dulcemente.
Después bajaron al pozo. Abajo se toparon con un extraño ser que dormía. Les pareció una serpiente gigante de agua. «Estamos en peligro —susurró Perejil—, subamos».
Consultaron el libro de zoología que Zanahoria siempre llevaba en la mochila, y, efectivamente, aquel bicho reunía las características de la AQUAFERI MAGNA COLUBRA:
aquaferi magna colubra. f. Serpiente de unos quince metros, con cabeza de dragón y cola en punta de flecha. Vive en pozos y albercas cercanos a los huertos. Absorbe el agua de las plantas para nutrir los huevos que incuba, dejando intactas las corrientes subterráneas. Una vez que nacen las crías, absorbe también el agua de manantiales y acuíferos, provocando la desertización del terreno. Para eliminarla, hay que cortarle simultáneamente la cabeza y la cola en una superficie no acuosa. Aviso: al morir la aquaferi, sus huevos revientan con gran estrépito.
Buscaron cuerdas, hachas y algodón, y regresaron al pozo.
Perejil descendió y ató a la aquaferi por la cabeza y la cola. Luego la subieron entre los dos poco a poco, suavemente, para no despertarla. La extendieron en la arena y se taponaron los oídos con algodón. En ese momento, la aquaferi abrió los ojos y empezó a dar coletazos feroces y violentos a diestro y siniestro. Perejil y Zanahoria no se acobardaron y, a la vez, le dieron dos hachazos, uno en la cabeza y otro en la cola. Al momento, dos torrentes de agua brotaron por las aberturas y salieron flotando los huevos de la aquaferi, que estallaron con tanta fuerza que el estruendo se oyó en todo el reino y más allá.
La gente de los alrededores acudió de inmediato al pozo, donde encontraron a Perejil y Zanahoria agarrados de la mano y contemplando una laguna de agua transparente que se había formado al morir la aquaferi.
—Amigos, creemos que se acabó el problema, pero habrá que esperar hasta ver que las plantas crecen de nuevo —dijo sonriendo Perejil.
IX
Los huertos del reino se recuperaron enseguida. Rebosaban de tomates, patatas, cebollas, judías, pimientos, calabazas, calabacines, pepinos, rábanos, zanahorias y puerros, frescos y brillantes como la piel de un niño. Estábamos todos muy alegres y, pasadas unas semanas, hicimos una fiesta por todo lo alto.
Perejil fue aún más querida y admirada por todos nosotros, y los reyes, orgullosos de su hija pequeña, le regalaron una casa rodeada por un inmenso huerto, donde vive feliz con Zanahoria.
Todavía hoy nos sigue ayudando con sus sabios consejos y, sobre todo, con su verde presencia.
Y entre pepinos, cebollas,
ajetes y zanahorias,
aquí se acaba esta historia.
Si quieres
volverla a oír,
dame una ramita
de perejil.
FIN
Carlos Cuadrado Gómez
Leganés, 22 de julio de 2025