miércoles, 27 de mayo de 2020

Los ojos verdes de Lágrima

Tortuga verde | Vector Premium

LOS OJOS VERDES DE LÁGRIMA

La gata Lágrima tiene unos ojos verdes muy bonitos. Cuando hace sol, su pupila se encoge y los ojos verdes de Lágrima parecen el agua del mar.
Desde su alto árbol ve, más allá de la charca de los juncos, el mar. El mar es enorme: de lejos está quieto, de cerca siempre se mueve. A Lágrima le llega el olor de la sal marina y decide ir a la playa.
Por un camino secreto, cruza el trigal y atraviesa un campo de viñas. El olor del mar y de la arena húmeda son tan intensos que tiene que pararse un momento y aspirar profundamente. ¡Qué bien huele, ya estoy cerca de la playa!
Camina muy despacio hasta que hunde sus patas en la arena blanca y fresca.
Entonces se revuelca en la arena como una croqueta de tres colores. Luego se sacude y corretea hasta la orilla del mar, que está muy tranquilo.
Pone mucho cuidado en no mojarse, pero juega con las pequeñas olas al pillapilla. ¡Lágrima, un poquito sí que te mojas, reconócelo!
De repente, ve salir del agua una piedra enorme de color verde. La piedra verde tiene aletas y cabeza, y camina lentamente por la arena de la playa. Lágrima, que es muy ágil y nunca tiene miedo, se acerca, la rodea —qué curiosa eres, Lágrima— y le pregunta:
—¿Y tú quién eres, piedra verde que caminas?
—Soy una tortuga verde.
—¡Qué grande eres, tortuga verde! ¡Yo soy Lágrima, una gata de tres colores!
—De cuatro colores, gata Lágrima. Tienes los ojos verdes, como el mar y como yo.
—Qué sabia eres, tortuga verde. ¡Quiero ser tu amiga!
—¿Sabes que eres mi primera gata amiga? Me gusta.
Lágrima y la tortuga verde siguen hablando cerca de la orilla, de cara al mar.
El tiempo se les pasa volando. El sol se ha vuelto rojo y, dentro de poco, se dará un baño en el mar.

FIN

Leganés, 27 de mayo de 2020

jueves, 7 de mayo de 2020

Manolito en bicicleta

Pegatinas Dibujo Del Faro Casa - Calcomanías | Zazzle.es

MANOLITO EN BICICLETA

Cuando pasen los años, que pasarán sin remedio, Manolito y los niños de su generación serán llamados los niños del coronavirus, y se hablará de ellos como se habla de los niños de la guerra o de los niños del baby boom, que son los que nacieron a mansalva en los años setenta en España.
A Manolito y los niños de su edad les está tocando vivir unos tiempos, ¿meses?, ¿años?, realmente malos. Habrán nacido o vivido su niñez en los tiempos del coronavirus, como los abuelos de Gabriel García Márquez vivieron sus noviazgo en los tiempos del cólera y los mamuts camparon a sus anchas en la edad de hielo.
El todo pasa y todo queda de Machado nos sirve para informar de que los tiempos duros del coronavirus están dando paso a una descompresión paulatina de las medidas de confinamiento. Como los mayores pueden salir a pasear a las ocho de la tarde, ha llegado el fin de los coronaplausos. En la calle de Manolito, como en tantas otras calles y plazas, el uno de mayo fue el último coronaplauso masivo. La gente se despidió de sus vecinos de balcón, pues, en pudiendo salir a pasear a las ocho, buena gana de mantener esta liturgia ciudadana —que tanto bien ha hecho a tanta gente— cuando está al alcance de la mano tomar el aire y mover los huesos por las aceras sin que te detenga la policía.
Pero, amigos lectores, Manolito no es un pájaro libre, es un menor que no puede andar todavía solo por la calle. Por las mañanas, sus padres se turnan para salir con él a dar una vuelta y para hacer los deberes del cole. Luego se les cae el alma a los pies cuando tienen que irse a trabajar. Le dejan la comida preparada —con un golpe de microondas la calienta Manolito—, se protegen cara y manos, le miran un instante y salen de la casa.
—Hasta la noche, papis.
Y Manolito se queda más solo que la una.
Después de comer, se traga un largo telediario en el que sólo se habla de coronavirus, ve la primera media hora de una película de vaqueros, se pone la toalla de playa y sube a casa de María Luisa.
—¡María Luisa, ya estoy aquí!
—Cada día subes antes, Manolito.
—Es que yo solo en casa…
—Anda, pasa.
En la casa de un hada madrina, el tiempo igual que se estira se encoge. A Manolito las tardes se le pasan en un suspiro. Cuando se quiere dar cuenta, ya está en su casa y bien cenado. En esta casa el tiempo no le duele, porque el tiempo duele cuando se está aburrido, y Manolito nunca se aburre con María Luisa.
Manolito entra y se asea, ya sabéis.
En el salón de María Luisa hay dos mountain bike de última generación.
—¡Guau, qué pasada! —exclama Manolito.
—Ponte el casco que hay en la mesa y súbete —le dice María Luisa, que ya está sobre su bicicleta.
Apenas monta Manolito y da la primera pedalada, ruedan por un camino de tierra que discurre paralelo a una playa y a un pinar. Huele a arena limpia y a pino, y una suave brisa marina les roza la cara. Manolito nunca ha sido habilidoso con la bicicleta, pero esta se maneja sola.
El camino serpentea y sube hasta un cerro donde hay un faro a rayas blancas y rojas. En el balcón del faro, un farero, con gorra de marinero, otea el horizonte con un catalejo. Oye el rozar de las ruedas en la tierra y mira hacia abajo.
—Hola, María Luisa —dice el farero—. Hoy traes buena compañía.
—Es Manolito, Fabián. ¿Podemos subir?
—Subid, por favor. Hacía mucho que no venías por aquí.
Las gaviotas sobrevuelan en círculos el faro y rompen el aire con sus graznidos. Fabián le pasa el catalejo a Manolito, que mira el horizonte con aire de niño interesante. En el horizonte, donde se juntan el cielo y el mar, ve aparecer un barco velero que navega con las velas extendidas. Manolito se ha quedado mudo con el ojo pegado al catalejo, imaginando muchas cosas. Los tres están en silencio muy a gusto.
—Nos vamos, Fabián —dice María Luisa al cabo de un buen rato.
—¿Volveréis otro día?
—Por supuesto, Fabián, me parece que a Manolito le gusta mucho mirar por tu catalejo.
—Os espero. Adiós, marinero —le dice Fabián a Manolito, que le mira pasmado, como si le hubiera comido la lengua el gato.
Bajan la cuesta en las bicicletas a toda pastilla, sin tocar los frenos. El viento azota la cara de Manolito, que de vez en cuando cierra los ojos para oler el mar y los pinos.
Tras una curva cerrada, en la que tienen que frenar con fuerza para no salir disparados, aparecen en el salón de María Luisa.
Se bajan, se quitan los cascos y se vuelven a asear para la cena. Preparan juntos la mesa. María Luisa en un extremo pone un jarrón con algas y corales.
Cenan un exquisito arroz con bogavante, y mucho pan.
—¿Aunque es de noche?
—Aunque es de noche.
El postre es un sorbete de limón, más que nada para aliviar la digestión.
—Manolito, es la hora, te tienes que ir.
—Uf, qué rápido se me ha pasado la tarde —dice Manolito dándose una palmada en la frente.
—A mí también, Manolito.
—Adiós, señora María Luisa. Que pase una buena noche.
—Adiós, Manolito.
Manolito se cubre con la toalla de playa, baja a su casa, entra, se sienta en el sofá, enciende la televisión y espera a sus padres.


FIN

Leganés, 6 de mayo de 2020