miércoles, 29 de abril de 2020

Lágrima, el petirrojo y el joven conejo


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LÁGRIMA, EL PETIRROJO Y EL JOVEN CONEJO

 La gata Lágrima no ha visto a la rana zambullirse en el agua, pero ha oído el chop. Las gotas de lluvia forman en el agua pequeñas ondas y parece que cantan una canción de primavera. Las gotas mojan la piel de tres colores de Lágrima, que mira atenta la charca esperando que la rana saque la cabeza.
Un petirrojo vuela alrededor de la charca y baja a beber.
—¿Qué haces, gata de tres colores? —pregunta a Lágrima.
—Espero que la rana saque la cabeza del agua, petirrojo.
El petirrojo bebe tranquilo. Sus plumas naranjas, azules y grises también se mojan.
Se acerca un joven conejo, curioso de saber qué miran la gata de tres colores y el petirrojo.
—Esperamos que la rana saque la cabeza, joven conejo —le dice la gata Lágrima.
Los tres se mojan, escuchan la canción del agua y esperan pacientes a la rana.
Cesa la lluvia y aparece el arco iris en el cielo.
—¡Oh! —exclaman Lágrima, el petirrojo y el joven conejo levantando la cabeza.
El agua de la charca está quieta y el arco iris se refleja en ella como en un espejo.
De repente, la rana saca la cabeza, remueve el agua y el arco iris se retuerce y desaparece.
—¡Oh! —exclaman Lágrima, el petirrojo y el joven conejo mirando la charca y los ojos saltones de la rana.
La rana parpadea una vez y, como empieza a llover de nuevo, se da media vuelta, les enseña las patas y desaparece en el agua.
    —¡Oh! —exclaman Lágrima, el petirrojo y el joven conejo, que siguen mirando cómo caen las gotas de lluvia en la charca.
FIN


Leganés, 29 de abril de 2020

jueves, 23 de abril de 2020

Manolito y María Luisa en la playa

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MANOLITO Y MARÍA LUISA EN LA PLAYA

Pueden comprender los seguidores de las andanzas de Manolito y María Luisa que Manolito, menos los fines de semana, sube a diario a cenar con María Luisa. El niño tiene buen color de cara, ha subido de peso —estaba flacucho y enclenque— y ha mejorado su tono muscular. ¡Es un niño lustroso! Duerme como un tronco por las noches —el pobre padecía un insomnio infantil muy molesto— y por el día ya no tiene un nudo permanente en la boca del estómago.
En la parte que me toca como escritor, estoy tranquilo. Voy cumpliendo con mi parte del trato, tomándome alguna licencia en los plazos, eso sí. Yo también padezco el coronasecuestro y también tengo mis penas, no crean los lectores que me sobra el tiempo. Pero ellos, Manolito y María Luisa, no me han vuelto a decir nada. Así que supongo que estarán conformes, porque el que calla otorga.
Vayamos al grano, amigos.
*
Manolito sale a su balcón a las 8 p. m. y aplaude con muchas ganas. Es un fijo del coronaplauso de su calle. Los vecinos se lo pasan genial viéndole. ¿De dónde ha salido este niño tan gracioso? Los balcones y las ventanas de la calle están abarrotados con vecinos de todas las edades —niños, jóvenes, maduros y viejos—, que esperan este momento del día como agua de mayo, aunque estemos en abril. Y Manolito es el que parte el bacalao en esta hora de solidaridad vecinal. ¡Si ha habido nuevas incorporaciones sólo por él! Y el que ha llegado ya no se va.
Finalizado el aplauso, Manolito se cubre con la toalla de playa y sube a la casa de María Luisa.
—Buenas tardes, señora María Luisa.
—Buenas tardes, Manolito. ¿Qué tal el día?
—Muy bien, señora María Luisa. Paso al baño.
Como todos los días, Manolito pasa al cuarto de baño a asearse a fondo. La casa del hada María Luisa está protegida de cualquier virus o bacteria que pueda dañar a un niño, por algo es un hada madrina. Pero toda precaución es poca, y las buenas costumbres, con coronavirus o sin él, son buenas costumbres y no se deben descuidar.
Manolito, como digo, pasa al cuarto de baño esperando alguna sorpresa, pero hoy es un cuarto de baño normal, con plato de ducha, lavabo, bidé e inodoro, un espejo, jabón y toallas.
—Date prisa, Manolito —oye detrás de la puerta—. ¡Nos vamos!
—¿Adónde?
—Date prisa, digo.
Sale Manolito aseado como un pincel.
—Coge esa bolsa y esa cometa y sígueme a la habitación de los huéspedes.
Según entran en la habitación de los huéspedes, Manolito siente que sus pies se hunden en algo que parece arena de playa. ¡Y es que es arena de playa! Delante de ellos se extiende una playa de arena blanca, con una fila de cocoteros al fondo y agua cristalina en la orilla. Huele a viento marino y a sal. El sol luce con calidez veraniega.
Manolito se quita los zapatos y los calcetines, y hunde sus pies descalzos en la arena.
A cien metros hay dos casetas de playa, una a bandas azules y blancas y otra a bandas blancas y naranjas, y una sombrilla.
—Manolito, la tuya es la naranja. Pasa y cámbiate.
—¿Y la suya, señora María Luisa?
—La otra, Manolito.
—¿La azul, señora María Luisa?
—Sí, señorito Manolito, sí.
—Ah, claro, señora María Luisa.
Manolito sale de la caseta con un bañador bermuda de flores. María Luisa se ha puesto un biquini verde fosforito, haciendo juego con su pelo, y unas enormes gafas de sol.
—Manolito, haz lo que quieras, yo voy a tomar el sol en mi toalla, junto a la sombrilla.
Le pone al niño una crema solar de hada madrina, que protege de los rayos ultravioletas y de cualquier otro rayo solar, y se tumba.
Manolito se lanza a carrera veloz por la orilla tirando del hilo de la cometa, que se ha elevado muchos metros. Va y viene por lo menos diez veces. Debajo de un cocotero, de espaldas a María Luisa, no se puede resistir, carraspea y escupe un gargajo generoso que, haciendo una parábola perfecta, cae sobre una pequeña caracola: no es por puntería, sino por puro azar. Manolito se acerca, coge la caracola con dos dedos y la lava en el agua del mar. Y, con ella en la mano, se acerca a María Luisa:
—Mire, señora María Luisa, una caracola. ¿Me la puedo llevar a mi casa?
—Claro que sí, Manolito.
—¡Voy a bañarme!
Y corre veloz, patea el agua de la orilla y se zambulle. El frescor del agua le entra por los ojos y le recorre el resto del cuerpo. Bucea, nada a crol, de espaldas, vuelve a bucear. ¡No se cansa!
Cuando sale del agua, María Luisa le espera junto a las casetas, donde está asando unas sardinas frescas en una parrilla. Manolito devora el pescado, se mete en la boca cachos grandes de pan, pincha trozos de tomate aliñado con aceite y ajo y bebe una limonada natural riquísima.
—¡Está todo exquisito, señora María Luisa!
—Cuánto me alegro, Manolito. Toma este helado de postre.
—Muchas gracias, señora María Luisa.
Terminan y, entre los dos, recogen las sobras y las echan en una bolsa. Parece que nadie ha estado en la playa, como debe ser.
Pasan a las casetas, se duchan —son unas casetas muy preparadas—, se visten de paisano y vuelven a la casa de María Luisa. ¿Cuánto tiempo ha pasado? En el mundo de las hadas, el tiempo se estira y se encoge como en los agujeros de gusano de Albert Einstein, pero a ellas les funciona de verdad, no es una hipótesis.
Manolito deja la cometa en el pasillo y dice a María Luisa:
—Señora María Luisa, ya me voy.
—Claro, claro, tus padres están a punto de llegar a casa.
—Algún día se los tengo que presentar, señor María Luisa.
—Algún día, Manolito. De momento, vamos a esperar a que pase esto del coronavirus. ¿Te parece?
—Como usted diga, señora María Luisa, usted sabe mucho.
—Tenemos mucho tiempo por delante, no te preocupes por eso.
—Quiero que sepa una cosa antes de irme: ¡Qué bien me lo he pasado hoy! —dice Manolito abrazando a María Luisa—. Adiós.
—Adiós, Manolito.
Cuando los padres de Manolito entran en casa, se duchan y se tiran en el sofá reventados. Manolito les saca una cerveza fría y les prepara una cena de bocadillos de atún y ensalada de lechuga, que paladean despacio con muchísimo placer. Estar con Manolito es lo mejor que les ha pasado hoy, sin duda.
—¡Está todo buenísimo, hijo!
—¡Y qué buena cara tienes, cariño!
Los tres se echan una cabezada en el sofá viendo la tele y luego se van a la cama.

FIN

Leganés, 23 de abril de 2020

Día del Libro


sábado, 18 de abril de 2020

Lágrima, el camaleón y los mosquitos


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LÁGRIMA, EL CAMALEÓN Y LOS MOSQUITOS

 La gata Lágrima se estira y baja del árbol. La gata Lágrima se mueve por el campo por caminos secretos que sólo ella conoce.
Por el camino secreto del trigal, va a la charca de los juncos. Comienza a llover una lluvia de abril muy agradable. A la gata Lágrima le gusta que las gotas le den en la punta de su nariz rosada.
Se para un momento junto a una amapola roja, alarga el cuello, entorna sus ojos verdes y siente la lluvia sobre su cara de tres colores. ¡Qué gusto!
Antes de llegar a la charca, escampa.
En la charca, una cigüeña saca el pico del agua, extiende las alas y alza el vuelo. Más allá, una rana salta desde una roca lisa y se zambulle en el agua.
La gata Lágrima se sacude el agua graciosamente.
Entre los juncos, una nube de mosquitos forma un círculo negro cerca del agua. Camuflado con su disfraz verde, está el camaleón. Saca su larga y pegajosa lengua de cazador y la gira como las aspas de un molino, atrapando a muchos mosquitos, que acaban en su barriga.
—¿Qué haces, verde camaleón? —pregunta la gata Lágrima.
El camaleón no responde. Guarda su larga lengua y lentamente se mete entre los juncos con la barriga llena. Antes de desaparecer, muy guasón, mira a Lágrima con su ojo derecho.
Llueve de nuevo.

FIN

Leganés, 18 de abril de 2020

domingo, 12 de abril de 2020

Segunda cena de Manolito y María Luisa

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SEGUNDA CENA DE MANOLITO Y MARÍA LUISA



Por unas cosas o por otras, Manolito no ha subido a casa del hada María Luisa hace muchos meses. A sus padres les cambiaron el turno de tarde al de mañana, y Manolito ha tenido vida familiar, una de las mejores cosas que pueden pasarle a un niño. Cuando estamos bien, el recuerdo de los tiempos malos se desvanece, y Manolito no ha añorado a María Luisa en este tiempo.
María Luisa sí le echa de menos. Para un hada madrina no tener niños a los que ayudar es un fastidio. Pero la pelota está en el tejado de Manolito, que es quien debe llevar la iniciativa en esta relación, porque un hada madrina no puede serlo a la fuerza. Así que María Luisa no tiene más remedio que esperar.
Con la crisis del coronavirus la situación ha cambiado. Los padres de Manolito han vuelto al turno de tarde y Manolito está solo desde el mediodía hasta las diez de la noche. ¡Otra vez solo, pero sin poder salir a la calle ni al parque! Como es un adicto a los telediarios, pasa muchas horas viendo la tele. Entre unas cadenas y otras, la televisión es un puro telediario de desgracias y comentarios de desgracias. ¡Coronavirus hasta el infinito y más allá! Manolito se libera un poco a las ocho de la tarde, cuando sale a su balcón a aplaudir y a bailar un chachachá que pone el vecino del tercero a todo volumen.
A las siete, antes del aplauso, los vecinos de su edificio hacen una tertulia por el patio interior, donde tienden la ropa. Comentan muchas cosas de la actualidad. Manolito escucha desde su ventana, pero no dice nada, porque, aunque sea viejuno, él es un niño que ni pincha ni corta en las conversaciones de los mayores.
Una tarde Manolito ve en la ventana del 4.º C a una señora con mucho pelo de color verde fosforito. ¡María Luisa! Y le da un salto de alegría el corazón. Ella le está mirando con una sonrisa y él la saluda con la mano.
Cuando se meten los vecinos, María Luisa le ordena con un gesto que se espere, que no se vaya. Y le lanza la punta de una cuerda, que Manolito caza al vuelo. Por señas le dice: «Póntela en el oído».
—Hola, Manolito, ¿qué tal estás? —pregunta María Luisa desde su punta de la cuerda.
—¡Señora María Luisa, la oigo perfectamente! —responde desde su punta Manolito, que ha comprendido el mecanismo de la cuerda al instante—. ¡Qué alegría!
—¿Cómo estás Manolito?
—Muy solo, señora María Luisa. La tarde se me hace eterna hasta que vienen mis padres.
—¿Por qué no subes un rato a mi casa?
—¿Pero cómo, señora María Luisa, si está prohibido salir?
—Yo te diré cómo.
—Es imposible, señora María Luisa, y menos para mí que soy un niño.
—¿Has olvidado que soy un hada madrina?
—¡Es cierto! ¡Lo había olvidado, señora María Luisa!
Por la cuerda, María Luisa le explica que le va a tirar una toalla grande de playa. Cuando se la ponga, quedará protegido de cualquier virus y nadie, menos ella, podrá verle.
—¡Como la capa de invisibilidad de Harry Potter, señora María Luisa!
—Mucho mejor, Manolito, lo de Harry Potter es sólo una película, pero mi toalla protectora es de verdad.
—¡Me deja pasmado, señora María Luisa! —no puede dejar de ser viejuno este Manolito, caray.
Manolito recoge la toalla al vuelo. Quedan en que subirá a cenar después del aplauso vecinal de las ocho.
A las ocho, Manolito aplaude en su balcón como un loco y baila el chachachá como un mono. Tiene el corazón contento y lleno de alegría. Al acabar, saluda con los dos brazos al vecindario y se mete como un rayo. ¿Funcionará la toalla de playa?, se pregunta muy excitado.
Se la pone, sale de su casa, sube por la escalera y se planta en la puerta de María Luisa. La puerta se abre sola. Entra mirándose los pies para no tropezar. La puerta se cierra sola. Levanta la cabeza y allí está María Luisa con su inmensa cabellera verde fosforito y una túnica azul celeste.
—Cuelga la capa en esa percha y pasa al cuarto de baño lo primero, Manolito.
—Sí, señora María Luisa, como usted mande.
Entra Manolito al cuarto de baño, donde se encuentra con un bosque de encinas, y corre a pierna suelta por un sendero que sube a una colina, desde cuya cima se ve al fondo el azul del mar. Y Manolito baja corriendo por el sendero y trepa por un tobogán en sentido contrario, y luego se desliza hacia abajo, y salta por encima de un banco de piedra, y abre los brazos y hace el avión por un prado de césped verde y blancas margaritas. Y llega sudando a la orilla de un arroyo, donde se sienta y mete los pies en el agua fría. Y un pececillo de colores le mordisquea los pies uno a uno. Y Manolito da un profundo suspiro y se tumba con los brazos detrás de la cabeza. Y se duerme oyendo el canto de los pájaros del bosque.
Cuando despierta, está muy entonado. Antes de abrir la puerta del fondo, la del cuarto de baño, se ducha y se cambia de ropa. ¡La ropa es idéntica a la que lleva, pero limpia y perfumada! Entonces, sale del cuarto de baño y oye al hada María Luisa:
—Manolito, ¿podrías ir poniendo la mesa? Vamos a cenar enseguida.
—¡Qué bien huele, señora María Luisa! —responde desde el pasillo—. ¿Qué vamos a cenar?
—Empanadillas de atún, ensalada de rúcula y fresas con nata.
—¡Hum!
Manolito pone la vajilla y los cubiertos en la mesa del salón. En el centro hay un ramo de rosas y caléndulas amarillas. Por la ventana entra la luz roja del crepúsculo, que se proyecta en un cuadro de barcos de vela que hay en la pared.
Manolito cena con mucho apetito, repite y rebaña el plato. Y María Luisa, que no para de reírse con las ocurrencias de Manolito, también cena con ganas.
Al terminar, ven en la televisión una película de animales acuáticos, creo que de ballenas, que relaja a Manolito y consigue que se olvide un rato de los telediarios.
—Manolito, es hora de que vuelvas a tu casa. Tus padres volverán en media hora y se llevarían un susto de muerte si no te ven.
—Es verdad, señora María Luisa, me voy. ¡Los quiero tanto!
—Como debe ser, Manolito. Aunque seas un niño, cuídalos mucho.
—Podré subir más días.
—Claro que sí, Manolito. Siempre que tú quieras, me encanta cenar contigo.
—¿Qué hago con la toalla de playa, señora María Luisa?
—La guardas en el cajón de tu mesilla bien doblada. Sólo podemos verla y tocarla tú y yo, así que tranquilo.
—¿Puedo abrazarla, señora María Luisa? Hace casi un mes que no abrazo a nadie, porque mis papás no pueden, dicen que para que yo no enferme.
—Pues claro, Manolito.
Y Manolito abraza a María Luisa, que lo agarra de la cabeza y lo mantiene un buen rato junto a sí.
Manolito se despide, se cubre con la toalla de playa y regresa a su casa. Cuando sus papás entran, está en el sofá del salón viendo, ¿cómo no?, un telediario.
—¿Qué tal la tarde, cariño?
—Muy bien, papis, con muchas ganas de veros.
—¿Ya has cenado?
—Sí, papis.

FIN

Leganés, 12 de abril de 2020

lunes, 6 de abril de 2020

Lágrima, la mariposa del aire y el camaleón

Mariposa verde ilustración del vector. Ilustración de marrón ...

LÁGRIMA, LA MARIPOSA DEL AIRE
Y EL CAMALEÓN


Lágrima es la gata que vive en mi casa. Nació en la calle. Mi hija Teresa la adoptó y ahora es su mamá.
Lágrima es una gata muy guapa. Tiene los ojos verdes y una piel de tres colores: negro, blanco y marrón. Tiene muchas manchas en la piel, pero no las he contado.
Lágrima es una gata muy alegre. Se llama Lágrima porque debajo de su ojo derecho tiene una manchita negra que parece una lágrima. ¡Yo todavía no la he visto llorar! Le gusta jugar, meterse en los armarios, desenrollar su ovillo de lana por la escalera. Es muy independiente y con nosotros sólo juega cuando quiere.
Lágrima es una gata cariñosa y feliz que nos hace felices a todos.
Quiero mucho a Lágrima. Me está enseñando lengua gatuna. Ella la habla perfectamente, pero a mí todavía me cuesta.

*

La gata Lágrima se ha subido a un árbol muy alto, desde donde ve todo el campo.
Es primavera. La hierba y el trigo ya están altos y verdes. La luz del sol ilumina los colores de las flores. En la charca de los juncos las ranas nadan y las cigüeñas beben.
Una mariposa, la mariposa del aire, vuela entre las flores. Hace piruetas con forma de nube, de caracol y de ola de mar.
Se posa en una amapola muy roja.
—Hola, roja amapola.
—Hola, mariposa del aire, qué hermosa eres.
—Gracias, amapola. ¡Tu rojo es tan bello!
El camaleón se acerca silencioso con su larga lengua de cazar mariposas.
—¡Cuidado, mariposa del aire! —grita la gata Lágrima.
Y la mariposa del aire escapa volando.
Sube, sube, sube, baja, baja, baja, y se posa sobre un elegante girasol.
El camaleón mira a la gata Lágrima con su ojo izquierdo. Parece muy enfadado.
La gata Lágrima sonríe y sigue mirando el campo desde el árbol.

FIN

Leganés, 6 de abril de 2020

miércoles, 1 de abril de 2020

Manolito y María Luisa me dan un susto de muerte

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MANOLITO Y MARÍA LUISA ME DAN UN SUSTO 
DE MUERTE


—¡Qué susto, caray! ¿Qué hacéis aquí?
He levantado los ojos del libro que leo y me he encontrado a Manolito y María Luisa de pie, con cara de pocos amigos.
—¡Podríais avisar!
Hiperventilo y me llevo la mano al corazón, como si me estuviera dando un infarto. No me duele nada, pero así hace la gente en las películas cuando sufre una fuerte impresión.
—¡Qué avisar ni qué avisar! —me dice con voz cortante María Luisa—. ¿Te parece bonito?
—¿Me parece bonito qué? —gimo con un hilo de voz; la pareja ha conseguido meterme el miedo en el cuerpo.
Manolito levanta la mano a María Luisa, como diciéndole: «Tranquila, ya me ocupo yo».
—Pues, amiguito, que desde agosto nos tienes encerrados en casa, cada uno en la suya. Nos dejaste cenar juntos una vez y, si te he visto, no me acuerdo.
—¡Es que he tenido mucho que hacer! —me disculpo.
—¡Mentiroso! —susurra María Luisa, recalcando cada sílaba—. ¡Perezoso! ¡Vago! ¡Que eres más vago que un perro!
Ahora sí que me acongojo de verdad.
Manolito, que pone cara de poli bueno, continúa:
—Venga, venga, seamos prácticos, compañero. Vuelve a escribir de nosotros, y todos amigos. Queremos relacionarnos, tener aventuras, nada más.
—¡Y sin ti no es posible! —chilla María Luisa.
María Luisa me parecía una mujer dulce, no imaginaba que tuviera estos registros. Yo creo que tiene más pelo y más duro. Trago un litro de saliva, saliva ácida. ¡Ay, madre!
—Eso, eso —dice Manolito—, coges un lápiz, un rotu, un boli, lo que mejor te venga, y escribes sobre nosotros, sólo eso, amiguito.
Noto un tono de amenaza en Manolito, que sigue diciendo:
—Es una oferta que no puedes rechazar. Porque, como no lo hagas, nos presentamos delante de ti todas las noches, cuando te pongas el pijama, y no pegarás ojo en un mes.
—¡Eso sí que no! —me levanto de golpe y tiro la silla—. ¡Mi sueño es sagrado!
—Es sagrado para ti, pero no para nosotros. ¡Ándate con cuidado!
Manolito se mete la mano en el bolsillo, saca un pañuelo de papel y escupe un gargajo hermoso. Me alegro de que no escupa en el suelo de mi estudio, me tocaría recogerlo.
—¡Qué educado, Manolito! —le digo complaciente—. Has abandonado la fea costumbre de escupir en el suelo. Bien.
—Lo recomiendan las autoridades sanitarias. Hay una terrible epidemia de coronavirus y hay que evitar los contagios a toda costa.
—¿También hay coronavirus en vuestro barrio?
—Por supuesto, nadie se salva —responde María Luisa, que retoma el tono conciliador de hada madrina—. Todos estamos muy preocupados. ¡Si hasta han cerrado los colegios!
—Ya lo sé, María Luisa, qué me vas a contar a mí.
—La gente está asustada, los telediarios son aterradores, la policía pasa por las calles con megáfonos. Y no se puede salir a la calle alegremente.
—La cosa está seria, sí.
Miro a María Luisa y a Manolito tocándome la barbilla:
—¿Y cómo hago yo para que un menor, con la que está cayendo, se escape de su casa y suba a ver a la vecina del 4.º?
—Hijo, ese es tu problema —me responde María Luisa indicándome con el dedo que recoja la silla y me siente—. El escritor eres tú, bonito.
—Más te vale —dice Manolito, que ahora parece el poli malo.
 ¿Se habrán puesto de acuerdo o es espontáneo este intercambio de papeles? Insiste con cierta agresividad:
—¡Recuerda lo de la hora del pijama!
Manolito saca otro pañuelo, carraspea y escupe dos veces sin dejar de mirarme a los ojos. Se me agarrotan los dedos de los pies y otras partes del cuerpo. No me esperaba esto, la verdad.
Al instante, no sé si por la presión o por el tiempo libre que tengo en el encierro, se me empiezan a ocurrir cosas. ¡Cómo se agudiza el ingenio cuando te juegas algo! Parece que me relajo un poco.
Pactamos dos cuentos a la semana mientras dure el coronavirus: uno sobre ellos, larguito, currado; y otro de lo que me dé la gana y como me dé la gana. Están de acuerdo y, por fin, sonríen.
Les ofrezco una coca cola y unos pistachos con miel para celebrar el acuerdo, pero no quieren.
—No, no, que tú necesitas estar solo para escribir. No queremos molestarte.
—Nos vamos, nos vamos. Adiós.
Y me quedo más solo que la una, con una hoja en blanco sobre la mesa y la mano en la mejilla.
—¿Y qué hago yo ahora?

FIN

Leganés, 1 de abril de 2020