50 cortos cuentos
de normales cosas
La gata Lágrima, esa famosa gata tricolor que sale en mis cuentos, sabe volar. Recientemente también ha llegado a mi vida la gata Chai, que sólo tiene un ojo, un ojo muy agudo, pero de ella hablaremos otro día. Hoy le toca a Lágrima.
Lágrima que, además de ser sabia, tiene un corazón gatuno de oro, es protectora y ayuda siempre que hace falta. Por eso, se ha empeñado en aprender a volar y lo ha conseguido. Así puede ir lejos a socorrer a gatitos en peligro.
Tiene una técnica de vuelo muy depurada, creo que se la ha inventado ella misma. Se sube al tejado, se pone a bufar y a maullar con mucha fuerza, como si fuera una tigresa, entonces se llena de aire y se eleva como un globo aerostático. Cuando consigue mucha altura, suelta el aire de golpe, abre las cuatro patas y con su peluda piel tricolor planea muy veloz como un ala delta. O sea, vuela. Es capaz de desplazarse largas distancias. En el mundo gatuno se comenta que ha llegado a la sabana del Kilimanjaro. Yo no tengo datos seguros, pero no me extrañaría conociéndola.
El otro día, con sus súper poderes, que incluyen un oído ilimitado y una capacidad de comunicación telepática infinita, se enteró de que una gatita estaba en peligro en la rama más alta de un árbol. La rodeaban gatos salvajes que, una rama más abajo (ellos pesaban más que la gatita), le enseñaban los dientes con ánimo de atacarla. Un águila hambrienta sobrevolaba el árbol con los ojos clavados en la gatita. Y al pie del árbol cinco niños malotes le tiraban piedras con tirachinas esperando que cayera para rematarla. ¡Difícil situación la de la gatita!
La gatita maullaba con mucho miedo y mucha pena, como si fuera un bebé humano. Lágrima desde la ventana de su casa oyó la llamada de socorro y percibió la angustia de la gatita. Subió al tejado y, en menos que canta un gallo o un pequeño colibrí, allí se presentó volando por encima del águila. Cuando vio a la gatita, se lanzó en picado, juntando sus manos, metiendo la cabeza entre ellas y abriendo las patas traseras, como una punta de flecha.
El águila no se lo esperaba. ¿Quién iba a volar por encima de ella? Al pasar a su lado, Lágrima le pegó un zarpazo entre las plumas de cuello y el comienzo del ala derecha. El águila se desequilibró y comenzó una caída en espiral, pero como era águila vieja, se niveló antes de tocar el suelo, remontó el vuelo y huyó de allí con el ala dolorida y sin apetito. ¡Se le habían quitado las ganas de comer y de cazar!
Lágrima se posó junto a la gatita. ¡Tranquila, gatita, no te va a pasar nada! Pegó tres bufidos hacia fuera, nada de para aspirar aire, que dejaron paralizados a los gatos salvajes. Nunca habían oído algo tan fiero. Uno que dio un paso hacia delante recibió un zarpazo en el lomo (Lágrima tiene unas uñas que no veas) y huyó de allí al instante seguido de los otros, con un nudo en el estómago y una buena herida en el costado. Bajaron tan deprisa por el tronco y corrieron tan rápido que los niños malotes no tuvieron tiempo de reaccionar.
Entonces Lágrima fue bajando del tronco con pasos seguros, bufando y rugiendo, para encararse con los niños malotes. Al verla, los malotes fueron caminando hacia atrás, con el susto en la cara y un poco de caca en los calzoncillos. Y, a la de tres, se dieron la vuelta y corrieron como descosidos. ¡Pero qué os creéis! ¡Largo de aquí!
Lágrima se lamió las patas y subió tranquilamente a buscar a la gatita. ¡Gracias, gata Lágrima, muchas gracias! Intuyo que Lágrima debe de ser muy conocida en el mundo gatuno, porque la gatita sabía su nombre. Lágrima prendió con su boca a la gatita por el cuello, como hacen las mamás gatas, bufó para tomar aire, se elevó y planeó hasta el jardín donde vivía la gatita con sus hermanos. ¡Ten más cuidado la próxima vez, gatita, pero no dejes de explorar el mundo y de ir donde te dé la gana! ¡Gracias, Lágrima, eres la mejor! Y, con los ojos, se lanzaron muchos besos de gato.
No os voy a explicar otra vez cómo vuela Lágrima, ya lo sabéis. En fin, voló y volvió a su tejado. Bajó a su casa y se tumbó en el sofá verde del salón. Se estiró, sonrió, se acurrucó y se echó un sueño reparador que ni te cuento. Estaba realmente cansada.
Carlos Cuadrado Gómez


