MANOLITO
HABLA CON UN POZO
Manolito se
acercó a un pozo y asomó la cabeza. Olió un aire húmedo, mohoso y algoso. Arrugó
la nariz, formó en la boca una bolita de saliva y escupió. Al cabo de un buen
rato, oyó: Chop-glup.
—¡Cochino!
—dijo una voz profunda.
—¿Eh? —exclamó
sorprendido Manolito.
—¡Cochino!
¿Por qué escupes?
Las paredes
del pozo, que eran de ladrillo rojo, vibraron un poco. Como habrás adivinado,
quien hablaba era el pozo.
—Lo siento
—dijo Manolito—. Sólo era un experimento. Quería saber lo profundo que eras.
—Pues
haberlo preguntado, cochino. ¿No te han enseñado a preguntar, niño?
—No sabía
que eras un pozo que hablaba.
—¿Escupes a
los pozos mudos, cochino? Vamos, que, si no te hablo, me lanzas gargajos hasta quedarte sin mocos y sin saliva. ¿Te parece bonito?
—Sinceramente
lo siento, señor Pozo, no volverá a ocurrir.
—Más te vale
que no vayas por el mundo escupiendo a los pozos.
Manolito esto
no se lo esperaba. Tenía un nudo en la garganta y la boca se le había llenado
de saliva amarga. Pensó escupir en la tierra, pero ¿y si la tierra también se
quejaba? Pues escupiría en el pañuelo, pero ¿es que el pañuelo no tenía derecho a
protestar? Manolito apretó los labios y se tragó la saliva amarga con un golpe
de nuez. Le vino una arcada seca, pero aguantó el tipo y no vomitó. Para salir
del paso, dijo:
—Señor Pozo,
¿pues cuánto profundo es usted?
—Bastante.
—¿Cuánto es
bastante?
—Más que
poco y menos que mucho.
—Oh, es
cierto.
—¿No tienes
nada más interesante que preguntar, niño?
—Señor Pozo,
estoy avergonzado y no se me ocurre nada.
El pozo
estaba muy aburrido. Aunque era un pozo serio, le gustaba conversar, pero la
verdad es que tenía pocas visitas. No quería desaprovechar la ocasión y decidió
ser amable:
—¿Cómo te
llamas, niño?
—Manolito.
—Seguro que
eres un niño muy curioso, como todos los niños.
—Eso me dice
la gente, y dicen que a veces me paso de curioso.
—Eso no es
malo, Manolito. Hoy has tenido buena suerte.
—¡Qué bien!
Porque yo tengo muy mala suerte, señor Pozo. ¿Y por qué he tenido buena suerte?
El pozo se
inventó eso de que podía hacerle tres preguntas y que él le respondería la
verdad, y que debería escogerlas bien. Todo con tal de hablar con alguien. ¡Qué
triste es la soledad!
—Manolito,
has tenido mucha suerte porque puedes hacerme tres preguntas, y yo te
responderé la verdad. Así que elígelas muy bien.
—¿Y puedo
preguntarle lo que quiera?
—Lo que quieras,
Manolito.
El pozo era espabilado,
pero no tanto. Si no, se habría dado cuenta de que Manolito acababa de hacerle
la primera pregunta. A lo mejor Manolito, que no era un lumbreras, tampoco se
había dado cuenta.
—La primera
pregunta: ¿Voy a sacar buenas notas este curso?
—Si estudiar
procuras y constante eres, las tendrás en tu expediente.
—¡Qué bien!
La segunda pregunta: ¿Qué desayunaré mañana?
—¿Qué has
desayunado hoy, Manolito?
—Un colacao
y dos magdalenas.
—Pues si te
preparas lo mismo de hoy, dos magdalenas desayunarás y un colacao.
—Dicho así,
qué bien suena. Y la tercera pregunta.
—Piénsala
bien, Manolito, que todos los días no tiene uno una oportunidad como esta.
—La tengo
pensada, muy bien pensada. ¿Adónde iré este año de vacaciones?
—Exactamente
adonde quieran tus padres.
—Gracias,
señor Pozo, me quedo más tranquilo.
Se
despidieron. Manolito se fue pensando en lo que le había dicho el pozo. Iba muy
distraído y, sin darse cuenta, dio una patada a un bote y escupió en
el suelo. ¡Qué costumbre tan fea, Manolito! El pozo se quedó muy solo,
profundamente solo.
No descarto,
después de lo ocurrido, que Manolito volviera otro día a hablar con el pozo.
Seguro que el pozo lo agradecería. FIN
Leganés, 19 de enero de 2018
Carlos