sábado, 1 de septiembre de 2018

MANOLITO BUSCA HADA MADRINA

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MANOLITO BUSCA HADA MADRINA

A estas alturas del verano —¡es uno de septiembre!—, y Manolito todavía sin hada madrina. Lo digo porque Manolito piensa que es un niño con mala suerte, no sabemos muy bien por qué, y cree que, si tuviera un hada madrina como Pinocho, las cosas le irían un poco mejor. Pero ¿cómo se busca o dónde se encuentra un hada madrina? En eso está Manolito.
Ha vuelto al pozo varios días para conversar con alguien, pero parece que al pozo se le ha comido la lengua el gato.
—Señor pozo, ¡soy Manolito!
(La callada por respuesta).
—Señor pozo, acabo de escupir dos gargajos. ¿No se enfada?
(La callada por respuesta).
—Señor pozo, ¿no le duele el pedrusco que acabo de tirarle?
(La callada por respuesta).
—He oído un chof estruendoso —Manolito puede ser muy redicho cuando quiere—. ¿No se ha enterado usted?
(La callada por respuesta).
Manolito ha pasado el verano más solo que la una en su barrio. Él no tiene pueblo donde ir de vacaciones, no tiene abuelos, ni tíos, ni primos de pueblo. Y, cuando llega el verano, en el barrio se produce tal desbandada de chicos y chicas que las calles se quedan desiertas. Sólo le quedaba el pozo, pero el pozo, ya veis, ha enmudecido.
Manolito pasea por el parque, junto a un parterre de geranios y petunias. Como es un gran escupidor y está aburrido, escupe repetidamente al tallo de las flores para mejorar su puntería. Estas cosas sólo se mejoran con la práctica. Sabemos que es una costumbre muy cochina la de escupir, pero ¿qué le va a hacer el pobre niño solitario, si no se le ocurre otra cosa?
—Niño, eso está muy feo —le dice una señora que está sentada en un banco frente al parterre.
—Perdone, señora —responde Manolito educadamente—, pero pensaba que estaba solo.
—¿Y porque estés solo tienes licencia para escupir?
—Tiene usted razón, señora, soy un guarro. ¡No tengo remedio!
Manolito está muy serio. Baja la cabeza. Remueve la tierra del camino con la punta del pie. Hace ademán de continuar su paseo.
—Siéntate conmigo —le dice la señora—, y dime qué te pasa.
Manolito ve el cielo abierto, porque lo que más desea en este momento es hablar con alguien. Se sienta como un rayo junto a la señora.
—Me llamo Manolito. Y me pasa que soy un niño con muy mala suerte. ¿Cómo se llama usted?
—María Luisa. Pero sigue, sigue.
—No, sólo eso, que tengo muy mala suerte y me gustaría tener un hada madrina como Pinocho.
—¿Para qué?
—Para tener buena suerte, claro.
—¿Y tú crees que las hadas madrinas dan buena suerte?
—Estoy convencido.
—No estoy yo tan segura.
—¿Por qué dice eso, señora María Luisa?
—Porque, casualmente, yo soy un hada madrina, aquí donde me ves con estos pelos, y tampoco a mí nadie me hace caso. No lo haré tan bien cuando los niños no recurren a mí. Ni me acuerdo de la última vez que ayudé a un niño.
Manolito abre la boca como una papelera del parque.
—Pues seguro que a mí me va a dar muy buena suerte, señora María Luisa.
—¿Tú crees? —pregunta incrédula María Luisa—. Y háblame de tú, por favor.
Manolito abraza a María Luisa, que se deja abrazar.
—¡Te invito a un helado! —dice María Luisa—. Esto hay que celebrarlo.
—¡Qué suerte! —exclama Manolito, más feliz que una perdiz.
Caminan hacia el quiosco de helados del parque, que está cerrado. María Luisa pestañea tres veces y, en ese momento, aparece la heladera y lo abre. Manolito ha visto de reojo el pestañeo de María Luisa y no sale de su asombro. ¡Un hada madrina de verdad!
—De qué quieres el helado, niño —pregunta la heladera.
—Si tuvieran, un cucurucho grande de chocolate, por favor.
—Tenemos, tenemos.
—¡Qué suerte!
María Luisa pide uno de vainilla. Paga con un billete de cinco euros que se saca de la manga. Es que tiene la costumbre de llevar ahí los dineros, en este detalle no hay magia.
Se sientan en el banco del parterre de geranios y petunias, y se comen el helado hablando de sus cosas.

FIN

Leganés, 1 de septiembre de 2018