de normales cosas
Se restregó los ojos. Había dormido muchas horas. El sol estaba alto, ya hacía calor. En la casa el ambiente era bochornoso, porque se había roto el aire acondicionado.
Hacía rato que sus padres habían desayunado y estaban a sus cosas. Fue a la cocina después de hacer pis y echarse agua en la cara. ¡Qué calor! Aunque era pequeño, creo que tenía apenas cinco años, se preparó un colacao frío y mojó una ensaimada del súper, que le supo muy rica. Estiró los brazos, dio un gran bostezo y acabó de despertarse.
Lo primero que se le ocurrió fue un iglú, con muchos bloques de hielo, muy apretados. Sé, y tal vez Lucas, que en el polo norte, donde viven los esquimales en iglús, no hay pingüinos, pero a Lucas le apetecía dibujar un pingüino, y lo dibujó. Cerca del iglú y del pingüino dibujó un mar con agua muy fría. Se quedó mirando pensativo. El pingüino, a pequeños pasos, se dirigió al agua y se zambulló. Al cabo de unos minutos, salió del agua con otros dos pingüinos. Se sacudieron el agua y salpicaron a Lucas en la cara. ¡Qué fresquitas estaban las gotas de agua!
Lucas copió el dibujo varias veces. Con chinchetas fue colocando los dibujos por la casa: en el salón, en la habitación de sus padres —que seguían a lo suyo—, en la cocina, en el baño, en el pasillo. ¡Cómo se refrescó la casa! Cuando pasabas al lado de un dibujo, notabas finas gotas que te mojaban la cara.
Cuando sus padres volvieron de sus cosas, en la casa no hacía ni pizca de calor. Y, después de comer, pudieron echarse la siesta sin sudar como pollos.
