Cuento
para que lo ilustre Michiko Ono,
mi maestra de pintura
Khadija es una niña artista. Está sentada en la
mesa de la cocina. Ha preparado su caja de acuarelas, sus pinceles, varios
platos para hacer las mezclas, vasos de agua donde limpiar los pinceles y
muchas láminas de papel granulado.
A Khadija le gustan la fruta, los colores y los
cuentos.
Dice Khadija: Si mezclo amarillo y rojo, consigo naranja. Con amarillo y azul hago verde. Sobre un fondo azul celeste pintaré
dos naranjas con hojas y rabito.
Cerca del mar una niña
se acerca a un naranjo. El sol brilla, pero hace mucho frío. Arranca una
naranja, se la guarda en el bolsillo del abrigo y se va a la playa. Se sienta en
una roca de la orilla. Pela la naranja y la huele. Separa los gajos sobre un
pañuelo que ha abierto en sus rodillas y, mirando las olas, se los come uno a
uno. En el acantilado chillan las gaviotas.
Sobre un fondo gris oscuro, pintaré una raja de
sandía, con su carne roja, sus pepitas negras y su corteza verde.
Hace mucho calor. Los
rayos del sol caen sobre un campo de trigo amarillo. En mitad del campo un
árbol grande da una sombra muy ancha. Al pie del árbol hay una sandía y un
labrador descansando. El labrador abre la sandía con una navaja, corta una
rodaja y se la come.
Todavía me queda rojo. Voy a pintar tres fresas
sobre un fondo negro, con sus pequeñas hojas verdes y sus puntitos amarillos.
Tres alegres fresas
en un frutero. Son tan rojas por fuera como por dentro. Muerdo la primera:
intensamente dulce. Muerdo la segunda. Muerdo la tercera. Mastico los tres
trozos. Trago. Lentamente, agarrando las fresas por las hojas, me como las
otras tres mitades: intensamente dulces. Cierro los ojos.
Si he pintado una sandía, tengo que pintar un
melón. Conseguiré un fondo naranja muy intenso y sobre él pintaré un melón
abierto con sus pipas blandas y húmedas.
Un niño monta en
bicicleta por un camino. Se ha puesto una gorra, unas gafas de sol y un
bañador. En el cuello lleva una toalla. Un conejo cruza el camino y se esconde. El niño llega a
la puerta de una valla de ladrillo. Aparca la bicicleta y entra. En un plato
hay tacos de melón: se los come con un palillo. Se quita la camiseta, las
gafas, la gorra, las zapatillas y se zambulle en el agua de la piscina.
No sé bien cómo es una pera limonera ¿Será como
todas las peras? Pues voy a pintar una pera verde y un limón amarillo sobre un
fondo rosa.
Cerca del río un
perro huele una cesta de mimbre. La cesta está cerrada. Da una vuelta
alrededor, la huele, da otra vuelta. El agua del río salta entre las piedras
redondas. En la hierba hay una flor amarilla. El perro huele algo atractivo, no
puede dejar de oler. Vuelca con su pata la cesta, que se abre. Ruedan
por la hierba peras y limones. Una pera y un limón caen al agua y se alejan
flotando en la corriente.
Estoy pensando en una fruta blanca. ¿Cuál? El
coco tiene la cáscara marrón, pero por dentro es blanco. Lo pintaré sobre un
fondo gris que haré con blanco y el negro que me ha sobrado. Al coco lo
van a acompañar una cebolla y un champiñón blancos.
La pintora japonesa
está en su taller, sentada frente al caballete. Abre la ventana: entran el aire
y la luz. En una mesa pequeña tiene la paleta, los pinceles, los óleos,
la trementina y unos trapos. La pintora japonesa bebe una taza de té y mira. Se
levanta, extiende una tela gris perla y coloca en el medio un coco
partido, una cebolla a la izquierda y un champiñón a la derecha. Acaba el té y
comienza a pintar.
Mezclando rojo y azul consigo morado. Pintaré
un racimo de uvas sobre un fondo amarillo chillón.
Es por la tarde. Ya
se han marchado los viñadores y el viñedo está solo. Mañana volverán. El sol se
está ocultando y la luz roja del crepúsculo rebota en las uvas moradas de los
racimos. Una liebre corretea por los surcos. Las uvas son dulces como la miel.
Un pajarillo picotea una uva y bebe su zumo.
El kiwi es marrón por fuera y verde por dentro.
Me gusta su sabor cuando es suave. Voy a pintar sobre un fondo marrón muy
clarito, un kiwi entero y un kiwi partido.
La rama de una planta
trepadora de kiwis asoma por el muro. Un kiwi maduro cae por su propio peso. El kiwi rueda calle abajo. Casi se lo traga una alcantarilla, pero la
salva. Pasa a mucha velocidad junto a unos niños que juegan al pilla-pilla. El
kiwi se detiene al final de la calle. Un señor que viene de comprar manzanas lo
ve, lo limpia con la mano y lo echa en su bolsa.
No me puede faltar una manzana, riquísima, roja
y verde, sobre un fondo azul oscuro.
El gusano vive en una
manzana del árbol. Ha hecho pasadizos dentro de la manzana, por donde
sube y baja sin que nadie lo vea. Saca la cabeza por una ventana que ha
abierto. El sol le da en los ojos. Un pájaro lo mira desde una rama más alta. Al
gusano le entra hambre, se mete y sigue comiendo.
Khadija cuelga las
acuarelas en una cuerda. Coge una manzana del
frutero y la muerde apoyada en la barandilla de la terraza. Por la acera pasea una señora con
una pamela blanca y un traje de colores.
FIN
Carlos
16
de enero de 2021