martes, 17 de agosto de 2021

Nueve, noveno, nono

 


Nueve, noveno, nono

DE "FOLIO Y MEDIO"

Una peluda pelota de tenis
y ocho mapaches peludos mascando chicle.
Dos vasos de zumo de piña
y siete empanadas de anchoa merengada.
Tres bebés, tres gorriones, tres gualdrapas,
en una caja de terciopelo variopinto.
Tres melocotones azules
y seis ballenas amarillas.
Ocho bicicletas de plastilina
y una magdalena de piedra.
Cuatro bajeles que cortan
y cinco olas de seda y tafetán.
Cuatro melones y medio de escarcha
y cuatro sandías y media de corcho.
La foca, el foco, la flaca, el flaco y el fuco;
la faba, el fabo, el fecho y la fecha.
De una caja de diez manzanas,
sacaron una.
¿Para mí?
Para ti. 

    En el número nueve de la calle Nueva, en el noveno piso, vive una poetisa intrépida. No le asustan las letras, ni las palabras, ni las comas, ni las comillas. Escribe en el ordenador sólo con nueve dedos porque el décimo se lo comió un cocodrilo.
    ¿Un cocodrilo?
  La poetisa viajaba por el río Nilo en un barco de papiro. Miraba una pirámide que se aupaba en el horizonte y se refrescaba la mano jugando con el agua. Entonces, en un visto y no visto, un cocodrilo travieso y taimado le comió el dedo meñique, y se quedó con nueve dedos nada más.

Cocodrilo de almidón:
¿Te supo rico mi dedo?
Te lo comiste, bribón,
como si fuera de queso.
Ahora mi inspiración
con nueve dedos se apaña,
y dulcemente acompaña
mis poemas de limón.

    Cuando la poetisa volvió del viaje al número nueve de la calle Nueva, era la poetisa Nueve Dedos, y comenzó a escribir poemas y cuentos de limones, no sabemos por qué.

Si ves un enorme limón,
no te confundas
si te parece un melón.
El melón es suave y dulce
y el limón ataca y ruge.
Y si tienes ocasión
de compararlos,
no termines irritado:
prueba primero el limón
y acaba con el melón.
 
    En la senda del pantano, un caballo se encontró una caja de limones. Alguien la dejó olvidada a la vera del camino. ¿Es de alguien esta caja? Como nadie respondía, el caballo se comió uno y, aunque agrio, le gustó: era un sabor nuevo, diferente al de la paja y el pan duro. Luego se comió otro y otro. Dos lagrimones se le escaparon de los ojos. Caray, esto está fuertecito. Pero siguió comiendo. Cuando sólo quedaban tres limones en la caja, el caballo paró. ¿Qué hago? El estómago me quema y por la nariz me sale un vapor ácido que me estremece. Están riquísimos, pero estos limones van a acabar conmigo.
    No tuvo que decidir, menos mal, porque en ese momento llegó la dueña de los limones. ¡Aparta, caballo, de mis limones! El caballo salió corriendo por un prado, pegando arreones con la cabeza cada vez que un vapor limonero le salía por la nariz. 
    Con los tres limones, la dueña hizo una limonada fresquita y un tarro de mahonesa para echar a la ensaladilla rusa, que le salía muy rica, por cierto.
FIN
Carlos

viernes, 13 de agosto de 2021

Bajo el piano

 


Bajo el piano
DE "FOLIO Y MEDIO"

Cuando la mamá de Enrique se sentaba a tocar el piano de cola, él se metía debajo con un tebeo y la escuchaba mientras pasaba las páginas con mucho cuidado para no molestarla.

Los tebeos, bajo las notas musicales, se avivaban. Enrique podía leer el mismo tebeo muchas veces, porque, cada vez que se metía debajo del piano, el tebeo cambiaba su historieta.

El perro de la dueña de la tienda de chocolate tiene una boca descomunal y unos dientes muy afilados. Duerme junto al mostrador de los pasteles de chocolate. No hay niño que se atreva a tocar ningún pastel sin permiso de la tendera. El perro abre los ojos y respira fuerte cuando un niño entra, y con eso basta para evitar la tentación. ¿Es que los niños de esa calle son ladrones? No. ¿Entonces por qué la tendera tiene ese perrazo?

La mamá de Enrique tocaba partituras del Clave bien temperado de Bach. Con las notas perfectas y maravillosas de Bach Enrique se distraía y alzaba la vista del tebeo. Y cuando la bajaba, ¡ya había cambiado la historieta!

El perrazo se ha levantado, se ha puesto una capa roja y ha salido volando por la ventana. ¿Dónde vas, Sultán?, le chilla la tendera. ¡A salvar a un gatito que se ha caído en el agua del estanque! El perrazo entorna los ojos porque el aire le da fuerte en la cara. ¡Gatito, aguanta, que ya bajo! El perrazo se lanza en picado al agua, agarra al gatito con las uñas de sus garras y lo lanza en parábola a su lomo. ¡Miauuuu! El gatito se pone de pie sobre sus patas traseras y camina hasta la cabeza del perrazo. ¡Gracias, perrazo, eres mi héroe!

A veces Enrique pasaba la página con miedo por lo que podría encontrarse. Le vigilaban las tres patas del piano, que estaban adornadas con unas cabezas de león con la boca abierta y los ojos saltones. Enrique prendía la hoja por la esquina y tiraba de ella como si despegara una pegatina. Miraba un momento a los leones y acababa de pasar la página.

Están en la casa del gatito, que se pone unas gafas que guarda en el cajón de su escritorio. Siéntate ahí, perro, en el sillón. El gatito coge un lapicero y traza sobre un folio blanco cuatro rayas que se cruzan: es una puerta. Abre la puerta, pasa al otro lado y cierra. El perrazo se queda solo y se angustia. Araña la puerta de papel. ¿Dónde estás, gatito?, no me hagas esto. Detrás de ti, perro, a tu espalda. El perro se desmaya del susto y el gatito le hace el boca a boca para que despierte. ¡Perro, no te mueras!

Enrique ha encontrado en un bolsillo del pantalón un caramelo de café con leche, un toffee. Qué rico. Lo chupa y lo mastica. El toffee se le pega al paladar y se atraganta. Mamá, que me ahogo. La madre deja las teclas del piano, con naturalidad le mete un dedo en la boca y le saca el caramelo. Enrique frecuentemente se atraganta con toffees, en su casa están acostumbrados. ¡Como un día se ahogue de verdad! Eso no va a pasar nunca.

Los niños entran en tropel en la tienda de chocolate, detrás del gatito y el perrazo. La tendera se queda con la boca abierta. Los niños asaltan el mostrador y se comen todo. ¡Mi ruina!, grita la tendera. Y tú, perrazo, eres un traidor volador. El perrazo le pega un lengüetazo en la cara y deja en el mostrador un fajo enorme de billetes, para pagar los pasteles. El gatito se sube a la cabeza del perrazo y le saca la lengua a la tendera. En la última viñeta, la tendera se cae de espaldas y se oye PLAF.

Enrique cierra el cómic. Su madre se ha levantado del piano y mira por la ventana. Enrique se va al baño, cierra la puerta, se sienta en la taza del váter y abre otro tebeo. En el baño también cobran vida los cómics.

Carlos

FIN