martes, 22 de julio de 2025

La Princesa Perejil

 EN VERANO,

CUENTOS LARGOS


LA PRINCESA PEREJIL

I

Cuentan las crónicas que nuestros reyes fueron unos príncipes muy enamoradizos. 
Él era un joven irresistible: cabellos rebeldes, labios frescos, delicado, poeta, con buen gusto para vestir. Tuvo muchas novias, pero nunca se comprometió. La excusa para romper con ellas era que tenía muchas dudas.
Ella era una joven insuperable: largos cabellos rojos, labios ardientes, ojos penetrantes, sensible, simpática, intelectual y un as de las matemáticas. Tuvo muchos novios, pero con ninguno se comprometió. Les rompía el corazón cuando les decía que cortaba, pero es que ninguno la convencía de verdad.
Aquel vaivén se acabó la noche en que se conocieron en una cena de gala. Él la vio entrando a la fiesta sola y segura, luciendo sus cabellos rojos, recogidos con una corona de perejil. Ella notó su mirada, giró la cabeza y clavó sus ojos en él. Ambos sintieron un calambrazo. ¿Podríamos decir que fue un flechazo a primera vista? Yo diría que sí.
Durante el banquete, no dejaron de mirarse. Todos los platos estaban aliñados con perejil: la sopa de tortuga, el faisán asado, las natillas y el helado. 
El perejil fue un elixir que, con cada bocado, hacía crecer el amor como el trigo en primavera. En el baile posterior, se buscaron y fueron pareja toda la noche. Con cada nota, con cada compás, el olor del perejil de la corona se les colaba por los poros. 
En un intermedio, salieron a un balcón. El aire de la noche era limpio, las estrellas brillaban y corría el agua de una fuente. Entonces se besaron, y fueron los besos con sabor a perejil más fantásticos de la historia del reino. La cosa terminó en boda. 
El día del enlace, la catedral y las avenidas se engalanaron con enormes corazones de perejil trenzado, y el pueblo los aclamó agitando ramos de perejil. La alegría y la fragancia de la planta flotaron en el aire durante muchas semanas.

II

Nueve meses después, nació el primer príncipe. Un año más tarde, llegó el segundo príncipe. Y tres años después la reina dio a luz a nuestra querida princesa.
En su tercer embarazo la reina tuvo un antojo singular: a medianoche tenía unas ganas irresistibles de resolver ecuaciones y de comer pastel de perejil, que era la especialidad del cocinero de palacio. Un surtido de hortalizas variadas se adobaba en aceite de perejil y luego se cocinaba al baño maría: el resultado era exquisito. ¡Nuestra reina perdió la cuenta de los pasteles que se comió!
Al nacer la princesa, el antojo desapareció, la reina se calmó y pudo estudiar matemáticas sin distraerse con el dichoso pastel. 
La niña era preciosa y muy alegre, y se le formaban dos hoyuelos en la cara cuando reía. Los que se acercaban a verla se marchaban encantados.
Pero a los pocos días de nacer, por las mañanas, aparecieron hojitas de perejil en los pañales de la princesa. Más adelante, le salieron unas manchas verdes, alargadas y finas, que le subían de los tobillos a las rodillas. Los reyes se alarmaron mucho. Se consultó a los mejores médicos, pero ninguno supo explicar el fenómeno. 
Las manchas verdes cada vez eran más grandes, le cubrían más partes de la piel, y empezaron a brotarle tallos de perejil en el cabello. Como la niña era feliz y cada día era más bonita, los reyes se resignaban. Finalmente, el día que cumplió cinco años amaneció completamente verde y con una tupida melena de perejil.

III

Sin saber por qué, aquella linda princesita verde nos ganó el corazón. Vivíamos pendientes de verla. Nos sentábamos frente a la fachada del palacio y esperábamos horas y horas con la esperanza de que pasara por una ventana o se asomara a un balcón. La llamábamos Princesa Perejil, o simplemente Perejil, y con ese nombre se quedó. Nadie la ha llamado nunca por su nombre verdadero, y es que ninguno lo sabemos.
Con el paso del tiempo, nos pareció natural tener una princesa verde. Perejil saludaba sonriendo y se acercaba a nosotros sin miedo a preguntarnos lo primero que se le venía a la cabeza. A su paso todo parecía más fácil.
Sin embargo, los reyes se agobiaban, porque los meses pasaban y aquella rareza de la niña no desaparecía. El rey le tomó tal ojeriza al perejil que prohibió que se plantara en el reino, y ordenó que se arrancaran las matas que crecían al pie de la muralla.
El paso del tiempo atormentaba a los reyes: la princesa crecería, alcanzaría la edad de casarse —aunque no estemos de acuerdo, en los tiempos antiguos así eran las cosas, no vamos a ocultarlo— y ¿quién querría contraer matrimonio con una mujer verde, con la mujer perejil?

IV

Perejil tenía un talento natural para las plantas. Y la fama de este talento llegó a cada rincón del reino. Los labradores le consultaban qué debían plantar, cuándo y de qué manera. También los ayudaba a poner remedio a las plagas que dañaban a las cosechas.
Las boticarias le preguntaban sobre las propiedades de las flores y las hierbas con que se hacían las medicinas. Gracias a Perejil, se elaboraron medicamentos muy eficaces para curar enfermedades antiguas y modernas. 
¿Cómo no íbamos a quererla? Era verde, pero inteligentísima, simpatiquísima y bellísima. 
Prácticamente vivía fuera de palacio, recorriendo los campos y las farmacias del reino, y hablando con nosotros. Los reyes la dejaban muy libre porque Perejil así era feliz y, ya que la niña era verde, querían verla contenta. Un buen día, el rey retiró la prohibición del perejil y la gente volvió a emplearlo a troche y moche. El perejil nos recordaba a la princesa, y todo sabía mejor.
Antes del comienzo del verano, labradores y boticarias hacían una fiesta en su honor. 
En medio de un prado, en unas mesas alargadas, se podían comer los más variados platos preparados con perejil: sopas, ensaladas, tortillas, guisos de carne y de pescado, tartas, flanes, helados, etc. Más tarde, se recitaban poesías y se representaban obras de teatro. La fiesta terminaba con El baile del perejil, en el que todos llevábamos coronas de perejil y los labios pintados de verde. De madrugada, como broche de oro, la princesa en persona repartía zumo de perejil y nos mandaba a casa.

V

Perejil crecía y, como a todos nos pasa, seamos verdes o no, echaba de menos un amigo o una amiga especial. Amistades no le faltaban, pero nadie la atraía. En los cuentos de hadas, los caballeros son guapos, fuertes e hipersensibles, y más simples que un lapicero, añado de mi parte. En la vida real todo es más complicado, y Perejil se sentía sola y rara en muchos momentos. 
Pero lo que de verdad la preocupaba era un problema que padecía el reino desde el equinoccio de primavera: las plantas de los huertos, al poco de germinar y echar las primeras hojas, se secaban y morían. Los hortelanos se desesperaban porque se les morían las patatas, los tomates, los pimientos, las cebollas y el resto de hortalizas. Y acudían a Perejil rogándole algún remedio para aquella catástrofe. 
Perejil investigaba la causa del problema de día y de noche, pero no daba con ella. La solución se demoraba y la ruina estaba a las puertas del reino.
Entonces la Princesa Perejil habló con los reyes: 
—Queridos padres y reyes: es urgente hallar una solución antes de que se acabe la comida en el reino. Dictad un bando y prometed una recompensa formidable para quien acabe con la plaga, de lo contrario todos moriremos de hambre. 
Y los reyes, que confiaban plenamente en su hija verde, dictaron el bando.

VI

Al cabo de dos semanas, nadie se había presentado, porque, en realidad, nadie sabía lo que pasaba. Se buscaban muchas excusas para no admitir la ignorancia sobre el asunto. Algunos cretinos decían que habría que casarse con la princesa verde si se encontraba la solución, lo cual era un falso rumor que, como todo falso rumor, corrió como la pólvora. Se hacían muchos corrillos para comentar el rumor, pero los cotilleos eran inútiles, no sanaban a las plantas.
A la tercera semana, llegó un joven que, humildemente, se ofrecía a intentar solucionar el problema. Por probar nada se perdía. Parecía prudente y sensato. Al verlo, los reyes se quedaron con la boca abierta, y no por lo que decía el joven, sino porque, de la cabeza a los pies, era naranja. 
—Hijo, ¿por qué eres naranja? —preguntó la reina. 
—Porque en mi embarazo —respondió el joven—, mi madre tuvo el antojo de comer zanahorias, y así me quedé, naranja como una zanahoria.
—¿Tal cual me lo cuentas, hijo?
—Aunque parezca increíble, majestad, tal cual.
A los reyes esta explicación los consoló. ¡No eran los únicos! Indicaron al joven Zanahoria, o Zanahoria a secas, que hablara con su hija. Y le despidieron con una tímida sonrisa. 
Zanahoria habló con Perejil, que le puso al tanto de la situación. Zanahoria conocía muy bien todo lo que pasa en el subsuelo, era un talento innato en él, tal vez por aquello de que las zanahorias son raíces y crecen bajo tierra. Eso comentaba la gente, quizás con algo de razón en este caso.

VII

Codo con codo, Perejil y Zanahoria pasaron muchos días indagando el porqué de la plaga. 
Visitaron todos los huertos del reino. Recogían muestras de las plantas y del agua de riego y las llevaban a un laboratorio montaron en una torre del palacio. Por la noche, analizaban las muestras, anotaban los resultados y consultaban manuales de horticultura y zoología.
Regresaban a los huertos y echaban desinfectantes naturales que ellos mismos habían elaborado. Observaban la reacción de las plantas. Volvían a recoger muestras y de nuevo las analizaban. Apenas comían y dormían en aquel ir y venir de los huertos al laboratorio y del laboratorio a los huertos.
¿Por qué se morían las plantas a los pocos días de germinar? A pesar de todo el trabajo, no lo sabían, estaban como el primer día. 
Lo que más les extrañaba era que los labradores regaran sin cesar y, sin embargo, el agua, que era cristalina y buena según los análisis, no escaseara. Los pozos estaban rebosantes. ¿Cómo era eso posible? 
Así que, uno a uno, fueron bajando a todos los pozos del reino buscando alguna pista nueva. Examinaban las paredes, el fondo, las algas y el agua en varios niveles, pero no descubrían nada que se saliera de lo normal: el agua era salubre y abundante.

VIII

Agotados y decepcionados, Perejil y Zanahoria llegaron al último pozo. Habían perdido la esperanza de resolver aquel misterio. 
Se sentaron en el brocal del pozo y se tomaron un respiro.
Entonces dijo Zanahoria:
—Princesa, me rindo. Soy incapaz de resolver este enigma.
—¿Y qué vas a hacer?
—Después de inspeccionar este pozo, me despediré de tus padres y me marcharé.
—No te rindas, Zanahoria. Juntos seguiremos intentándolo. Por favor, no te vayas.
—Perejil, siento que no sirvo para nada, admito que aquí ya no tengo nada que hacer.
—No te vayas —insistió Perejil, y le dio un beso en la mejilla.
Zanahoria se puso blanco como una coliflor. Estaba enamorado de Perejil desde el primer día que la vio, y el beso le desconcertó. Cuando recuperó su color naranja, abrazó a Perejil y le dijo al oído:
−Quiero vivir siempre contigo. Te quiero.
Y se besaron dulcemente.
Después bajaron al pozo. Abajo se toparon con un extraño ser que dormía. Les pareció una serpiente gigante de agua. «Estamos en peligro —susurró Perejil—, subamos». 
Consultaron el libro de zoología que Zanahoria siempre llevaba en la mochila, y, efectivamente, aquel bicho reunía las características de la AQUAFERI MAGNA COLUBRA:

aquaferi magna colubra. f. Serpiente de unos quince metros, con cabeza de dragón y cola en punta de flecha. Vive en pozos y albercas cercanos a los huertos. Absorbe el agua de las plantas para nutrir los huevos que incuba, dejando intactas las corrientes subterráneas. Una vez que nacen las crías, absorbe también el agua de manantiales y acuíferos, provocando la desertización del terreno. Para eliminarla, hay que cortarle simultáneamente la cabeza y la cola en una superficie no acuosa. Aviso: al morir la aquaferi, sus huevos revientan con gran estrépito.

Buscaron cuerdas, hachas y algodón, y regresaron al pozo. 
Perejil descendió y ató a la aquaferi por la cabeza y la cola. Luego la subieron entre los dos poco a poco, suavemente, para no despertarla. La extendieron en la arena y se taponaron los oídos con algodón. En ese momento, la aquaferi abrió los ojos y empezó a dar coletazos feroces y violentos a diestro y siniestro. Perejil y Zanahoria no se acobardaron y, a la vez, le dieron dos hachazos, uno en la cabeza y otro en la cola. Al momento, dos torrentes de agua brotaron por las aberturas y salieron flotando los huevos de la aquaferi, que estallaron con tanta fuerza que el estruendo se oyó en todo el reino y más allá. 
La gente de los alrededores acudió de inmediato al pozo, donde encontraron a Perejil y Zanahoria agarrados de la mano y contemplando una laguna de agua transparente que se había formado al morir la aquaferi. 
—Amigos, creemos que se acabó el problema, pero habrá que esperar hasta ver que las plantas crecen de nuevo —dijo sonriendo Perejil.

IX

Los huertos del reino se recuperaron enseguida. Rebosaban de tomates, patatas, cebollas, judías, pimientos, calabazas, calabacines, pepinos, rábanos, zanahorias y puerros, frescos y brillantes como la piel de un niño. Estábamos todos muy alegres y, pasadas unas semanas, hicimos una fiesta por todo lo alto. 
Perejil fue aún más querida y admirada por todos nosotros, y los reyes, orgullosos de su hija pequeña, le regalaron una casa rodeada por un inmenso huerto, donde vive feliz con Zanahoria. 
Todavía hoy nos sigue ayudando con sus sabios consejos y, sobre todo, con su verde presencia.

Y entre pepinos, cebollas,
ajetes y zanahorias,
aquí se acaba esta historia.
Si quieres
volverla a oír,
dame una ramita
de perejil.

FIN

Carlos Cuadrado Gómez
Leganés, 22 de julio de 2025

domingo, 6 de julio de 2025

Lucas y el Ratón Pérez

EN VERANO
CUENTOS LARGOS

LUCAS Y EL RATÓN PÉREZ

Lucas se despertó y con la lengua notó que se le movía un diente. ¡Nunca le había pasado! Lo repasó con la punta de la lengua y muy despacito lo tocó con un dedo. ¡Se movía! Se llevó un buen susto. 

Salió corriendo a la cocina, donde desayunaban sus padres, y les gritó:
—¡Se me mueve un diente!
A sus padres les dio mucha risa, pero Lucas estaba realmente preocupado.
—¿Te duele? —le preguntó su madre, que se llama Irene.
—No me duele, se-me-mu-e-ve.
Y volvieron a reírse sus padres.
—Se te va a caer el diente —le dijo su padre, que se llama Jimi.
—¿Y por qué? —preguntó Lucas muy intrigado—. Yo no quiero que se me caigan los dientes.
Lucas estaba muy serio, pero sus padres se partían de risa.
Desayunó con mucho cuidado una tostada con miel y se fue al colegio.

Lo primero que dijo a su maestra fue:
—¡Se me va a caer un diente!
—Pero eso es genial, Lucas, vendrá el Ratón Pérez a tu casa.
—¿Para qué?
—Se llevará tu diente y te dejará un regalo.
—Ah —dijo Lucas, que se quedó muy pensativo y con ganas de preguntarle más cosas a su maestra.
Se fijó en sus compañeros y todos tenían todos los dientes cuando sonreían. ¿Sería él el primero en perder un diente?

Cuando volvieron del recreo, le dijo a su maestra:
—Tengo muchas preguntas, profe. ¿Puedo preguntarte?
—Claro. ¿Qué quieres saber?
—¿Por qué se me mueve el diente?
Todos los niños se callaron de repente y prestaron mucha atención.
—Porque el diente definitivo quiere salir y empuja al diente de leche.
—Profe, los dientes son duros, no son de leche —dijo Laurita.
—Es una manera de hablar. Nacemos sin dientes, ¿cierto? Luego nos van saliendo poco a poco, ¿cierto? Pues esos primeros dientes decimos que son los de leche. Y luego, poco a poco, igual que salieron se van cayendo.
—Y cuando se caen, ¿qué pasa?
—Salen otros más duros, son los de verdad, los dientes para siempre.
—Ah —dijo Lucas meneando la cabeza—. Eso se lo tengo que contar a mis padres, que a lo mejor no lo saben.
—Lucas, seguro que lo saben. A todos se nos caen los dientes cuando tenemos tu edad.
—Pues no entiendo por qué se reían esta mañana.
La maestra explicó a todos que esto es normal. A todos se les caerían todos los dientes y estarían un tiempo con los huecos hasta que salieran los definitivos. Estarían mellados, como dice la gente. Luego tendrían dentaduras poderosas como los caballos o los leones.
—Importante —dijo la maestra—, los dientes de leche los recoge el Ratón Pérez, y siempre deja un regalo.
—¿Cómo? —preguntaron todos a la vez.
—Al Ratón Pérez hay que dejarle el diente en un sitio la casa donde lo pueda ver bien. Podéis ponerle algo de comida dulce o salada; él lo agradece porque tiene mucho trabajo y necesita energía. Se lleva el diente y deja un regalo generoso. Muchas veces es dinero.
—¿Y podemos saludarle?
—Hace siglos que nadie lo ve. Algunos dicen que le han visto la punta del rabo, pero no sabemos si son imaginaciones. El Ratón Pérez entra de noche a las casas, es muy silencioso y delicado, y sin que nadie le vea hace el cambio: diente por regalo. ¿Cómo lo hace? La verdad es que nadie lo sabe.
—Eso se lo tengo que decir a mis padres —insistió Lucas muy convencido, y se pasó la punta de la lengua por el diente que se le movía.

La clase continuó.

Cuando Lucas llegó a su casa lo primero que hizo fue contar a Irene y a Jimi todo lo que había dicho la maestra sobre los dientes y el Ratón Pérez. Sus padres le escucharon muy atentos, aunque se lo sabían todo, pero es que Lucas estaba muy emocionado.
—Vete pensando dónde vas a poner el diente —le dijo su padre.
—Y piensa si le vas a dejar algo con el diente —le dijo su madre.
Eran demasiadas responsabilidades para Lucas, pero estaba dispuesto a hacerlo todo bien. No sabía por qué, pero le había cogido mucho cariño al Ratón Pérez y quería ser su amigo. Ya estaba deseando que se le cayera el diente para ver qué pasaba.

A Lucas los siguientes siete días se le pasaron muy despacio. ¡El diente no se caía! Él estaba todo el día dándole toques con la lengua, lo movía un poco con el dedo cuando nadie le veía, se miraba en el espejo y sonreía estirando los labios. Aunque tenía muchas ganas de que se le cayera, usaba el cepillo de dientes con suavidad y cuando mordía pan lo hacía a cámara lenta. Tenía un poco de miedo al dolor de cuando se le cayera de verdad.
—Si quieres, te lo arranco yo —le dijo Irene, que siempre que pasaba por el baño le veía mirándose en el espejo.
—No, no, no. ¡Se tiene que caer solo! —respondía Lucas y cerraba la boca.

Pero, por fin, ¡el diente se cayó!

Estaba en la biblioteca del cole, leyendo precisamente un cuento sobre el Ratón Pérez. Tan concentrado estaba que no se daba cuenta de que le estaba dando toques de lengua sin parar al diente, y en una de estas notó algo duro entre la encía y el labio. ¡Eh, qué pasa! Metió dos dedos en la boca y sacó el diente, que tenía puntitos de sangre por la raíz. ¡Ya se ha caído!, gritó con todas sus fuerzas. Sus compañeros se dieron un susto y levantaron la cabeza, y allí estaba Lucas de pie con su diente entre los dedos, enseñándoselo a todos. La maestra dijo:
—¡Un aplauso para Lucas!
Y le dieron un aplauso largo y sonoro. La maestra metió el diente en un sobre con el nombre de Lucas, que se lo guardó en la mochila.

Llegó a su casa llamando a sus padres a voces: 
—¡Venid, venid!
—¿Te pasa algo? —le preguntó Jimi un poco alarmado, porque Lucas estaba muy excitado.
Sacó el sobre la mochila y dijo:
—Mira, mira dentro del sobre.
—Lucas, me estás preocupando.
—Mira, mira, y llama a mamá para decírselo.
Jimi abrió el sobre y lo volcó sobre la mesa de la cocina, y salió rodando el diente de Lucas.
—¡Era esto, Lucas! —y le dio un abrazo.
Llamaron a Irene por el móvil y Jimi le contó lo que había pasado, porque Lucas era incapaz.
—Bueno, Lucas, tranquilízate. Ya tienes tu diente en la mano. ¿Te ha dolido?
—Nada de nada.
Y en directo le contó a Jimi cómo le había pasado.
—Piensa dónde se lo vas a dejar al Ratón Pérez y, antes de irte a la cama, lo preparamos todo. Esta noche vendrá sin falta.
—¿Estás seguro, papá?
—Segurísimo.
—¿De qué te ríes ahora?
—De la alegría que me has dado.
—Ah.

Algunos niños dejan el diente debajo de la almohada, pero eso a Lucas no le convencía, le daba un poco de miedo. 

Se pasó la tarde en la mesa del salón dibujando, recortando y pegando. Cogió un plato de la cocina y lo adornó con témperas. Buscó unos terrones de azúcar, unas almendras tostadas y un bombón de una caja que su madre tenía en el frigo. Estaba muy concentrado, y Jimi e Irene no le decían nada cuando pasaban por el salón. Eso sí, sonreían y meneaban la cabeza.
Lucas cenó con pocas ganas. No le obligaron. Luego ayudó a recoger la mesa y meter las cosas en el lavavajillas y se puso el pijama.
—¿Tienes todo preparado? —le preguntaron sus padres.
—Todo, mirad.
Y les enseñó lo que había preparado en la entrada de la casa: un plato con comida para el Ratón Pérez, un dibujo de los dos jugando con una pelota, un corazón rojo muy grande de cartón sobre una nube de cartulina azul y una copa de cristal con el diente dentro. 
—A mí me parece, Lucas —le dijo Irene—, que el Ratón Pérez se va a poner muy contento.
—Tengo un poco de miedo —dijo Lucas.
—Ya veo que le has puesto todo en la entrada, lejos de tu habitación —dijo Jimi.
—Sí.
Les dio un beso y se fue a la cama. Había pasado tanta tensión todo el día que enseguida se quedó dormido. Irene y Jimi le dieron un beso, apagaron la luz de la lamparilla de la mesilla y entornaron la puerta.
Ellos también estaban agotados y no tardaron en irse a la cama a dormir como troncos, porque dormían muy bien, todo hay que decirlo.
La casa se quedó a oscuras y en silencio.

El Ratón Pérez es el mejor ratón de la historia. Es inteligentísimo y tiene un corazón de oro. Trabaja de noche, que es mucho más cansado, y duerme un ratito de día. Es extraordinario. ¿Cómo será capaz de saber cuándo a un niño se le cae o diente? ¿Y cómo es posible que nos conozca tan bien —me incluyo yo que estoy escribiendo el cuento— que nos deja justamente lo que más nos gusta? Pues, sinceramente, no lo sé, nadie lo sabe.

El Ratón Pérez entró a la casa de Lucas por un sitio, no me digáis cuál, que daba precisamente a la habitación de Lucas.
—¡Angelito! —murmuró entre dientes el Ratón Pérez—. ¡Qué dormidito está! ¡Y cómo ronca para ser un niño!
En el silencio de la noche también se oían en la casa dos ronquidos más potentes. Serán sus padres, pensó el Ratón Pérez.
Primero exploró debajo de la almohada de Lucas, pero allí no estaba el diente.
—Otro que tiene miedo.
Entonces usó su fino olfato para localizar el diente. Tampoco me digáis a qué huele un diente, pero huele, y el Ratón Pérez es capaz de seguir su rastró hasta el fondo del mar.
Salió de la habitación de Lucas, continuó por el pasillo, donde se dio un susto enorme con un ronquido imponente de Irene, pasó por el salón y llegó a la entrada.
—¡Aquí está!
El Ratón Pérez se emocionó al ver lo que le había preparado Lucas, sobre todo con el dibujo en el que los dos jugaban a la pelota.
—¡Angelito!
Se comió tranquilamente las almendras, el azúcar y el bombón.
—¡Se les ha olvidado la bebida! ¡Ni un vasito de agua siquiera! Bueno, da igual.
Sacó de su saco una cantimplora con leche fresquita y le dio un buen trago. 
El saco del Ratón Pérez es otro misterio que nadie ha resuelto todavía. ¿Cómo es capaz de moverlo aunque sea muy fuerte? ¿Y cómo lo mete en las casas? Porque él es pequeño, pero el saco es enorme. Un misterio, como digo.
Del saco sacó un bote de cristal con dientes de leche, donde guardó el de Lucas. También sacó un billete de no sé cuántos euros, me parece que de diez, y un cuento de dinosaurios, porque a Lucas le encantan los dinosaurios. Se lo dejó junto al plato de comida y se guardó el dibujo y el corazón de cartón.
El Ratón Pérez se estiró y se restregó los ojos. Estaba un poco cansado, pero la comida del plato le había dado un buen chute de energía. Consultó una libreta que llevaba colgando de su cinturón:
—Una niña es la siguiente. Menos mal que vive cerca.
Cargó con el saco y salió por donde había entrado. Los ronquidos en la casa se habían apagado, pero Lucas, Irene y Jimi respiraban con fuerza. Antes de irse le susurró muy bajito a Lucas:
—Gracias por todo amigo. Hasta el próximo diente.

El silencio seguía inundando la noche. El Ratón Pérez continuó trabajando hasta el amanecer.

Lucas se despertó temprano. El primer rayo de la mañana entró por la ventana y le dio en la cara. Lucas abrió los ojos y se sentó de golpe:
—¿Habrá venido el Ratón Pérez?
Se levantó de la cama y, como no se atrevía a ir solo a la entrada, se fue derecho a la habitación de sus padres. Con besos en la cara los despertó:
—¿Qué pasa, Lucas? —dijo Irene medio dormida y miró el despertador—. Hijo, ¿no ves las horas que son? Vete a tu cama, anda, que hoy es sábado y no tenemos que madrugar.
—Es que me da miedo ir a ver si ha venido el Ratón Pérez.
—Vaaaaleeee. Jimi, despierta —y le dio un codazo a Jimi.
—¡Ay! —dijo Jimi que estaba tan relajado—. ¡Es muy temprano!
—Vamos con Lucas a ver si ha venido el Ratón Pérez.
Lucas les metió prisa, y los tres fueron a la entrada de la casa.
¡El Ratón Pérez había venido, no cabía duda!
Lo primero que vio Lucas fue el cuento de dinosaurios.
—¡Pero cómo sabe el Ratón Pérez que a mí...! —exclamó tapándose la boca con las dos manos.
Luego vio el billete, pero no le dio tanta importancia. Comprobó que el diente no estaba en la copa y que el Ratón Pérez se había comido todo. No se dio cuenta de que en el suelo había unas gotitas de leche.
Cogió el cuento y el dinero y se fue al sofá del salón a leérselo. Sus padres no volvieron a la cama. Prepararon el desayuno y se lo tomaron. Lucas no tenía ganas de comer, estaba enfrascado en la lectura del libro mientras manoseaba el billete, que le serviría de marcapáginas; pensaba que no se lo gastaría, lo guardaría para siempre.
Al acabar la última página, desayunó deprisa y volvió a leer el libro como si fuera la primera vez, y lo leyó muchas veces, una detrás de otra, sin cansarse. 
Cuando le pareció bien, se fue a por sus pinturas y volvió a dibujarse él con el Ratón Pérez jugando a la pelota. ¡Qué chulo le quedó! Jimi se lo puso en su habitación con unas chinchetas, justo en la pared de enfrente de la cama.

Antes de comer a mediodía, con el móvil llamaron a toda la familia para contárselo: abuelos, tíos, primos. El tío Carlos le dijo:
—¡Qué suerte, Lucas! Cuando nos veamos, enséñame el cuento.
—Vale, tío. Es muy bonito, te va a gustar mucho.
—Seguro, cariño. Un beso muy grande.
—Un beso, tío Carlos.
Y Lucas volvió a leer el cuento de dinosaurios.

Durante el fin de semana no hablaron de otra cosa. Jimi e Irene ya estaban un poco aburridos del tema, pero le siguieron la corriente con paciencia. ¡No todos los días se te cae un diente y viene el Ratón Pérez a tu casa!

El lunes Lucas llevó el cuento al colegio. La maestra se lo leyó a todos los niños y Lucas se sintió muy feliz. 

Mientras leía la maestra, Lucas se pasaba la lengua por el hueco del diente y le daba mucho gusto. No se daba cuenta, pero el diente de al lado se le empezaba a mover un poquitín.

FIN

Carlos Cuadrado Gómez

Leganés, 5 de julio de 2025