martes, 20 de agosto de 2019

LA PRIMERA CENA DE MANOLITO Y MARÍA LUISA

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LA PRIMERA CENA DE MANOLITO Y MARÍA LUISA


Antes de subir al 4.º C, la casa del hada María Luisa, Manolito se lavó bien la roña de detrás de las orejas. Cuando se pasa tanto tiempo solo como Manolito, suele descuidarse el aseo personal, y Manolito tenía una costra de mugre detrás de las orejas que hasta olía mal. Con un estropajo de la cocina, creo que limpio, se restregó un buen rato detrás de las orejas frente al espejo del cuarto de baño, hasta que apareció la carne. Luego se pasó el estropajo por la cara y los brazos, y se echó colonia de su madre detrás de las orejas y del cuello, porque Manolito nunca ha tenido un frasco de perfume propio.
Subió y llamó a la puerta de María Luisa. Eran las 18:40 h, no era capaz de esperar a las 19:00 h. Estaba muy impaciente y emocionado. ¡Hoy no cenaría a solas un sándwich de mortadela y un batido de chocolate!
El timbre de la señora María Luisa, que es como Manolito la llama, sonó como un concierto de campanas. ¡Caray!, se dijo Manolito. Él dijo un taco, que es una cosa muy fea en los labios de un niño, por eso cambio la palabrota por un caray.
María Luisa miró por la mirilla y vio a nuestro Manolito más guapo que un San Luis. El olor del perfume de la mamá de Manolito se coló por la cerradura. ¡Se ha perfumado a conciencia!, pensó María Luisa. Manolito se había echado medio frasco, si hay que oler bien, que sea muy bien.
Abrió María Luisa.
—Buenas, tardes, señora María Luisa.
—Buenas tardes —dijo María Luisa mirando su reloj de pulsera.
—Me he adelantado, señora María Luisa, pero es que ya estaba preparado y tenía muchas ganas de verla.
—No pasa nada, Manolito, pasa y siéntate en el sofá del salón.
Manolito pasó muy despacio, con cuidado de no dañar nada en aquella casa limpia y bonita como un palacio.
—Esta casa es más grande que la mía, señora María Luisa.
—Algunas ventajas tenemos las hadas, cosas de la magia, que también se puede usar para vivir mejor.
—Ya veo.
Manolito se sentó en el sofá, estiró las piernas y se puso un cojín en la tripa. Estaba tan a gusto que se durmió al instante. No sabemos lo que soñó, pero, por los gestos de la cara, debió de ser algo muy agradable.
—Manolito, Manolito, la cena está lista —dijo María Luisa zarandeando suavemente a Manolito.
Manolito abrió los ojos y se encontró con la cara de María Luisa. Instintivamente la rodeó con sus brazos, le dio un beso en la mejilla y apoyó su cara en el cuello de María Luisa un buen rato.
—¡Me he quedado dormido!
—¿Tienes hambre?
—¡Muchísima! ¡Qué bien huele! ¿Qué vamos a cenar?
—Huevos fritos con patatas fritas. ¿Te gusta?
—¡Me encanta! ¡Es mi comida favorita! ¿Cómo lo ha sabido usted?
—Las hadas madrinas sabemos muchas cosas, y no todas son de magia. Pasa al baño y lávate las manos. La primera puerta a la derecha.
Manolito abrió la puerta del baño y se encontró con una piscina climatizada y cinco duchas. Por cierto, en lo que llevamos de cuento, no ha dejado de tener la boca abierta. Se desnudó, se tiró de cabeza y nadó como pez en el agua. Al salir de la piscina, se dio una ducha caliente como hacía semanas que no hacía, con gel y una esponja natural que había en una repisa. Se secó con una toalla blanca de algodón egipcio y se puso su ropa, que estaba doblada como recién lavada y planchada.
—¡Soy otro! —exclamó Manolito—. ¡A cenar!
Abrió la puerta del baño y salió.
—¡Señora María Luisa! ¡Ya me he lavado las manos!
—Ven al salón, que está casi todo preparado.
En el salón estaba María Luisa, colocando los platos.
—Trae de la cocina los vasos y los cubiertos, Manolito.
—¡Voy volando!
Cuando todo estuvo dispuesto, se sentaron.
—Sírvete lo que quieras, Manolito, estás en tu casa.
—¡Oh!
Manolito se sirvió dos huevos fritos, tres paletadas de patatas fritas, cinco trozos de chistorra, tres cachos de panceta frita y un par de pimientos. Picó de una ensalada de lechuga y tomate que había en el centro de la mesa, y bebió agua del grifo fresquita.
María Luisa también cenó con ganas. Pero ella realmente disfrutaba viendo a Manolito comer con tanta felicidad.
Apenas hablaron durante la operación de pringar y comer los huevos fritos con pan de pueblo. A la hora de los postres, le preguntó María Luisa:
—¿De postre, Manolito?
—Pues la verdad, señora María Luisa, me gusta todo.
—Entonces traeré el pudin, la nata y dos vasos de leche caliente.
Mientras María Luisa iba a la cocina, Manolito buscó un reloj para saber qué hora era. Antes de las diez tenía que estar en casa. Si volvían sus padres y no le veían, se preocuparían. Manolito es muy buen hijo. Pero no había relojes por ningún lugar.
Volvió María Luisa, que se había quitado el reloj de pulsera.
—Señora María Luisa, ¿qué hora es?
—Ya sé que tus padres vuelven a las diez. No te preocupes, en mi casa el tiempo es especial, se alarga o se acorta según nos convenga. Así que tranquilo, que no llegarás tarde.
—¡Qué buena es usted, señora María Luisa!
El pudin y el vaso de leche estaban riquísimos.
—¿Qué te apetece ahora, Manolito?
—Ver un poco la televisión. En casa pongo el telediario.
—¿Y no te da miedo? ¡Todo son desgracias!
—Como soy un niño un poco viejuno, ya sabe usted, me gusta estar al día de las noticias del mundo, aunque sean malas.
—Por supuesto, Manolito, cada uno tiene sus gustos, y hay que respetarlos.
La televisión del hada María Luisa era muy pequeña, pero se oía muy bien, como el sonido envolvente de los cines.
Antes de ver el telediario, recogieron la mesa, metieron la vajilla en el lavavajillas y retiraron el mantel. Manolito estaba encantado de colaborar, de ser útil para alguien.
Se sentaron en un sofá de cuero blanco y siguieron en silencio las noticias.
Al terminar el telediario, Manolito dijo que tenía que irse a su casa. El hada María Luisa le recordó que podía subir a cenar siempre quisiera. Comer solo es muy triste, pero en compañía es una alegría para el estómago y el corazón.
—Estoy de acuerdo, señora María Luisa.
—Otro día tenemos que conversar un poco más. ¿No te parece?
—Totalmente de acuerdo. Pero es que me tengo que ir.
—Ya lo sé, tus padres.
—Sí, mis padres.
María Luisa le estrechó la mano y Manolito le correspondió con un abrazo. Se despidieron en la puerta:
—Que descanses, ten dulces sueños.
—Gracias, señora María Luisa. Igualmente. Adiós.
Cuando Manolito abrió la puerta de su casa, el reloj de la entrada marcaba las nueve en punto. Quedaba todavía una hora para que llegaran sus padres de trabajar. Manolito encendió la tele y, mientras los esperaba, vio otro telediario. Es que Manolito es un adicto a los telediarios.

FIN

Leganés, 20 de agosto de 2019


viernes, 15 de marzo de 2019

La puerta de Luna

Por fin,
ya lo tengo en mis manos...


¡Espero que disfrutéis con el!
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