martes, 15 de marzo de 2016

FÁTIMA Y LA PALOMA DE LA PAZ - Presentación

Fátima y la paloma de la paz
PRESENTACIÓN
EN LA BIBLIOTECA CARO BAROJA
Centro Cultural José Saramago
LEGANÉS

Ayer, lunes, 14 de marzo de 2016, se presentó el cuento y las ilustraciones de Fátima  y la paloma de la paz en la biblioteca infantil Caro Baroja de Leganés. Fue un encuentro muy entrañable, en el que niños y mayores pudieron compartir impresiones con el autor del texto (Carlos Cuadrado Gómez) y la pintora que ha realizado las ilustraciones (Michiko Ono).
La exposición ha sido posible gracias al interés y al apoyo de Luz Mari, la coordinadora de las bibliotecas públicas de Leganés.
El cuento mural estará en la biblioteca más días. El lector puede seguir el texto del cuento en español y en japones, a la vez que contempla las ilustraciones.
El 22 de abril, con motivo de la celebración del día del libro, podrá visitarse libremente durante toda la jornada. También se ha ofertado como una actividad de motivación a la lectura a los colegios de la zona.
Estamos muy agradecidos a todos los asistentes, que participaron de modo muy activo, con su atención y sus preguntas, y que nos arroparon en este día tan importante para nosotros. Deseamos que disfrutarais de un buen rato de literatura y pintura y que os haya gustado nuestro trabajo.
Podéis leer el texto completo en la entrada anterior de este blog.
Gracias otra vez.
Carlos

GALERÍA FOTOGRÁFICA


Luz Mari presenta el cuento y las ilustraciones

 Michiko explica sus cuadros

Carlos comenta cómo surgió la idea del cuento

Leemos una página en español y en japonés
 
Contamos cómo hemos colaborado juntos

Lectores

Lectores

FÁTIMA Y LA PALOMA DE LA PAZ - El texto

Fátima y la Paloma de la Paz

Carlos Cuadrado Gómez

        En el pueblo de Fátima había un arroyo, los restos de una muralla árabe y un olivar. Al atardecer, el cielo se llenaba de palomas que regresaban a los palomares del pueblo: describían una curva en torno al olivar, sobrepasaban la muralla árabe y se dispersaban por tejados y corrales.

        A esa hora Fátima ya había regresado del colegio y le había dado tiempo de merendar y de hacer los deberes. Con su amiga Nuria se subía a la muralla árabe y juntas veían el espectáculo de las palomas. Era maravilloso.

        Fátima tenía en su casa un palomar enorme. Mejor dicho, el padre de Fátima, el señor Melchor, era el dueño de uno de los mayores palomares del pueblo, donde había palomas de todos los tipos y tamaños. El señor Melchor las limpiaba, las alimentaba, las curaba si estaban enfermas, les enseñaba a volar cuando eran pichones y, fundamentalmente, las quería. Sólo le preocupaba una cosa: a su hija Fátima le daban miedo las palomas. De lejos la fascinaban, pero de cerca la horrorizaban.

–Esta niña me tiene intranquilo –le dijo un día a la señora Matilde, la madre de Fátima.
–¿Melchor, qué le ha pasado a la niña? ¿Está bien?
–Está bien, no le ha pasado nada. Es que les tiene miedo a las palomas, ya sabes.
–Ah, bueno, menuda novedad. Le dan miedo desde que entró por primera vez al palomar ella solita.
–Lo sé, pero es que no lo supera y ya va siendo hora.
–Pues tú y ella veréis. Yo tengo cosas más importantes en que pensar.

        El señor Melchor no se quedó conforme. Aquello no era cuestión de vida o muerte, pero no se le iba de la cabeza.

        Fátima pasaba todas las mañanas junto a las ruinas de la muralla árabe para ir al colegio. Con su amiga Nuria, que la esperaba al pie de la muralla, acordaba la ropa que se pondrían antes de salir de casa. Les resultaba muy divertido que la gente las viese llegar a clase con la misma ropa, como si fueran hermanas gemelas. Su prenda favorita era una falda escocesa a cuadros sobre fondo rojo.

        Un día en que precisamente las dos amigas llevaban la falda escocesa, Nuria le preguntó:

–Oye, Fátima, ¿y tú cómo es que tienes tanto miedo a las palomas?
–Pues, la verdad, no lo sé muy bien. Mis padres me han contado que un día, cuando daba los primeros pasos, entré en el palomar y todas las palomas se pusieron a zurear a la vez. Y, por lo visto, yo me di un susto de muerte y quise salir corriendo, pero, como no sabía andar bien, me caí de cara y me hice una brecha en la barbilla. Mira.
–Anda, es cierto, ahí tienes una brecha. Casi no se ve, es muy fina.
–Desde entonces las palomas de cerca me dan un miedo terrible. Me fascinan cuando las veo volando, pero soy incapaz de acercarme a ellas.
–¿Y qué dice tu padre, él que es tan aficionado a las palomas?
–Yo sé que está preocupado por esto.
–¿Muy preocupado?
–Nuria, tampoco le quita el sueño, pero, chica, no le hace gracia que su hija no disfrute de las palomas lo mismo que él.
–¿Y la señora Matilde, o sea, tu madre?
–Mi madre tiene cosas más importantes en la cabeza. Dice que son tonterías nuestras, del padre y de la hija, y que tal para cual.

        Se acercaban las Navidades y un día la maestra recordó en clase que, después de las vacaciones, se celebraría en el colegio el día de la paz, como todos los años:

        –Ya sabéis que es un día muy especial para nosotros.
        –¿Y soltaremos palomas de la paz, maestra?
        –Claro que sí, siempre que las traigáis ese día.
        –¿Cuántas podremos traer?
        –Os estoy diciendo esto con tiempo para que vayáis hablando con la familia del asunto y vayáis preparándolas.
        –¿Pero cuántas podremos traer, maestra?
        –Una por niño o niña, y ni una más.
        –¿Es obligatorio traer una paloma?
        –¿Cómo va a ser eso obligatorio? Además, hay personas que tienen miedo a las palomas y no se las puede obligar a pasar un mal rato precisamente en el día de la paz. ¿No te parece?
        –Tienes razón, maestra.

        Fátima se hacía reproches a sí misma por tarde, subida a las ruinas de la muralla árabe, mientras veía regresar a las palomas al pueblo. No es posible, se decía, que seas tan miedosa, al fin y al cabo las palomas son sólo pájaros que vuelan y que alegran el cielo con sus siluetas. ¡Me gustaría tanto llevar una paloma al colegio! Decidido, tengo que hablar con mi padre. Y aquella noche, durante la cena, le dijo al señor Melchor que quería una paloma. «¿Hablas en serio?», le preguntó asombrado. «En serio, papá, estoy harta de tener miedo: si tú eres capaz de tocarlas, yo también tengo que poder».

        El señor Melchor se puso muy contento, pero sintió  una gran responsabilidad. Habría que elegir bien la paloma de Fátima. Y una mañana, muy temprano, salió de casa y se fue a la sierra a ver a su amigo Rufo, el pastor, que era otro buen aficionado a las palomas. Antes de anochecer, estaba de vuelta con una paloma blanca.

        –Fátima, ¿estás en casa? Tengo una sorpresa para ti.
        –¿Qué sorpresa, papá?
        –Ven y lo verás.

        Fátima se quedó de piedra cuando vio entre las enormes manos de su padre, como en un nido, la cabeza de una pequeña paloma blanca que la miraba fijamente. La paloma estaba quieta como una bola de algodón.

        –Es tu paloma de la paz. Cógela.
        –No me atrevo. Temo dañarla. ¡Es tan frágil!
        –Pues ella no te tiene miedo. Seguro que está deseando que la cobijes en tus manos.

        Fátima pasó un dedo por la cabeza de la paloma, que se estremeció e instintivamente cerró los ojos. En ese mismo momento un hilo de cariño las unió. Fátima cogió delicadamente la paloma y se la acercó al corazón. El señor Melchor no podía creer lo que estaba viendo.

        –Ahora tendrás que atenderla y que educarla –le dijo a Fátima, que no dejaba de mirar a la paloma–. Es una paloma joven que necesita mucha atención. Si eres paciente y constante, estará preparada para el día de la paz.
        –¿Qué te crees, que no voy a saber cuidarla?              –respondió Fátima con una pizca de orgullo–. Ya verás qué feliz va a ser conmigo.

        En un rincón del palomar, el señor Melchor hizo una caseta nueva para la paloma de Fátima. Parecía una casita de muñecas, con un tejado rojo, las paredes blancas, un comedero nuevo de madera y un pequeño agujero con un cerco de color verde, por donde la paloma se asomaba como una princesa.

        Todos los días, antes de ir al colegio, Fátima se acercaba a ver a su paloma: «Buenos días, paloma. ¿Cómo estás?». «Fátima, despídete y espabila o llegarás tarde. No hagas esperar a Nuria, que ya estará en la muralla», le advertía la señora Matilde. «Voy volando, mamá. Adiós, paloma». Y camino del colegio le contaba a Nuria las novedades de su paloma, que cada día estaba más bonita.

        Algunos domingos, aunque hiciera frío, el señor Melchor iba con Fátima y la paloma hasta el olivar, donde hacía volar a la paloma para que adquiriera fuerza y agilidad. También era preciso que la paloma estuviera orientada en todo momento para evitar que se perdiera cuando volara libremente.

        –Tienes que enseñar a tu paloma a que vuelva a nuestro palomar, esté donde esté –advirtió el señor Melchor a Fátima.
        –¿Por qué?
        –Porque el día que soltéis las palomas en el patio del colegio, tiene que saber volver a casa, de lo contrario es posible que acabe en el campo o en el palomar de otro, y entonces no la veremos más.

        Fátima enseñó a la paloma a regresar a su palomar poquito a poco. Primero la soltaba desde su ventana; luego, desde el final de la calle; más tarde, desde la muralla árabe; por último, desde el olivar. Un día se fue todavía más lejos, al cerro que hay detrás del olivar, y desde allí la soltó. Cuando Fátima regresó a casa, la encontró esperándola impaciente y pensó emocionada que su paloma ya se había hecho mayor.
       
        Después de las vacaciones de Navidad, la maestra preguntó en clase: «¿Quién tiene preparada su paloma de la paz? Levantad la mano». Se levantaron muchas manos y, entre otras, la de Fátima. Continuó la maestra: «El próximo viernes traedlas en una jaula. Hasta entonces, sed amables con ellas».

        Fátima salió muy nerviosa de clase. Sería la primera vez en su vida que llevara al colegio una paloma el día de la paz. Su amiga Nuria siempre la había llevado, desde que entraron con tres años al parvulario, pero es que a Nuria nunca le habían dado miedo las palomas. Esa tarde Fátima no se movió de la caseta de su paloma; estuvo hablando con ella, contándole todo lo que pasaría el viernes, porque para su paloma también sería la primera vez que fuera al colegio.

        Llegó el día. Fátima estaba tan excitada que no pudo desayunar. El señor Melchor había construido una jaula preciosa para la paloma, con los barrotes verdes y el suelo de color naranja. Antes de irse Fátima, la señora Matilde la besó y le dijo: «Suerte».

        Al principio de la muralla árabe la esperaba Nuria con otra jaula y otra paloma. Recorrieron el camino de la muralla hasta el colegio muy contentas, jugando con las jaulas y hablando por los codos. Se pararon un momento:

        –¿A que no te has dado cuenta de una cosa? –preguntó Nuria riéndose.
        –¿Cuenta de qué?
        –De que llevamos la misma falda, la falda escocesa.
        –¡Es cierto! –exclamó Fátima–. ¡Hoy sí que parecemos hermanas gemelas!

        Antes de la hora del recreo, salieron al patio. Hicieron un círculo enorme y se leyeron poesías muy hermosas sobre la paz. Al menos aquel día, durante unas horas, todos tenían buenas intenciones y deseos de paz, ganas de entenderse, de perdonarse, de ser amigos. La niña más pequeña del colegio se acercó al micrófono y dijo: «¡Que vuelen las palomas de la paz!». En ese momento se abrieron las jaulas y las palomas volaron hacia el cielo azul, al tiempo que desde abajo gritaban: «¡Viva la paz!». Las palomas subieron por encima de los árboles del patio y se perdieron en el horizonte, mientras niños y niñas miraban ensimismados aquel hermoso espectáculo, con los ojos muy abiertos y una sonrisa de par en par.

        Más tarde, cuando sonó el timbre para salir, Fátima corrió con todas sus fuerzas y llegó de un tirón a su casa. Abrió de golpe la puerta y gritó: «¿Ha regresado mi paloma de la paz?». El señor Melchor, que la estaba esperando, se calló un momento, que se le hizo eterno a Fátima:

        –Papá, por favor, ¿ha regresado mi paloma de la paz? –preguntó Fátima angustiada.

        Por fin, el señor Melchor sonriendo le respondió:

        –Ahí la tienes, en su caseta.

        Fátima se fue precipitadamente al palomar. Miró por el agujero verde de la caseta y allí estaba su paloma. Entonces la cogió con mucho mimo y la cubrió de besos.

FIN

Leganés, 14 de octubre de 2010


martes, 8 de marzo de 2016

PRESENTACIÓN DE "FÁTIMA Y LA PALOMA DE LA PAZ"

PRESENTACIÓN
DEL CUENTO
Fátima y la paloma de la paz

El próximo lunes, 14 de marzo de 2016, en la biblioteca infantil del Centro Cívico José Saramago de Leganés, a las 6 de la tarde, tendrá lugar la presentación del cuento Fátima y la paloma de la paz, de Carlos Cuadrado Gómez. 
Se presentará el texto, en español y en japonés, junto con las ilustraciones de la pintora japonesa Michiko Ono.
La presentación está abierta a todos los públicos.