miércoles, 19 de marzo de 2025

Día mundial de la poesía: GOTAS Y LETRAS

  DÍA MUNDIAL DE LA POESÍA

21 de marzo de 2025


GOTAS Y LETRAS

Miro por la ventana
y no para de llover.
¿Será por la primavera?
¿Será porque sí? Tal vez.

¡Ay!, que no puedo salir
de mi casa a pasear,
ni a montar en bicicleta,
ni a la calle a patinar.

Y miro por la ventana
y pienso que cada gota
es un suspiro, una letra,
una palabra que flota.

Una flor escucha a un árbol,
una sardina a una vaca,
un pez se muerde la cola,
dos caballos beben agua.

En un lago cinco ranas
cantan a la primavera,
y dedican su canción
a la Virgen de la Cueva.

Una gota cayó a un charco,
otras gotas la siguieron,
y todas las gotas juntas
en el charco se fundieron.

Cuando por fin salga el sol,
cuando por fin llegue el día,
saldré a correr por el campo
contigo y mi poesía.

Carlos Cuadrado Gómez

UNA POESÍA AL DÍA
ES LA MEJOR COMPAÑÍA

lunes, 10 de marzo de 2025

El ojo de la toalla

 

 50 cortos cuentos
de normales cosas



EL OJO DE LA TOALLA

   En una toalla naranja olvidada en una de las perchas que rodeaban el vaso de la piscina cubierta, había un ojo bordado con hilo negro. Era un ojo grande, como el ojo de Horus de los egipcios.
   ¿Nadie la reclamaba en el mostrador de la piscina? ¿Por qué no la retiraba de allí el servicio de mantenimiento? Los socorristas del turno de mañana se la encontraban al llegar y los socorristas del turno de tarde la dejaban al salir.
   ¡Años llevaba allí la toalla!
   Se comentaba que el ojo movía la pupila, que a veces se cerraba como durmiendo una siesta, que otras veces parecía más abierto y más atento, como vigilando a los bañistas. ¡La gente dice muchas cosas y no sabe qué inventarse!
   Alguien creyó oír un grito de alarma que retumbó en toda la piscina cuando a una niña de iniciación le dio un calambre en la pierna y se hundió. ¡Socorro! ¡Salven a esa niña! Las dos socorristas del turno saltaron como delfines al agua y sacaron a la niña, que salió un poco morada pero sonriendo. ¿Qué te ha pasado, bonita? ¡No lo sé!
   Después de este suceso, nadie se atrevió a tocar la toalla naranja ni por asomo. Eso sí, antes de tirarse al agua, los nadadores miraban al ojo y le hacían una reverencia. Y, al salir, juntaban las manos frente a él, agradecidos de seguir sanos y salvos.
   Una tarde llegó por allí una señora con su hijita de la mano. La traía para que aprendiera a nadar. Cuando entraron a la zona de baño, la señora exclamó: ¡Mi toalla! ¡Tantos años creyendo que la había perdido!
   ¡Alto ahí!, gritó un socorrista del turno. ¡No toque esa toalla! Es mía, joven. ¿Suya? Lleva aquí muchos años, señora, y forma parte de nuestro mobiliario como los flotadores. Es más, es mucho más: es nuestro amuleto protector. Si quiere, hable con dirección, pero no la toque.
   La señora dejó a la niña con los monitores y fue al despacho de dirección. Le rogaron que dejara allí la toalla, se la pagarían si era preciso. No hizo falta, la señora cedió sin hacerse de rogar: ¡Está bien, así la veré cuando venga con mi hija!
   —Mamá —dijo la niña en el vestuario mientras se vestía—, yo creo que el ojo de esa toalla naranja me miraba, y me gustaba.
   —Vaya, vaya —dijo la señora, y le puso el calcetín del pie izquierdo.
Carlos
(10/03/2025)