domingo, 30 de diciembre de 2018

MANOLITO SE GANA UNA CENA

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MANOLITO SE GANA UNA CENA

Los que seguís las andanzas de Manolito ya sabéis que en el parque del barrio hizo amistad con el hada María Luisa. He hablado con ellos y les he dicho:
—Me vendría muy bien que fuerais vecinos.
—¿Por qué? —me han respondido a la vez. En esta conversación me hablaban al unísono, con una sola voz. Eso me descolocaba un poco, porque respondían y se sonreían con complicidad, como burlándose de mí.
—Me daría mucho juego a la hora de escribir sobre vosotros.
—¡Pues, hale, somos vecinos!
—Gracias.
*
Mira por donde, María Luisa es vecina de Manolito. Él vive en el 2.º A y ella en el 4.º C de la calle Pensamiento. Es curioso que nunca se hubieran cruzado en la escalera. Pueden pasar años sin ver al vecino de al lado. O puede ser que, como nunca te ves con él, el día que os crucéis en la escalera pienses que es una visita de ese vecino al que nunca has visto. Vivimos muy incomunicados últimamente.
Aquel día en el parque, después de tomar el helado, volvieron a sus casas.
—Señora María Luisa —dijo Manolito—, el helado estaba riquísimo. Me vuelvo a mi casa, que no sé si mis padres habrán vuelto del trabajo.
—¿Trabajan mucho, Manolito?
—Mucho, señora María Luisa. Hay días que no los veo hasta la hora de irme a la cama.
—¿Tú solito todo el día?
—Como se lo cuento, señora María Luisa.
—Manolito, de tú y sin señora, te he dicho antes.
—Perdóneme, señora María Luisa, es que soy así. Mis tías de Toledo dicen que soy un niño viejuno. A ellas también las trato de usted.
—Me suena fatal que un niño me hable de usted, pero haz lo que quieras. Eres libre.
—¡Qué buena es usted, señora María Luisa!
Salieron del parque y cruzaron la carretera por el semáforo. Manolito iba más contento que unas pascuas. ¡Había conocido un hada madrina que le invitaba a helados de chocolate y con la que podía hablar!
Al pasar a la otra acera, dijo Manolito señalando con el dedo:
—Yo voy hacia allá.
—Y yo también, Manolito.
Cruzaron otra calle por un paso de cebra. Manolito volvió a señalar:
—Y sigo por allí.
—Y yo también, Manolito.
En una esquina, dijo Manolito:
—Por aquí tuerzo, señora María Luisa. Adiós.
—Y yo también, Manolito. ¿Se puede saber dónde vives?
—En la calle Pensamiento.
—¿En qué número?
—En el veintitrés.
—¡No!
—Sí, señora María Luisa. ¿No le parece a usted bien?
—¡Pero si somos vecinos!
—¡No!
—¡Sí!
Manolito abrazó a María Luisa, que lo cogió de la cabeza con las dos manos y le dio un beso en la frente.
—¡Madre mía! ¡Si somos vecinos! —exclamó Manolito.
María Luisa lució una sonrisa maravillosa de hada madrina que le llegó a Manolito a las aurículas de su corazón. Y volvió a abrazar a María Luisa.
Continuaron caminando hasta el portal. Viven donde viven y su edificio no tiene ascensor. Hay que subir a patita, como dice la gente. Manolito se quedó en el segundo piso y María Luisa continuó hasta el cuarto y último. Al despedirse, dijo María Luisa a Manolito:
—Cuando quieras, sube a mi casa.
—¿Puedo ir a tu casa?
—Cuando quieras, te digo. ¿No ves qué fácil es hablarme de tú?
—Se me ha escapado, señora María Luisa. Perdóneme, se lo suplico.
—Pero, Manolito, no hay nada que perdonar. Mira, mañana, si puedes, te espero a cenar.
—¡Claro que puedo! ¡Si mis padres no regresan hasta las diez y media de la noche! ¿A qué hora subo?
—A la que quieras. Cenaremos pronto, a las ocho.
—¿Puedo subir a las siete, señora María Luisa?
—A las siete te espero. Hasta mañana.
Manolito fue muy feliz ese día, esa noche y la mañana siguiente pensando en la cena de María Luisa. Por el mismo motivo, ella también estaba muy contenta.
¿Qué pasará en la cena? Todavía no lo sé. Más adelante os contaré.

FIN

Leganés, 30 de diciembre de 2018