Fátima y la Paloma de la Paz
Carlos
Cuadrado Gómez
En
el pueblo de Fátima había un arroyo, los restos de una muralla árabe y un
olivar. Al atardecer, el cielo se llenaba de palomas que regresaban a los
palomares del pueblo: describían una curva en torno al olivar, sobrepasaban la
muralla árabe y se dispersaban por tejados y corrales.
A
esa hora Fátima ya había regresado del colegio y le había dado tiempo de
merendar y de hacer los deberes. Con su amiga Nuria se subía a la muralla árabe
y juntas veían el espectáculo de las palomas. Era maravilloso.
Fátima
tenía en su casa un palomar enorme. Mejor dicho, el padre de Fátima, el señor
Melchor, era el dueño de uno de los mayores palomares del pueblo, donde había
palomas de todos los tipos y tamaños. El señor Melchor las limpiaba, las
alimentaba, las curaba si estaban enfermas, les enseñaba a volar cuando eran
pichones y, fundamentalmente, las quería. Sólo le preocupaba una cosa: a su
hija Fátima le daban miedo las palomas. De lejos la fascinaban, pero de cerca
la horrorizaban.
–Esta niña me tiene
intranquilo –le dijo un día a la señora Matilde, la madre de Fátima.
–¿Melchor, qué le ha
pasado a la niña? ¿Está bien?
–Está bien, no le ha
pasado nada. Es que les tiene miedo a las palomas, ya sabes.
–Ah, bueno, menuda
novedad. Le dan miedo desde que entró por primera vez al palomar ella solita.
–Lo sé, pero es que
no lo supera y ya va siendo hora.
–Pues tú y ella
veréis. Yo tengo cosas más importantes en que pensar.
El
señor Melchor no se quedó conforme. Aquello no era cuestión de vida o muerte,
pero no se le iba de la cabeza.
Fátima
pasaba todas las mañanas junto a las ruinas de la muralla árabe para ir al
colegio. Con su amiga Nuria, que la esperaba al pie de la muralla, acordaba la
ropa que se pondrían antes de salir de casa. Les resultaba muy divertido que la
gente las viese llegar a clase con la misma ropa, como si fueran hermanas
gemelas. Su prenda favorita era una falda escocesa a cuadros sobre fondo rojo.
Un
día en que precisamente las dos amigas llevaban la falda escocesa, Nuria le
preguntó:
–Oye, Fátima, ¿y tú
cómo es que tienes tanto miedo a las palomas?
–Pues, la verdad, no
lo sé muy bien. Mis padres me han contado que un día, cuando daba los primeros
pasos, entré en el palomar y todas las palomas se pusieron a zurear a la vez.
Y, por lo visto, yo me di un susto de muerte y quise salir corriendo, pero,
como no sabía andar bien, me caí de cara y me hice una brecha en la barbilla.
Mira.
–Anda, es cierto, ahí
tienes una brecha. Casi no se ve, es muy fina.
–Desde entonces las
palomas de cerca me dan un miedo terrible. Me fascinan cuando las veo volando,
pero soy incapaz de acercarme a ellas.
–¿Y qué dice tu
padre, él que es tan aficionado a las palomas?
–Yo sé que está
preocupado por esto.
–¿Muy preocupado?
–Nuria, tampoco le
quita el sueño, pero, chica, no le hace gracia que su hija no disfrute de las
palomas lo mismo que él.
–¿Y la señora
Matilde, o sea, tu madre?
–Mi madre tiene cosas
más importantes en la cabeza. Dice que son tonterías nuestras, del padre y de
la hija, y que tal para cual.
Se
acercaban las Navidades y un día la maestra recordó en clase que, después de
las vacaciones, se celebraría en el colegio el día de la paz, como todos los años:
–Ya
sabéis que es un día muy especial para nosotros.
–¿Y
soltaremos palomas de la paz, maestra?
–Claro
que sí, siempre que las traigáis ese día.
–¿Cuántas
podremos traer?
–Os
estoy diciendo esto con tiempo para que vayáis hablando con la familia del
asunto y vayáis preparándolas.
–¿Pero
cuántas podremos traer, maestra?
–Una
por niño o niña, y ni una más.
–¿Es
obligatorio traer una paloma?
–¿Cómo
va a ser eso obligatorio? Además, hay personas que tienen miedo a las palomas y
no se las puede obligar a pasar un mal rato precisamente en el día de la paz.
¿No te parece?
–Tienes
razón, maestra.
Fátima
se hacía reproches a sí misma por tarde, subida a las ruinas de la muralla
árabe, mientras veía regresar a las palomas al pueblo. No es posible, se decía,
que seas tan miedosa, al fin y al cabo las palomas son sólo pájaros que vuelan
y que alegran el cielo con sus siluetas. ¡Me gustaría tanto llevar una paloma
al colegio! Decidido, tengo que hablar con mi padre. Y aquella noche, durante
la cena, le dijo al señor Melchor que quería una paloma. «¿Hablas en serio?»,
le preguntó asombrado. «En serio, papá, estoy harta de tener miedo: si tú eres
capaz de tocarlas, yo también tengo que poder».
El
señor Melchor se puso muy contento, pero sintió
una gran responsabilidad. Habría que elegir bien la paloma de Fátima. Y
una mañana, muy temprano, salió de casa y se fue a la sierra a ver a su amigo
Rufo, el pastor, que era otro buen aficionado a las palomas. Antes de anochecer,
estaba de vuelta con una paloma blanca.
–Fátima,
¿estás en casa? Tengo una sorpresa para ti.
–¿Qué
sorpresa, papá?
–Ven
y lo verás.
Fátima
se quedó de piedra cuando vio entre las enormes manos de su padre, como en un
nido, la cabeza de una pequeña paloma blanca que la miraba fijamente. La paloma
estaba quieta como una bola de algodón.
–Es
tu paloma de la paz. Cógela.
–No
me atrevo. Temo dañarla. ¡Es tan frágil!
–Pues
ella no te tiene miedo. Seguro que está deseando que la cobijes en tus manos.
Fátima
pasó un dedo por la cabeza de la paloma, que se estremeció e instintivamente
cerró los ojos. En ese mismo momento un hilo de cariño las unió. Fátima cogió
delicadamente la paloma y se la acercó al corazón. El señor Melchor no podía
creer lo que estaba viendo.
–Ahora
tendrás que atenderla y que educarla –le dijo a Fátima, que no dejaba de mirar
a la paloma–. Es una paloma joven que necesita mucha atención. Si eres paciente
y constante, estará preparada para el día de la paz.
–¿Qué
te crees, que no voy a saber cuidarla? –respondió Fátima con una pizca
de orgullo–. Ya verás qué feliz va a ser conmigo.
En
un rincón del palomar, el señor Melchor hizo una caseta nueva para la paloma de
Fátima. Parecía una casita de muñecas, con un tejado rojo, las paredes blancas,
un comedero nuevo de madera y un pequeño agujero con un cerco de color verde,
por donde la paloma se asomaba como una princesa.
Todos
los días, antes de ir al colegio, Fátima se acercaba a ver a su paloma: «Buenos
días, paloma. ¿Cómo estás?». «Fátima, despídete y espabila o llegarás tarde. No
hagas esperar a Nuria, que ya estará en la muralla», le advertía la señora
Matilde. «Voy volando, mamá. Adiós, paloma». Y camino del colegio le contaba a
Nuria las novedades de su paloma, que cada día estaba más bonita.
Algunos
domingos, aunque hiciera frío, el señor Melchor iba con Fátima y la paloma
hasta el olivar, donde hacía volar a la paloma para que adquiriera fuerza y
agilidad. También era preciso que la paloma estuviera orientada en todo momento
para evitar que se perdiera cuando volara libremente.
–Tienes
que enseñar a tu paloma a que vuelva a nuestro palomar, esté donde esté
–advirtió el señor Melchor a Fátima.
–¿Por
qué?
–Porque
el día que soltéis las palomas en el patio del colegio, tiene que saber volver
a casa, de lo contrario es posible que acabe en el campo o en el palomar de
otro, y entonces no la veremos más.
Fátima
enseñó a la paloma a regresar a su palomar poquito a poco. Primero la soltaba
desde su ventana; luego, desde el final de la calle; más tarde, desde la
muralla árabe; por último, desde el olivar. Un día se fue todavía más lejos, al
cerro que hay detrás del olivar, y desde allí la soltó. Cuando Fátima regresó a
casa, la encontró esperándola impaciente y pensó emocionada que su paloma ya se
había hecho mayor.
Después
de las vacaciones de Navidad, la maestra preguntó en clase: «¿Quién tiene
preparada su paloma de la paz? Levantad la mano». Se levantaron muchas manos y,
entre otras, la de Fátima. Continuó la maestra: «El próximo viernes traedlas en
una jaula. Hasta entonces, sed amables con ellas».
Fátima
salió muy nerviosa de clase. Sería la primera vez en su vida que llevara al
colegio una paloma el día de la paz. Su amiga Nuria siempre la había llevado,
desde que entraron con tres años al parvulario, pero es que a Nuria nunca le
habían dado miedo las palomas. Esa tarde Fátima no se movió de la caseta de su
paloma; estuvo hablando con ella, contándole todo lo que pasaría el viernes,
porque para su paloma también sería la primera vez que fuera al colegio.
Llegó
el día. Fátima estaba tan excitada que no pudo desayunar. El señor Melchor
había construido una jaula preciosa para la paloma, con los barrotes verdes y
el suelo de color naranja. Antes de irse Fátima, la señora Matilde la besó y le
dijo: «Suerte».
Al
principio de la muralla árabe la esperaba Nuria con otra jaula y otra paloma.
Recorrieron el camino de la muralla hasta el colegio muy contentas, jugando con
las jaulas y hablando por los codos. Se pararon un momento:
–¿A
que no te has dado cuenta de una cosa? –preguntó Nuria riéndose.
–¿Cuenta
de qué?
–De
que llevamos la misma falda, la falda escocesa.
–¡Es
cierto! –exclamó Fátima–. ¡Hoy sí que parecemos hermanas gemelas!
Antes
de la hora del recreo, salieron al patio. Hicieron un círculo enorme y se leyeron
poesías muy hermosas sobre la paz. Al menos aquel día, durante unas horas,
todos tenían buenas intenciones y deseos de paz, ganas de entenderse, de
perdonarse, de ser amigos. La niña más pequeña del colegio se acercó al
micrófono y dijo: «¡Que vuelen las palomas de la paz!». En ese momento se abrieron
las jaulas y las palomas volaron hacia el cielo azul, al tiempo que desde abajo
gritaban: «¡Viva la paz!». Las palomas subieron por encima de los árboles del
patio y se perdieron en el horizonte, mientras niños y niñas miraban ensimismados
aquel hermoso espectáculo, con los ojos muy abiertos y una sonrisa de par en
par.
Más
tarde, cuando sonó el timbre para salir, Fátima corrió con todas sus fuerzas y
llegó de un tirón a su casa. Abrió de golpe la puerta y gritó: «¿Ha regresado
mi paloma de la paz?». El señor Melchor, que la estaba esperando, se calló un
momento, que se le hizo eterno a Fátima:
–Papá,
por favor, ¿ha regresado mi paloma de la paz? –preguntó Fátima angustiada.
Por
fin, el señor Melchor sonriendo le respondió:
–Ahí
la tienes, en su caseta.
Fátima
se fue precipitadamente al palomar. Miró por el agujero verde de la caseta y
allí estaba su paloma. Entonces la cogió con mucho mimo y la cubrió de besos.
FIN
Leganés, 14 de octubre de 2010
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