MANOLITO
BUSCA HADA MADRINA
A estas alturas del verano —¡es uno de
septiembre!—, y Manolito todavía sin hada madrina. Lo digo porque Manolito
piensa que es un niño con mala suerte, no sabemos muy bien por qué, y cree que,
si tuviera un hada madrina como Pinocho, las cosas le irían un poco mejor. Pero
¿cómo se busca o dónde se encuentra un hada madrina? En eso está Manolito.
Ha vuelto al pozo varios días para conversar
con alguien, pero parece que al pozo se le ha comido la lengua el gato.
—Señor pozo, ¡soy Manolito!
(La callada por respuesta).
—Señor pozo, acabo de escupir dos gargajos. ¿No
se enfada?
(La callada por respuesta).
—Señor pozo, ¿no le duele el pedrusco que acabo
de tirarle?
(La callada por respuesta).
—He oído un chof estruendoso —Manolito puede
ser muy redicho cuando quiere—. ¿No se ha enterado usted?
(La callada por respuesta).
Manolito ha pasado el verano más solo que la
una en su barrio. Él no tiene pueblo donde ir de vacaciones, no tiene abuelos,
ni tíos, ni primos de pueblo. Y, cuando llega el verano, en el barrio se
produce tal desbandada de chicos y chicas que las calles se quedan desiertas.
Sólo le quedaba el pozo, pero el pozo, ya veis, ha enmudecido.
Manolito pasea por el parque, junto a un parterre
de geranios y petunias. Como es un gran escupidor y está aburrido, escupe
repetidamente al tallo de las flores para mejorar su puntería. Estas cosas sólo
se mejoran con la práctica. Sabemos que es una costumbre muy cochina la de
escupir, pero ¿qué le va a hacer el pobre niño solitario, si no se le ocurre
otra cosa?
—Niño, eso está muy feo —le dice una señora que
está sentada en un banco frente al parterre.
—Perdone, señora —responde Manolito
educadamente—, pero pensaba que estaba solo.
—¿Y porque estés solo tienes licencia para
escupir?
—Tiene usted razón, señora, soy un guarro. ¡No
tengo remedio!
Manolito está muy serio. Baja la cabeza.
Remueve la tierra del camino con la punta del pie. Hace ademán de continuar su
paseo.
—Siéntate conmigo —le dice la señora—, y dime
qué te pasa.
Manolito ve el cielo abierto, porque lo que más
desea en este momento es hablar con alguien. Se sienta como un rayo junto a la
señora.
—Me llamo Manolito. Y me pasa que soy un niño
con muy mala suerte. ¿Cómo se llama usted?
—María Luisa. Pero sigue, sigue.
—No, sólo eso, que tengo muy mala suerte y me
gustaría tener un hada madrina como Pinocho.
—¿Para qué?
—Para tener buena suerte, claro.
—¿Y tú crees que las hadas madrinas dan buena
suerte?
—Estoy convencido.
—No estoy yo tan segura.
—¿Por qué dice eso, señora María Luisa?
—Porque, casualmente, yo soy un hada madrina,
aquí donde me ves con estos pelos, y tampoco a mí nadie me hace caso. No lo
haré tan bien cuando los niños no recurren a mí. Ni me acuerdo de la última vez
que ayudé a un niño.
Manolito abre la boca como una papelera del
parque.
—Pues seguro que a mí me va a dar muy buena
suerte, señora María Luisa.
—¿Tú crees? —pregunta incrédula María Luisa—. Y
háblame de tú, por favor.
Manolito abraza a María Luisa, que se deja abrazar.
—¡Te invito a un helado! —dice María Luisa—.
Esto hay que celebrarlo.
—¡Qué suerte! —exclama Manolito, más feliz que
una perdiz.
Caminan hacia el quiosco de helados del parque,
que está cerrado. María Luisa pestañea tres veces y, en ese momento, aparece la
heladera y lo abre. Manolito ha visto de reojo el pestañeo de María Luisa y no
sale de su asombro. ¡Un hada madrina de verdad!
—De qué quieres el helado, niño —pregunta la
heladera.
—Si tuvieran, un cucurucho grande de chocolate,
por favor.
—Tenemos, tenemos.
—¡Qué suerte!
María Luisa pide uno de vainilla. Paga con un
billete de cinco euros que se saca de la manga. Es que tiene la costumbre de
llevar ahí los dineros, en este detalle no hay magia.
Se sientan en el banco del parterre de geranios
y petunias, y se comen el helado hablando de sus cosas.
FIN
Leganés, 1 de
septiembre de 2018
Carlos, qué suerte tener esa imaginación. Lo comparto 💜
ResponderEliminarYo quisiera un hada madrina para alargar mis vacaciones. Don Carlos me ha encantado.
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