viernes, 19 de enero de 2018

MANOLITO HABLA CON UN POZO

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MANOLITO HABLA CON UN POZO

Manolito se acercó a un pozo y asomó la cabeza. Olió un aire húmedo, mohoso y algoso. Arrugó la nariz, formó en la boca una bolita de saliva y escupió. Al cabo de un buen rato, oyó: Chop-glup.
—¡Cochino! —dijo una voz profunda.
—¿Eh? —exclamó sorprendido Manolito.
—¡Cochino! ¿Por qué escupes?
Las paredes del pozo, que eran de ladrillo rojo, vibraron un poco. Como habrás adivinado, quien hablaba era el pozo.
—Lo siento —dijo Manolito—. Sólo era un experimento. Quería saber lo profundo que eras.
—Pues haberlo preguntado, cochino. ¿No te han enseñado a preguntar, niño?
—No sabía que eras un pozo que hablaba.
—¿Escupes a los pozos mudos, cochino? Vamos, que, si no te hablo, me lanzas gargajos hasta quedarte sin mocos y sin saliva. ¿Te parece bonito?
—Sinceramente lo siento, señor Pozo, no volverá a ocurrir.
—Más te vale que no vayas por el mundo escupiendo a los pozos.
Manolito esto no se lo esperaba. Tenía un nudo en la garganta y la boca se le había llenado de saliva amarga. Pensó escupir en la tierra, pero ¿y si la tierra también se quejaba? Pues escupiría en el pañuelo, pero ¿es que el pañuelo no tenía derecho a protestar? Manolito apretó los labios y se tragó la saliva amarga con un golpe de nuez. Le vino una arcada seca, pero aguantó el tipo y no vomitó. Para salir del paso, dijo:
—Señor Pozo, ¿pues cuánto profundo es usted?
—Bastante.
—¿Cuánto es bastante?
—Más que poco y menos que mucho.
—Oh, es cierto.
—¿No tienes nada más interesante que preguntar, niño?
—Señor Pozo, estoy avergonzado y no se me ocurre nada.
El pozo estaba muy aburrido. Aunque era un pozo serio, le gustaba conversar, pero la verdad es que tenía pocas visitas. No quería desaprovechar la ocasión y decidió ser amable:
—¿Cómo te llamas, niño?
—Manolito.
—Seguro que eres un niño muy curioso, como todos los niños.
—Eso me dice la gente, y dicen que a veces me paso de curioso.
—Eso no es malo, Manolito. Hoy has tenido buena suerte.
—¡Qué bien! Porque yo tengo muy mala suerte, señor Pozo. ¿Y por qué he tenido buena suerte?
El pozo se inventó eso de que podía hacerle tres preguntas y que él le respondería la verdad, y que debería escogerlas bien. Todo con tal de hablar con alguien. ¡Qué triste es la soledad!
—Manolito, has tenido mucha suerte porque puedes hacerme tres preguntas, y yo te responderé la verdad. Así que elígelas muy bien.
—¿Y puedo preguntarle lo que quiera?
—Lo que quieras, Manolito.
El pozo era espabilado, pero no tanto. Si no, se habría dado cuenta de que Manolito acababa de hacerle la primera pregunta. A lo mejor Manolito, que no era un lumbreras, tampoco se había dado cuenta.
—La primera pregunta: ¿Voy a sacar buenas notas este curso?
—Si estudiar procuras y constante eres, las tendrás en tu expediente.
—¡Qué bien! La segunda pregunta: ¿Qué desayunaré mañana?
—¿Qué has desayunado hoy, Manolito?
—Un colacao y dos magdalenas.
—Pues si te preparas lo mismo de hoy, dos magdalenas desayunarás y un colacao.
—Dicho así, qué bien suena. Y la tercera pregunta.
—Piénsala bien, Manolito, que todos los días no tiene uno una oportunidad como esta.
—La tengo pensada, muy bien pensada. ¿Adónde iré este año de vacaciones?
—Exactamente adonde quieran tus padres.
—Gracias, señor Pozo, me quedo más tranquilo.
Se despidieron. Manolito se fue pensando en lo que le había dicho el pozo. Iba muy distraído y, sin darse cuenta, dio una patada a un bote y escupió en el suelo. ¡Qué costumbre tan fea, Manolito! El pozo se quedó muy solo, profundamente solo.
No descarto, después de lo ocurrido, que Manolito volviera otro día a hablar con el pozo. Seguro que el pozo lo agradecería. FIN

Leganés, 19 de enero de 2018
Carlos

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