
MANOLITO Y MARÍA LUISA EN LA PLAYA
Pueden
comprender los seguidores de las andanzas de Manolito y María Luisa que
Manolito, menos los fines de semana, sube a diario a cenar con María Luisa. El
niño tiene buen color de cara, ha subido de peso —estaba flacucho y enclenque—
y ha mejorado su tono muscular. ¡Es un niño lustroso! Duerme como un tronco por
las noches —el pobre padecía un insomnio infantil muy molesto— y por el día ya no
tiene un nudo permanente en la boca del estómago.
En la parte
que me toca como escritor, estoy tranquilo. Voy cumpliendo con mi parte del
trato, tomándome alguna licencia en los plazos, eso sí. Yo también padezco el coronasecuestro
y también tengo mis penas, no crean los lectores que me sobra el tiempo. Pero
ellos, Manolito y María Luisa, no me han vuelto a decir nada. Así que supongo
que estarán conformes, porque el que calla otorga.
Vayamos al
grano, amigos.
*
Manolito
sale a su balcón a las 8 p. m. y aplaude con muchas ganas. Es un fijo del coronaplauso
de su calle. Los vecinos se lo pasan genial viéndole. ¿De dónde ha salido este
niño tan gracioso? Los balcones y las ventanas de la calle están abarrotados
con vecinos de todas las edades —niños, jóvenes, maduros y viejos—, que esperan
este momento del día como agua de mayo, aunque estemos en abril. Y Manolito es
el que parte el bacalao en esta hora de solidaridad vecinal. ¡Si ha habido
nuevas incorporaciones sólo por él! Y el que ha llegado ya no se va.
Finalizado
el aplauso, Manolito se cubre con la toalla de playa y sube a la casa de María
Luisa.
—Buenas
tardes, señora María Luisa.
—Buenas
tardes, Manolito. ¿Qué tal el día?
—Muy bien,
señora María Luisa. Paso al baño.
Como todos
los días, Manolito pasa al cuarto de baño a asearse a fondo. La casa del hada
María Luisa está protegida de cualquier virus o bacteria que pueda dañar a un
niño, por algo es un hada madrina. Pero toda precaución es poca, y las buenas
costumbres, con coronavirus o sin él, son buenas costumbres y no se deben
descuidar.
Manolito,
como digo, pasa al cuarto de baño esperando alguna sorpresa, pero hoy es un
cuarto de baño normal, con plato de ducha, lavabo, bidé e inodoro, un espejo,
jabón y toallas.
—Date
prisa, Manolito —oye detrás de la puerta—. ¡Nos vamos!
—¿Adónde?
—Date
prisa, digo.
Sale
Manolito aseado como un pincel.
—Coge esa
bolsa y esa cometa y sígueme a la habitación de los huéspedes.
Según entran
en la habitación de los huéspedes, Manolito siente que sus pies se hunden en
algo que parece arena de playa. ¡Y es que es arena de playa! Delante de ellos
se extiende una playa de arena blanca, con una fila de cocoteros al fondo y
agua cristalina en la orilla. Huele a viento marino y a sal. El sol luce con
calidez veraniega.
Manolito se
quita los zapatos y los calcetines, y hunde sus pies descalzos en la arena.
A cien
metros hay dos casetas de playa, una a bandas azules y blancas y otra a bandas
blancas y naranjas, y una sombrilla.
—Manolito,
la tuya es la naranja. Pasa y cámbiate.
—¿Y la
suya, señora María Luisa?
—La otra,
Manolito.
—¿La azul,
señora María Luisa?
—Sí,
señorito Manolito, sí.
—Ah, claro,
señora María Luisa.
Manolito
sale de la caseta con un bañador bermuda de flores. María Luisa se ha puesto un
biquini verde fosforito, haciendo juego con su pelo, y unas enormes gafas de
sol.
—Manolito,
haz lo que quieras, yo voy a tomar el sol en mi toalla, junto a la sombrilla.
Le pone al
niño una crema solar de hada madrina, que protege de los rayos ultravioletas y
de cualquier otro rayo solar, y se tumba.
Manolito se
lanza a carrera veloz por la orilla tirando del hilo de la cometa, que se ha
elevado muchos metros. Va y viene por lo menos diez veces. Debajo de un
cocotero, de espaldas a María Luisa, no se puede resistir, carraspea y escupe un
gargajo generoso que, haciendo una parábola perfecta, cae sobre una pequeña
caracola: no es por puntería, sino por puro azar. Manolito se acerca, coge la
caracola con dos dedos y la lava en el agua del mar. Y, con ella en la mano, se
acerca a María Luisa:
—Mire,
señora María Luisa, una caracola. ¿Me la puedo llevar a mi casa?
—Claro que
sí, Manolito.
—¡Voy a
bañarme!
Y corre
veloz, patea el agua de la orilla y se zambulle. El frescor del agua le entra
por los ojos y le recorre el resto del cuerpo. Bucea, nada a crol, de espaldas,
vuelve a bucear. ¡No se cansa!
Cuando sale
del agua, María Luisa le espera junto a las casetas, donde está asando unas
sardinas frescas en una parrilla. Manolito devora el pescado, se mete en la boca
cachos grandes de pan, pincha trozos de tomate aliñado con aceite y ajo y bebe
una limonada natural riquísima.
—¡Está todo exquisito, señora María Luisa!
—Cuánto me
alegro, Manolito. Toma este helado de postre.
—Muchas
gracias, señora María Luisa.
Terminan y,
entre los dos, recogen las sobras y las echan en una bolsa. Parece que nadie ha
estado en la playa, como debe ser.
Pasan a las
casetas, se duchan —son unas casetas muy preparadas—, se visten de paisano y
vuelven a la casa de María Luisa. ¿Cuánto tiempo ha pasado? En el mundo de las
hadas, el tiempo se estira y se encoge como en los agujeros de gusano de
Albert Einstein, pero a ellas les funciona de verdad, no es una hipótesis.
Manolito
deja la cometa en el pasillo y dice a María Luisa:
—Señora
María Luisa, ya me voy.
—Claro,
claro, tus padres están a punto de llegar a casa.
—Algún día
se los tengo que presentar, señor María Luisa.
—Algún día,
Manolito. De momento, vamos a esperar a que pase esto del coronavirus. ¿Te
parece?
—Como usted
diga, señora María Luisa, usted sabe mucho.
—Tenemos
mucho tiempo por delante, no te preocupes por eso.
—Quiero que sepa una cosa antes de irme: ¡Qué bien me lo he pasado hoy! —dice Manolito abrazando
a María Luisa—. Adiós.
—Adiós,
Manolito.
Cuando los
padres de Manolito entran en casa, se duchan y se tiran en el sofá reventados.
Manolito les saca una cerveza fría y les prepara una cena de bocadillos de atún y ensalada de lechuga, que paladean despacio con muchísimo placer. Estar con Manolito
es lo mejor que les ha pasado hoy, sin duda.
—¡Está todo
buenísimo, hijo!
—¡Y qué
buena cara tienes, cariño!
Los tres se
echan una cabezada en el sofá viendo la tele y luego se van a la cama.
FIN
Leganés, 23 de abril de 2020
Día del Libro
¡Cómo me ha gustado la historia de hoy! He viajado a la playa con Manolito y María Luisa, incluso me ha dado el olor al espeto de sardinas. He pasado envidia hasta de la cerveza fresquita que se han tomado los padres de Manolito al llegar...
ResponderEliminarPronto acabará el coronasecuestro y podremos disfrutar, incluso espero que pase el insomnio de cierto personajillo que tengo aquí como pasó el de nuestro amigo.
¡Feliz día del libro, escritor!
Un cuento entrañable para celebrar como es debido el Día del Libro. Me ha devuelto a los años de mi niñez y adolescencia en la playa de San Lorenzo, en Gijón. Allí no había espetos, pero sí cercanas sidrerías. Muchas gracias, Carlos. Esperamos el siguiente cuento.
ResponderEliminarEsta historia da la vida en los tiempos que corren. Ojalá venga un hada madrina que nos lleve a la playa y nos traiga una cervecita..
ResponderEliminarFeliz día del libro a tod@s. Seguimos acompañando a Manolito en su confinamiento, aunque juega con ventaja. Menuda potra tiene con su hada. En fin, se lo perdono. Que sigan sus historias.
ResponderEliminarA mí me trasladó a Luarca y a Gijòn, ciudades en las que he tenido la suerte de ser acogida y que me trataron muy bien. Vàmonos a la playa a tomar espetos obla brosa marina o simplemente perdernos en nuestros pensamientos sentados mirando hacia el infinito. Espero A Manolito y Maria Luisa. Besos
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