
SEGUNDA CENA DE MANOLITO Y MARÍA LUISA
Por unas cosas o por otras, Manolito no ha
subido a casa del hada María Luisa hace muchos meses. A sus padres les
cambiaron el turno de tarde al de mañana, y Manolito ha tenido vida familiar,
una de las mejores cosas que pueden pasarle a un niño. Cuando estamos bien, el
recuerdo de los tiempos malos se desvanece, y Manolito no ha añorado a María
Luisa en este tiempo.
María Luisa sí le echa de menos. Para un hada
madrina no tener niños a los que ayudar es un fastidio. Pero la pelota está en
el tejado de Manolito, que es quien debe llevar la iniciativa en esta relación,
porque un hada madrina no puede serlo a la fuerza. Así que María Luisa no tiene
más remedio que esperar.
Con la crisis del coronavirus la situación ha
cambiado. Los padres de Manolito han vuelto al turno de tarde y Manolito está
solo desde el mediodía hasta las diez de la noche. ¡Otra vez solo, pero sin
poder salir a la calle ni al parque! Como es un adicto a los telediarios, pasa
muchas horas viendo la tele. Entre unas cadenas y otras, la televisión es un
puro telediario de desgracias y comentarios de desgracias. ¡Coronavirus hasta
el infinito y más allá! Manolito se libera un poco a las ocho de la tarde,
cuando sale a su balcón a aplaudir y a bailar un chachachá que pone el vecino del
tercero a todo volumen.
A las siete, antes del aplauso, los vecinos de
su edificio hacen una tertulia por el patio interior, donde tienden la ropa.
Comentan muchas cosas de la actualidad. Manolito escucha desde su ventana, pero
no dice nada, porque, aunque sea viejuno, él es un niño que ni pincha ni corta
en las conversaciones de los mayores.
Una tarde Manolito ve en la ventana del 4.º C a
una señora con mucho pelo de color verde fosforito. ¡María Luisa! Y le da un
salto de alegría el corazón. Ella le está mirando con una sonrisa y él la
saluda con la mano.
Cuando se meten los vecinos, María Luisa le ordena
con un gesto que se espere, que no se vaya. Y le lanza la punta de una cuerda,
que Manolito caza al vuelo. Por señas le dice: «Póntela en el oído».
—Hola, Manolito, ¿qué tal estás? —pregunta
María Luisa desde su punta de la cuerda.
—¡Señora María Luisa, la oigo perfectamente!
—responde desde su punta Manolito, que ha comprendido el mecanismo de la cuerda
al instante—. ¡Qué alegría!
—¿Cómo estás Manolito?
—Muy solo, señora María Luisa. La tarde se me
hace eterna hasta que vienen mis padres.
—¿Por qué no subes un rato a mi casa?
—¿Pero cómo, señora María Luisa, si está
prohibido salir?
—Yo te diré cómo.
—Es imposible, señora María Luisa, y menos para
mí que soy un niño.
—¿Has olvidado que soy un hada madrina?
—¡Es cierto! ¡Lo había olvidado, señora María
Luisa!
Por la cuerda, María Luisa le explica que le va
a tirar una toalla grande de playa. Cuando se la ponga, quedará protegido de
cualquier virus y nadie, menos ella, podrá verle.
—¡Como la capa de invisibilidad de Harry
Potter, señora María Luisa!
—Mucho mejor, Manolito, lo de Harry Potter es
sólo una película, pero mi toalla protectora es de verdad.
—¡Me deja pasmado, señora María Luisa! —no
puede dejar de ser viejuno este Manolito, caray.
Manolito recoge la toalla al vuelo. Quedan en
que subirá a cenar después del aplauso vecinal de las ocho.
A las ocho, Manolito aplaude en su balcón como
un loco y baila el chachachá como un mono. Tiene el corazón contento y lleno de
alegría. Al acabar, saluda con los dos brazos al vecindario y se mete como un
rayo. ¿Funcionará la toalla de playa?, se pregunta muy excitado.
Se la pone, sale de su casa, sube por la
escalera y se planta en la puerta de María Luisa. La puerta se abre sola. Entra
mirándose los pies para no tropezar. La puerta se cierra sola. Levanta la
cabeza y allí está María Luisa con su inmensa cabellera verde fosforito y una
túnica azul celeste.
—Cuelga la capa en esa percha y pasa al cuarto
de baño lo primero, Manolito.
—Sí, señora María Luisa, como usted mande.
Entra Manolito al cuarto de baño, donde se
encuentra con un bosque de encinas, y corre a pierna suelta por un sendero que
sube a una colina, desde cuya cima se ve al fondo el azul del mar. Y Manolito
baja corriendo por el sendero y trepa por un tobogán en sentido contrario, y
luego se desliza hacia abajo, y salta por encima de un banco de piedra, y abre
los brazos y hace el avión por un prado de césped verde y blancas margaritas. Y
llega sudando a la orilla de un arroyo, donde se sienta y mete los pies en el
agua fría. Y un pececillo de colores le mordisquea los pies uno a uno. Y
Manolito da un profundo suspiro y se tumba con los brazos detrás de la cabeza.
Y se duerme oyendo el canto de los pájaros del bosque.
Cuando despierta, está muy entonado. Antes de
abrir la puerta del fondo, la del cuarto de baño, se ducha y se cambia de ropa.
¡La ropa es idéntica a la que lleva, pero limpia y perfumada! Entonces, sale
del cuarto de baño y oye al hada María Luisa:
—Manolito, ¿podrías ir poniendo la mesa? Vamos
a cenar enseguida.
—¡Qué bien huele, señora María Luisa! —responde
desde el pasillo—. ¿Qué vamos a cenar?
—Empanadillas de atún, ensalada de rúcula y
fresas con nata.
—¡Hum!
Manolito pone la vajilla y los cubiertos en la
mesa del salón. En el centro hay un ramo de rosas y caléndulas amarillas. Por
la ventana entra la luz roja del crepúsculo, que se proyecta en un cuadro de
barcos de vela que hay en la pared.
Manolito cena con mucho apetito, repite y
rebaña el plato. Y María Luisa, que no para de reírse con las ocurrencias de
Manolito, también cena con ganas.
Al terminar, ven en la televisión una película
de animales acuáticos, creo que de ballenas, que relaja a Manolito y consigue
que se olvide un rato de los telediarios.
—Manolito, es hora de que vuelvas a tu casa.
Tus padres volverán en media hora y se llevarían un susto de muerte si no te
ven.
—Es verdad, señora María Luisa, me voy. ¡Los
quiero tanto!
—Como debe ser, Manolito. Aunque seas un niño,
cuídalos mucho.
—Podré subir más días.
—Claro que sí, Manolito. Siempre que tú
quieras, me encanta cenar contigo.
—¿Qué hago con la toalla de playa, señora María
Luisa?
—La guardas en el cajón de tu mesilla bien
doblada. Sólo podemos verla y tocarla tú y yo, así que tranquilo.
—¿Puedo abrazarla, señora María Luisa? Hace
casi un mes que no abrazo a nadie, porque mis papás no pueden, dicen que para
que yo no enferme.
—Pues claro, Manolito.
Y Manolito abraza a María Luisa, que lo agarra
de la cabeza y lo mantiene un buen rato junto a sí.
Manolito se despide, se cubre con la toalla de
playa y regresa a su casa. Cuando sus papás entran, está en el sofá del salón
viendo, ¿cómo no?, un telediario.
—¿Qué tal la tarde, cariño?
—Muy bien, papis, con muchas ganas de veros.
—¿Ya has cenado?
—Sí, papis.
FIN
Leganés, 12 de abril de 2020
Ya andaba tardando Manolito en reunirse con Maria Luisa. En estos tiempos hay que cuidar a las hadas madrinas.
ResponderEliminar¡Qué bueno es tener un hada madrina! Gracias, Carlos.
ResponderEliminarYo creo que Manolito eres tú. Como Flaubert con Madame Bovary. Grande mi amigo. Un abrazo sin miedo.
ResponderEliminarPor favor, don Carlos, dígale al hada María Luisa cuando la vea que regale muchas toallas de esas a todos los niños y si le sobra alguna, pues yo también quiero una.... Abrazos.
ResponderEliminar