GAFAS DE SOL
de Folio y medio
Al pie del árbol hay unas gafas de sol. Una de las
lentes refleja el pico y los ojos de un gorrión que se mira desde otro árbol.
El gorrión mueve el cuello y observa cómo cambia su imagen en la lente. Cabeza
arriba, cabeza abajo. Cierra los ojos, los abre.
¿Quién ha olvidado las gafas? El gorrión lo sabe
porque lo ha visto todo.
Después de comerse un gusano, ha volado hasta la
rama del árbol y allí está desde entonces.
El gusano vivía en un cubo de basura. Salió del corazón
de una manzana podrida a tomar el sol. En ese momento notó el picotazo y nada
más, porque acabó en la tripa del gorrión.
Y, antes de comerse el gusano, el gorrión había
bebido en la charca de los gansos. Un ganso salió del agua, se sacudió y empapó
al gorrión, que se asustó y voló hasta una roca lisa, donde el sol lo secó.
Debajo de la roca había un hormiguero. La hormiga
reina estaba merendando con sus amigas. Una de ellas le dijo que fuera había un
gorrión hambriento, pero que allí dentro estaban seguras.
El gorrión no se comió a la reina, pero se comió un
buen puñado de hormigas obreras, que no pudieron escapar de sus rápidos y
medidos picotazos.
En la rama del árbol, el gorrión hace la digestión
del gusano y las hormigas mientras se mira en los cristales de las gafas.
Antes se ha entretenido viendo al dueño de las
gafas: ¿Chico? ¿Chica? ¿Solo? ¿Acompañado?
A mí me gustaría que una pareja se hubiera dado un
beso con los ojos cerrados. O que una joven descalza hubiera estado leyendo un
libro de poesía. O que un abuelo se hubiera sentado, apoyando la cabeza en el
tronco, y que en un ligero sueño se hubiera visto muy feliz corriendo por una
playa, respirando la brisa marina y sintiendo la sal en la piel. O a mí mismo
mirando fijamente al gorrión, con la mente quieta, escuchando el rumor de las
hojas y el canto del gorrión, que, aunque no parece canto, es canto.
Pero yo no soy el gorrión y no tengo ni idea de lo
que él ha visto hace un rato.
En este momento, mientras se contempla en la lente
de las gafas de sol, en un árbol vecino un gato le mira sin mover un solo
músculo. El gorrión no lo sabe porque está muy atento a sus propios movimientos
de cuello y de plumas en ese improvisado espejo oscuro.
Nosotros vemos al gorrión y al gato igual que él
veía al dueño de las gafas de sol.
El gato parece que no se mueve, pero se mueve. Está
bajando del árbol. Camina por la hierba como flotando. Imaginamos que está
subiendo por la parte de detrás del tronco del árbol del gorrión.
El gorrión da un saltito en la rama y abre las alas.
Por detrás de él, una rama más arriba, aparecen las orejas y los ojos del gato,
que toma posiciones con los músculos tensos. Nadie puede avisar al gorrión.
Nadie pudo avisar al gusano ni a las hormigas.
El gorrión se ha aburrido de mirarse en las gafas.
¿Qué hace? Inocentemente alza el vuelo.
El gato se destensa, baja a la rama del gorrión y se
sienta elegante como un faraón. Descubre las gafas de sol y se contempla en
ellas, entornando suavemente los párpados, como si se besara a sí mismo.
Carlos
Me gusta el final del cuento, aunque rompa la cadena alimentaria. Pero..., ¡son tan majos los gorriones! Además, ¿por qué no pensar en la innata curiosidad de los gatos? Su interés podían ser perfectamente las gafas.
ResponderEliminarMuy interesante el cuento.Gracias, Carlos, a seguir sorprendiéndonos.
Historias dentro de la historia. Me recuerda a Borges? Un abrazo.
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