LA ÚLTIMA NEURONA
de Folio y medio
El viejo informático abrió la ventana de su despacho. Trabajaba en un edificio gris, rodeado de prados y árboles. Los informáticos pasaban el día solos, frente al ordenador, y apenas hablaban entre ellos vía internet.
Oyó un piar de pájaros. Del bolsillo de su bata blanca sacó un mendrugo de pan y con su mano rígida lo desmenuzó en el alféizar. Seis gorriones llegaron enseguida y, bajo su mirada y la de dos urracas que había en un árbol cercano, picotearon las migas y levantaron el vuelo.
El viejo informático torció un poco el cuello —tenía ese tic— y regresó al ordenador.
Había gastado millones de neuronas en sus investigaciones y sólo le quedaba una. Había sido un ciberinformático brillante: casi todas las máquinas de la estación espacial funcionaban con su software y había recibido muchos premios de la comunidad científica. Pero ahora nadie se acordaba de él.
Aunque fuera muy despacio, todavía podía investigar gracias a esa neurona, que le había devuelto la delicadeza de la infancia y algo de alegría. Al quedarse sola, la neurona brilló con luz propia e iluminó su mustio corazón.
¡Toda la vida había sido tan formal, tan solitario y tan aburrido! Ahora le apetecía hacer cosas diferentes. Necesitaba amar a alguien, protegerlo.
Las urracas no se conformaron con mirar. También las migas de pan eran un manjar para ellas. Y, cuando el viejo informático desmenuzaba el pan, las dos urracas volaban rápidamente al alféizar y se las zampaban. Los pobres gorriones se asomaban quietecitos desde la ventana de arriba.
El viejo informático las espantaba a manotazos, pero ellas volvían y no dejaban nada para los gorriones.
Indagó en internet, y supo que eran muy astutas y abusonas. Por eso, aunque las espantaba, los gorriones no acudían, porque temían que se enfadaran y los atacaran.
El viejo informático, gracias a la última neurona, se había encariñado con los gorriones. El afecto le hacía más inteligente y multiplicaba su capacidad para investigar.
Decidió construir un inhibidor de urracas. Y se puso manos a la obra. Al fin y al cabo, él era un ingeniero informático y, con esa única neurona, todavía era capaz de crear un hardware y un software maravillosos. No tenía mucho tiempo, pues los gorriones podrían buscar otros lugares donde comer tranquilos sin la amenaza de las urracas.
Se sentó en su mesa de trabajo, frente a la pantalla, y no se movió de allí en tres días. A la cuarta mañana, levantó la cabeza, estiró los brazos y se puso de pie. ¡Lo tenía!
Luego abrió la ventana y el aire fresco lo espabiló. Posó un pequeño cubo metálico sobre el alféizar y le dio un toque con la yema del dedo en la cara superior.
El oído humano no percibía nada, pero el cubo emitía ultrasonidos. Y al ojo humano sólo le llegaba una luz vertical y difusa, una combinación de luz blanca y del espectro del arco iris. El viejo informático entonces se metió la mano en el bolsillo, sacó un mendrugo de pan y lo estrujó, deshaciéndolo en un montón de diminutas miguitas que esparció por el alféizar. Al momento, llegaron seis gorriones, que picotearon las migas, sin prisa y en paz.
El viejo informático levantó los ojos y vio cómo las urracas alzaban el vuelo del árbol y se perdían en el horizonte.
¿Qué había inventado el viejo informático?
El cubo metálico emitía dos frecuencias de ultrasonidos: una adaptada al cerebro de las urracas y otra al de los gorriones. Las urracas oían el graznido de un halcón feroz. Sin embargo, los gorriones escuchaban el sonido de las gotas de lluvia en primavera.
La luz del cubo metálico se descomponía igualmente en dos hologramas: las urracas veían un halcón batiendo las alas con el pico abierto y los ojos inflados. Pero los gorriones veían un charco de agua y unas margaritas en medio de un prado verde. ¡Qué listo, el viejo informático! ¡Qué neurona tan extraordinaria!
El viejo informático desmenuzó otro mendrugo. Los gorriones continuaron su banquete, saltando y piando alegres, sin huir cuando acercaba su pálida cara para verlos de cerca. Gracias a la última neurona, se emocionó y una lágrima rodó por su mejilla de cartón.
Después de cuatro días, el viejo informático volvió a casa y, por la noche, durmió como un gorrión feliz.
Desde entonces, todas las mañanas, a la misma hora, sacaba el cubo metálico y desmenuzaba el pan. Los gorriones, antes de que abriera la ventana, lo estaban esperando en el alféizar, dando saltitos y gorjeando. El viejo informático permanecía de pie hasta que se lo comían todo. A veces, suspiraba.
En la primavera siguiente, una mañana aparecieron nueve gorriones: tres eran más pequeños e inseguros, pero enseguida aprendieron a picotear las migas del viejo informático, que, al verlos, torció el cuello muchas veces.
Dejó el cubo metálico en el alféizar, cerró la ventana y volvió al trabajo. Los nueve gorriones lo miraban y, de vez en cuando, picoteaban el cristal. Y el viejo informático sonreía sin levantar las manos del teclado.

Es un bonito relato, don Carlos. Con mi última neurona, a mí también me gustaría construir un aparato así. ¡Benditos gorriones! Gracias por escribir estas cosas. Que tengas un buen día. Abrazos
ResponderEliminarPrecioso relato, ojalá todos algún día utilicemos nuestra última neurona para hacer cosas así
ResponderEliminarMe encanta, amigo! Tanta poesía en tus escritos! Un abrazo.
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