domingo, 6 de julio de 2025

Lucas y el Ratón Pérez

EN VERANO
CUENTOS LARGOS

LUCAS Y EL RATÓN PÉREZ

Lucas se despertó y con la lengua notó que se le movía un diente. ¡Nunca le había pasado! Lo repasó con la punta de la lengua y muy despacito lo tocó con un dedo. ¡Se movía! Se llevó un buen susto. 

Salió corriendo a la cocina, donde desayunaban sus padres, y les gritó:
—¡Se me mueve un diente!
A sus padres les dio mucha risa, pero Lucas estaba realmente preocupado.
—¿Te duele? —le preguntó su madre, que se llama Irene.
—No me duele, se-me-mu-e-ve.
Y volvieron a reírse sus padres.
—Se te va a caer el diente —le dijo su padre, que se llama Jimi.
—¿Y por qué? —preguntó Lucas muy intrigado—. Yo no quiero que se me caigan los dientes.
Lucas estaba muy serio, pero sus padres se partían de risa.
Desayunó con mucho cuidado una tostada con miel y se fue al colegio.

Lo primero que dijo a su maestra fue:
—¡Se me va a caer un diente!
—Pero eso es genial, Lucas, vendrá el Ratón Pérez a tu casa.
—¿Para qué?
—Se llevará tu diente y te dejará un regalo.
—Ah —dijo Lucas, que se quedó muy pensativo y con ganas de preguntarle más cosas a su maestra.
Se fijó en sus compañeros y todos tenían todos los dientes cuando sonreían. ¿Sería él el primero en perder un diente?

Cuando volvieron del recreo, le dijo a su maestra:
—Tengo muchas preguntas, profe. ¿Puedo preguntarte?
—Claro. ¿Qué quieres saber?
—¿Por qué se me mueve el diente?
Todos los niños se callaron de repente y prestaron mucha atención.
—Porque el diente definitivo quiere salir y empuja al diente de leche.
—Profe, los dientes son duros, no son de leche —dijo Laurita.
—Es una manera de hablar. Nacemos sin dientes, ¿cierto? Luego nos van saliendo poco a poco, ¿cierto? Pues esos primeros dientes decimos que son los de leche. Y luego, poco a poco, igual que salieron se van cayendo.
—Y cuando se caen, ¿qué pasa?
—Salen otros más duros, son los de verdad, los dientes para siempre.
—Ah —dijo Lucas meneando la cabeza—. Eso se lo tengo que contar a mis padres, que a lo mejor no lo saben.
—Lucas, seguro que lo saben. A todos se nos caen los dientes cuando tenemos tu edad.
—Pues no entiendo por qué se reían esta mañana.
La maestra explicó a todos que esto es normal. A todos se les caerían todos los dientes y estarían un tiempo con los huecos hasta que salieran los definitivos. Estarían mellados, como dice la gente. Luego tendrían dentaduras poderosas como los caballos o los leones.
—Importante —dijo la maestra—, los dientes de leche los recoge el Ratón Pérez, y siempre deja un regalo.
—¿Cómo? —preguntaron todos a la vez.
—Al Ratón Pérez hay que dejarle el diente en un sitio la casa donde lo pueda ver bien. Podéis ponerle algo de comida dulce o salada; él lo agradece porque tiene mucho trabajo y necesita energía. Se lleva el diente y deja un regalo generoso. Muchas veces es dinero.
—¿Y podemos saludarle?
—Hace siglos que nadie lo ve. Algunos dicen que le han visto la punta del rabo, pero no sabemos si son imaginaciones. El Ratón Pérez entra de noche a las casas, es muy silencioso y delicado, y sin que nadie le vea hace el cambio: diente por regalo. ¿Cómo lo hace? La verdad es que nadie lo sabe.
—Eso se lo tengo que decir a mis padres —insistió Lucas muy convencido, y se pasó la punta de la lengua por el diente que se le movía.

La clase continuó.

Cuando Lucas llegó a su casa lo primero que hizo fue contar a Irene y a Jimi todo lo que había dicho la maestra sobre los dientes y el Ratón Pérez. Sus padres le escucharon muy atentos, aunque se lo sabían todo, pero es que Lucas estaba muy emocionado.
—Vete pensando dónde vas a poner el diente —le dijo su padre.
—Y piensa si le vas a dejar algo con el diente —le dijo su madre.
Eran demasiadas responsabilidades para Lucas, pero estaba dispuesto a hacerlo todo bien. No sabía por qué, pero le había cogido mucho cariño al Ratón Pérez y quería ser su amigo. Ya estaba deseando que se le cayera el diente para ver qué pasaba.

A Lucas los siguientes siete días se le pasaron muy despacio. ¡El diente no se caía! Él estaba todo el día dándole toques con la lengua, lo movía un poco con el dedo cuando nadie le veía, se miraba en el espejo y sonreía estirando los labios. Aunque tenía muchas ganas de que se le cayera, usaba el cepillo de dientes con suavidad y cuando mordía pan lo hacía a cámara lenta. Tenía un poco de miedo al dolor de cuando se le cayera de verdad.
—Si quieres, te lo arranco yo —le dijo Irene, que siempre que pasaba por el baño le veía mirándose en el espejo.
—No, no, no. ¡Se tiene que caer solo! —respondía Lucas y cerraba la boca.

Pero, por fin, ¡el diente se cayó!

Estaba en la biblioteca del cole, leyendo precisamente un cuento sobre el Ratón Pérez. Tan concentrado estaba que no se daba cuenta de que le estaba dando toques de lengua sin parar al diente, y en una de estas notó algo duro entre la encía y el labio. ¡Eh, qué pasa! Metió dos dedos en la boca y sacó el diente, que tenía puntitos de sangre por la raíz. ¡Ya se ha caído!, gritó con todas sus fuerzas. Sus compañeros se dieron un susto y levantaron la cabeza, y allí estaba Lucas de pie con su diente entre los dedos, enseñándoselo a todos. La maestra dijo:
—¡Un aplauso para Lucas!
Y le dieron un aplauso largo y sonoro. La maestra metió el diente en un sobre con el nombre de Lucas, que se lo guardó en la mochila.

Llegó a su casa llamando a sus padres a voces: 
—¡Venid, venid!
—¿Te pasa algo? —le preguntó Jimi un poco alarmado, porque Lucas estaba muy excitado.
Sacó el sobre la mochila y dijo:
—Mira, mira dentro del sobre.
—Lucas, me estás preocupando.
—Mira, mira, y llama a mamá para decírselo.
Jimi abrió el sobre y lo volcó sobre la mesa de la cocina, y salió rodando el diente de Lucas.
—¡Era esto, Lucas! —y le dio un abrazo.
Llamaron a Irene por el móvil y Jimi le contó lo que había pasado, porque Lucas era incapaz.
—Bueno, Lucas, tranquilízate. Ya tienes tu diente en la mano. ¿Te ha dolido?
—Nada de nada.
Y en directo le contó a Jimi cómo le había pasado.
—Piensa dónde se lo vas a dejar al Ratón Pérez y, antes de irte a la cama, lo preparamos todo. Esta noche vendrá sin falta.
—¿Estás seguro, papá?
—Segurísimo.
—¿De qué te ríes ahora?
—De la alegría que me has dado.
—Ah.

Algunos niños dejan el diente debajo de la almohada, pero eso a Lucas no le convencía, le daba un poco de miedo. 

Se pasó la tarde en la mesa del salón dibujando, recortando y pegando. Cogió un plato de la cocina y lo adornó con témperas. Buscó unos terrones de azúcar, unas almendras tostadas y un bombón de una caja que su madre tenía en el frigo. Estaba muy concentrado, y Jimi e Irene no le decían nada cuando pasaban por el salón. Eso sí, sonreían y meneaban la cabeza.
Lucas cenó con pocas ganas. No le obligaron. Luego ayudó a recoger la mesa y meter las cosas en el lavavajillas y se puso el pijama.
—¿Tienes todo preparado? —le preguntaron sus padres.
—Todo, mirad.
Y les enseñó lo que había preparado en la entrada de la casa: un plato con comida para el Ratón Pérez, un dibujo de los dos jugando con una pelota, un corazón rojo muy grande de cartón sobre una nube de cartulina azul y una copa de cristal con el diente dentro. 
—A mí me parece, Lucas —le dijo Irene—, que el Ratón Pérez se va a poner muy contento.
—Tengo un poco de miedo —dijo Lucas.
—Ya veo que le has puesto todo en la entrada, lejos de tu habitación —dijo Jimi.
—Sí.
Les dio un beso y se fue a la cama. Había pasado tanta tensión todo el día que enseguida se quedó dormido. Irene y Jimi le dieron un beso, apagaron la luz de la lamparilla de la mesilla y entornaron la puerta.
Ellos también estaban agotados y no tardaron en irse a la cama a dormir como troncos, porque dormían muy bien, todo hay que decirlo.
La casa se quedó a oscuras y en silencio.

El Ratón Pérez es el mejor ratón de la historia. Es inteligentísimo y tiene un corazón de oro. Trabaja de noche, que es mucho más cansado, y duerme un ratito de día. Es extraordinario. ¿Cómo será capaz de saber cuándo a un niño se le cae o diente? ¿Y cómo es posible que nos conozca tan bien —me incluyo yo que estoy escribiendo el cuento— que nos deja justamente lo que más nos gusta? Pues, sinceramente, no lo sé, nadie lo sabe.

El Ratón Pérez entró a la casa de Lucas por un sitio, no me digáis cuál, que daba precisamente a la habitación de Lucas.
—¡Angelito! —murmuró entre dientes el Ratón Pérez—. ¡Qué dormidito está! ¡Y cómo ronca para ser un niño!
En el silencio de la noche también se oían en la casa dos ronquidos más potentes. Serán sus padres, pensó el Ratón Pérez.
Primero exploró debajo de la almohada de Lucas, pero allí no estaba el diente.
—Otro que tiene miedo.
Entonces usó su fino olfato para localizar el diente. Tampoco me digáis a qué huele un diente, pero huele, y el Ratón Pérez es capaz de seguir su rastró hasta el fondo del mar.
Salió de la habitación de Lucas, continuó por el pasillo, donde se dio un susto enorme con un ronquido imponente de Irene, pasó por el salón y llegó a la entrada.
—¡Aquí está!
El Ratón Pérez se emocionó al ver lo que le había preparado Lucas, sobre todo con el dibujo en el que los dos jugaban a la pelota.
—¡Angelito!
Se comió tranquilamente las almendras, el azúcar y el bombón.
—¡Se les ha olvidado la bebida! ¡Ni un vasito de agua siquiera! Bueno, da igual.
Sacó de su saco una cantimplora con leche fresquita y le dio un buen trago. 
El saco del Ratón Pérez es otro misterio que nadie ha resuelto todavía. ¿Cómo es capaz de moverlo aunque sea muy fuerte? ¿Y cómo lo mete en las casas? Porque él es pequeño, pero el saco es enorme. Un misterio, como digo.
Del saco sacó un bote de cristal con dientes de leche, donde guardó el de Lucas. También sacó un billete de no sé cuántos euros, me parece que de diez, y un cuento de dinosaurios, porque a Lucas le encantan los dinosaurios. Se lo dejó junto al plato de comida y se guardó el dibujo y el corazón de cartón.
El Ratón Pérez se estiró y se restregó los ojos. Estaba un poco cansado, pero la comida del plato le había dado un buen chute de energía. Consultó una libreta que llevaba colgando de su cinturón:
—Una niña es la siguiente. Menos mal que vive cerca.
Cargó con el saco y salió por donde había entrado. Los ronquidos en la casa se habían apagado, pero Lucas, Irene y Jimi respiraban con fuerza. Antes de irse le susurró muy bajito a Lucas:
—Gracias por todo amigo. Hasta el próximo diente.

El silencio seguía inundando la noche. El Ratón Pérez continuó trabajando hasta el amanecer.

Lucas se despertó temprano. El primer rayo de la mañana entró por la ventana y le dio en la cara. Lucas abrió los ojos y se sentó de golpe:
—¿Habrá venido el Ratón Pérez?
Se levantó de la cama y, como no se atrevía a ir solo a la entrada, se fue derecho a la habitación de sus padres. Con besos en la cara los despertó:
—¿Qué pasa, Lucas? —dijo Irene medio dormida y miró el despertador—. Hijo, ¿no ves las horas que son? Vete a tu cama, anda, que hoy es sábado y no tenemos que madrugar.
—Es que me da miedo ir a ver si ha venido el Ratón Pérez.
—Vaaaaleeee. Jimi, despierta —y le dio un codazo a Jimi.
—¡Ay! —dijo Jimi que estaba tan relajado—. ¡Es muy temprano!
—Vamos con Lucas a ver si ha venido el Ratón Pérez.
Lucas les metió prisa, y los tres fueron a la entrada de la casa.
¡El Ratón Pérez había venido, no cabía duda!
Lo primero que vio Lucas fue el cuento de dinosaurios.
—¡Pero cómo sabe el Ratón Pérez que a mí...! —exclamó tapándose la boca con las dos manos.
Luego vio el billete, pero no le dio tanta importancia. Comprobó que el diente no estaba en la copa y que el Ratón Pérez se había comido todo. No se dio cuenta de que en el suelo había unas gotitas de leche.
Cogió el cuento y el dinero y se fue al sofá del salón a leérselo. Sus padres no volvieron a la cama. Prepararon el desayuno y se lo tomaron. Lucas no tenía ganas de comer, estaba enfrascado en la lectura del libro mientras manoseaba el billete, que le serviría de marcapáginas; pensaba que no se lo gastaría, lo guardaría para siempre.
Al acabar la última página, desayunó deprisa y volvió a leer el libro como si fuera la primera vez, y lo leyó muchas veces, una detrás de otra, sin cansarse. 
Cuando le pareció bien, se fue a por sus pinturas y volvió a dibujarse él con el Ratón Pérez jugando a la pelota. ¡Qué chulo le quedó! Jimi se lo puso en su habitación con unas chinchetas, justo en la pared de enfrente de la cama.

Antes de comer a mediodía, con el móvil llamaron a toda la familia para contárselo: abuelos, tíos, primos. El tío Carlos le dijo:
—¡Qué suerte, Lucas! Cuando nos veamos, enséñame el cuento.
—Vale, tío. Es muy bonito, te va a gustar mucho.
—Seguro, cariño. Un beso muy grande.
—Un beso, tío Carlos.
Y Lucas volvió a leer el cuento de dinosaurios.

Durante el fin de semana no hablaron de otra cosa. Jimi e Irene ya estaban un poco aburridos del tema, pero le siguieron la corriente con paciencia. ¡No todos los días se te cae un diente y viene el Ratón Pérez a tu casa!

El lunes Lucas llevó el cuento al colegio. La maestra se lo leyó a todos los niños y Lucas se sintió muy feliz. 

Mientras leía la maestra, Lucas se pasaba la lengua por el hueco del diente y le daba mucho gusto. No se daba cuenta, pero el diente de al lado se le empezaba a mover un poquitín.

FIN

Carlos Cuadrado Gómez

Leganés, 5 de julio de 2025

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