50 cortos cuentos
de normales cosas
Raquel se despertó y miró por la ventana abierta. El día era espléndido: la temperatura ideal, la luz perfecta, el aire limpio. Los árboles del parque movían sus hojas suavemente. Los pájaros cantaban.
Desayunó en la cocina y después se lavó la cara, se cepilló los dientes y se peinó. Se puso la ropa que había preparado la noche anterior y miró la mochila que estaba en el suelo, junto a la puerta. Hoy era el primer día de clase del nuevo curso, pero no tenía ni pizca de ganas de ir al colegio. ¡Ni pizca, ni pizca, ni pizca! ¡Ni pizquita!
Su gata tricolor la miraba desde lo alto del armario, como diciéndole: ¿Adónde vas? Al colegio. ¿Para qué? Eso mismo me pregunto yo. ¿Te vienes a dar una vuelta conmigo? ¡Pero no puedo faltar! Yo no te he dicho que faltes, sólo que si das una vuelta conmigo. Me encantaría.
Su gata la miró fijamente a los ojos y movió los bigotes de una manera especial. Raquel sintió una fuerza y una agilidad extraña en sus brazos y piernas. Tenía unas ganas enormes de correr y de saltar. Se miró en el espejo del tocador y se vio cara de gata. Quiso mover las orejas y las orejas se movieron. ¿Dónde vamos?, preguntó a su gata. De momento, salgamos por la ventana.
Desde el alféizar dieron un salto limpio hasta la farola de la calle y con otro salto limpio aterrizaron el la rama del primer árbol del parque. Bajaron y bebieron en el estanque de los patos. Cuando bebía Raquel, su gata vigilaba. Me apetece pelear un rato, dijo la gata tricolor, necesito estirar los músculos y sacar las uñas.
En un seto muy grande del parque vivía una colonia de gatos callejeros. La gata tricolor pegó un bufido y salió un gato salvaje que parecía un tigre. La gata dio otro bufido y, sin más, se enzarzaron en una pelea de gatos. Peleaban con furia, como sólo saben pelear los gatos. Un gato pardo, al oír el barullo, salió del seto con intenciones de ayudar a su compañero, pero, cuando saltó en el aire para caer sobre la gata tricolor, que en ese momento estaba encima del gato tigre, en el mismo aire le detuvo Raquel con un empujón de manos y uñas que dio con él en el suelo, comenzando una segunda pelea, tan feroz o más que la primera. Los gatos de la colonia salieron de su escondite y se subieron a los árboles cercanos para ver y disfrutar de las peleas. ¡Era un espectáculo muy emocionante! ¡Qué zarpazos, qué revolcones, qué alaridos! ¡Vamos! ¡Venga! ¡Ataca!
Pasado un buen rato, dijo la gata tricolor: ¡Basta! ¡Se acabó! Y se apartó del gato tigre. ¡Ohhh!, exclamaron los gatos en los árboles. Raquel se quedó quieta, y eso que tenía al gato pardo agarrado por el cuello con la mano derecha y la mano izquierda levantada con las uñas preparadas para darle un zarpazo. La gata tricolor se dio media vuelta y caminando se alejó del seto en dirección a la verja del parque. Raquel la siguió. ¿Qué iba a hacer si no?
Caminaron por el filo de la verja hasta la otra punta del parque. Por la calzada circulaban los coches. Una furgoneta pasó por delante de sus narices dejando en el aire un olor embriagador. ¡Mmm, qué rico! Era la furgoneta que llevaba el pan al comedor del colegio. Se paró en el semáforo. Entonces Raquel y su gata se subieron al techo.
Como en la calle había tantos coches de mamis y papis que llevaban a sus hijos al colegio, la furgoneta circulaba despacio y nuestras amigas no corrían peligro. Algunos niños señalaban a sus padres el techo de la furgoneta, donde dos gatas se rozaban el cuello y les miraban con descaro, pero no les hacían caso.
La furgoneta paró en la parte de atrás del edificio del colegio para descargar el pedido. Raquel y la gata tricolor se bajaron de un salto, un elegante salto, y, pegadas a la pared, se dirigieron a la esquina.
Bueno, Raquel, aquí nos despedimos hasta la tarde. Raquel estaba vestida y con la cara recién lavada. ¡Ay, ay, ay, que me he dejado la mochila en casa! No te preocupes. ¿Que no me preocupe? ¡La profe nueva me va a regañar! ¡Nunca he llegado tarde a clase ni me he olvidado los libros en casa! Alguna excusa te inventarás. ¿Y qué le digo yo? La verdad no se la puedes contar, pero algo se te ocurrirá, hoy es el primer día del curso y la profe no será muy severa, creo. Vale, algo se me ocurrirá, pero me da mucha vergüenza.
Raquel se agachó y acarició a su gata. Suerte, Raquel, luego nos vemos. ¿Qué vas a hacer tú? Me voy a casa, a echar un sueñecito, dijo la gata bostezando. Y de tres saltos se subió al porche de la entrada principal, desde donde vio cómo Raquel entraba en el patio, saludaba a sus amigos y se ponía en la fila.
La profe nueva se presentó, les preguntó sus nombres y les dio un folio y un lápiz nuevo a cada uno para que escribieran o dibujaran lo que habían hecho en vacaciones. La profe nueva les gustó a todos. Luego dulcemente les advirtió: Mañana, por favor, no olvidéis las mochilas. No, profe. Y siguió la clase.
FIN
Carlos Cuadrado Gómez
Leganés, 15 de septiembre de 2025
¡Buen curso 2025/2026!

Muchas gracias, Carlos. Un cuento que me hace recordar otros tiempos, en algunos aspectos mejores. Y, por qué no decirlo, me ha hecho pensar que cada día me gustan más los gatos.
ResponderEliminarCoincido con Ramón en darte las gracias, Carlos. Es, como siempre, un cuento sobre las pequeñas cosas, los detalles que apenas percibimos pero que son el motor de nuestras vidas. Gracias. Abrazos.
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