50 cortos cuentos
de normales cosas
Jonathan se llamaba Jonathan, pero la gente le llamaba Yoni. A Yoni le molestaba mucho que le llamaran Yoni, pero si le llamaban Jonathan también se molestaba, porque pensaba que, para no decirle Yoni, le decían Jonathan con "segundas". En fin, que la gente para dirigirse a él comenzaban la frase con un "Perdona" y así evitaban equivocarse, tanto por "Yoni" como por "Jonathan". Por ejemplo, para preguntarle la hora lo hacían así: "Perdona, ¿qué hora es?". Otros ejemplos: "Perdona, ¿vendrás mañana al parque?"; "Perdona, podrías cerrar esa puerta"; "Perdona, tienes mala cara, ¿has dormido mal?". Como sabían que casi todo le molestaba, se andaban con cuidado. Alguno, para referirse a él, también le llamaba "Yoni el Molestias".
Y es que no sólo le molestaba lo del nombre, le molestaban muchas cosas. Y cada "molestia", para que no se le olvidara, la apuntaba en un papel con el nombre del molestador y se lo metía en el bolsillo. En su casa, pasaba los papelitos a limpio en folios que iba numerando y que, dobladitos, llevaba siempre en los bolsillos traseros del pantalón, que cada día estaban más gordos: parecían los puños apretados de un ogro.
Su madre se enfadaba con él. Alguien suspicaz produce mucho enfado en la gente que lo quiere, porque esa gente no comprende qué le puede molestar y porque, hagas lo que hagas, el suspicaz se molesta. Y en casa, como uno se muestra como es, los tenía hasta el gorro.
Yoni delante de la maestra se mostraba sonriente, disimulaba muy bien. No quería ponerle mala cara sin motivo -Yoni sabía muy bien que disgustaba a la gente con sus mosqueos, Yoni sabía mucho-, porque no quería que lo castigaran por faltar el respeto a un mayor, pero en el patio tomaba nota mentalmente de las molestias de sus compañeros y, cuando llegaba a clase, con mucho disimulo las apuntaba en un papelito. Tenía hartos a sus compañeros, que tenían muchísima paciencia con él.
¿Y qué escribía en sus folios? ¡Encima lo mantenía en secreto! La gente sabía que Yoni se molestaba, se le notaba a la legua, pero no sabía la causa, lo cual les desconcertaba y les ponía tristes.
Al cabo del tiempo, de los años, Yoni fue creciendo como todos, y los bolsillos del pantalón se fueron llenando tanto que parecía que le iban a reventar. Si el sol daba con la inclinación adecuada y detrás había una pared, según caminaba Yoni se iban formando las sombras de los animales más curiosos: gatos, perros, jirafas, halcones, elefantes, mariposas, búhos, caballos. Los niños y las niñas del barrio se subían a los árboles a ver el espectáculo sin que él se diera cuenta, pero algunas veces era tan alucinante que se les escapaba un aplauso. Entonces él les miraba enfurecido, sacaba un papelito y un boli y tomaba nota. Los niños y las niñas se reían a mandíbula batiente y él se mosqueaba todavía más.
¿Qué pasó con Yoni el Perdona? Pues que nunca puso de su parte, nunca superó esa forma de ser y se quedó más solo que la una, porque una persona así es un rollo.
Y aquí acabo este cuento, perdonadme que sea breve, no siendo que Jonathan, si se entera, también se enfade conmigo.
Carlos Cuadrado Gómez

Pobre Yoni!! Tanto rencor acumulado!!! Todos somos un poco Yonis alguna vez,lo mejor es siempre expresar los sentimientos,para bien y para mal.
ResponderEliminarMalo lo de ser suspicaz, para el suspicaz y para los que están a su alrededor. Me ha gustado lo de "los puños apretados de un ogro".
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