
MANOLITO Y MARÍA LUISA ME DAN UN SUSTO
DE MUERTE
DE MUERTE
—¡Qué susto, caray! ¿Qué hacéis aquí?
He levantado los ojos del libro que leo y me he
encontrado a Manolito y María Luisa de pie, con cara de pocos amigos.
—¡Podríais avisar!
Hiperventilo y me llevo la mano al corazón,
como si me estuviera dando un infarto. No me duele nada, pero así hace la gente
en las películas cuando sufre una fuerte impresión.
—¡Qué avisar ni qué avisar! —me dice con voz cortante
María Luisa—. ¿Te parece bonito?
—¿Me parece bonito qué? —gimo con un hilo de
voz; la pareja ha conseguido meterme el miedo en el cuerpo.
Manolito levanta la mano a María Luisa, como
diciéndole: «Tranquila, ya me ocupo yo».
—Pues, amiguito, que desde agosto nos tienes
encerrados en casa, cada uno en la suya. Nos dejaste cenar juntos una vez y, si
te he visto, no me acuerdo.
—¡Es que he tenido mucho que hacer! —me
disculpo.
—¡Mentiroso! —susurra María Luisa, recalcando
cada sílaba—. ¡Perezoso! ¡Vago! ¡Que eres más vago que un perro!
Ahora sí que me acongojo de verdad.
Manolito, que pone cara de poli bueno, continúa:
—Venga, venga, seamos prácticos, compañero. Vuelve
a escribir de nosotros, y todos amigos. Queremos relacionarnos, tener
aventuras, nada más.
—¡Y sin ti no es posible! —chilla María Luisa.
María Luisa me parecía una mujer dulce, no
imaginaba que tuviera estos registros. Yo creo que tiene más pelo y más duro. Trago
un litro de saliva, saliva ácida. ¡Ay, madre!
—Eso, eso —dice Manolito—, coges un lápiz, un
rotu, un boli, lo que mejor te venga, y escribes sobre nosotros, sólo eso,
amiguito.
Noto un tono de amenaza en Manolito, que sigue
diciendo:
—Es una oferta que no puedes rechazar. Porque,
como no lo hagas, nos presentamos delante de ti todas las noches, cuando te
pongas el pijama, y no pegarás ojo en un mes.
—¡Eso sí que no! —me levanto de golpe y tiro la
silla—. ¡Mi sueño es sagrado!
—Es sagrado para ti, pero no para nosotros. ¡Ándate
con cuidado!
Manolito se mete la mano en el bolsillo, saca
un pañuelo de papel y escupe un gargajo hermoso. Me alegro de que no escupa en
el suelo de mi estudio, me tocaría recogerlo.
—¡Qué educado, Manolito! —le digo complaciente—.
Has abandonado la fea costumbre de escupir en el suelo. Bien.
—Lo recomiendan las autoridades sanitarias. Hay
una terrible epidemia de coronavirus y hay que evitar los contagios a toda
costa.
—¿También hay coronavirus en vuestro barrio?
—Por supuesto, nadie se salva —responde María
Luisa, que retoma el tono conciliador de hada madrina—. Todos estamos muy
preocupados. ¡Si hasta han cerrado los colegios!
—Ya lo sé, María Luisa, qué me vas a contar a
mí.
—La gente está asustada, los telediarios son aterradores,
la policía pasa por las calles con megáfonos. Y no se puede salir a la calle
alegremente.
—La cosa está seria, sí.
Miro a María Luisa y a Manolito tocándome la
barbilla:
—¿Y cómo hago yo para que un menor, con la que
está cayendo, se escape de su casa y suba a ver a la vecina del 4.º?
—Hijo, ese es tu problema —me responde María
Luisa indicándome con el dedo que recoja la silla y me siente—. El escritor
eres tú, bonito.
—Más te vale —dice Manolito, que ahora parece
el poli malo.
¿Se
habrán puesto de acuerdo o es espontáneo este intercambio de papeles? Insiste con cierta agresividad:
—¡Recuerda lo de la hora del pijama!
Manolito saca otro pañuelo, carraspea y escupe
dos veces sin dejar de mirarme a los ojos. Se me agarrotan los dedos de los
pies y otras partes del cuerpo. No me esperaba esto, la verdad.
Al instante, no sé si por la presión o por el
tiempo libre que tengo en el encierro, se me empiezan a ocurrir cosas. ¡Cómo se
agudiza el ingenio cuando te juegas algo! Parece que me relajo un poco.
Pactamos dos cuentos a la semana mientras dure
el coronavirus: uno sobre ellos, larguito, currado; y otro de lo que me dé la
gana y como me dé la gana. Están de acuerdo y, por fin, sonríen.
Les ofrezco una coca cola y unos pistachos con
miel para celebrar el acuerdo, pero no quieren.
—No, no, que tú necesitas estar solo para
escribir. No queremos molestarte.
—Nos vamos, nos vamos. Adiós.
Y me quedo más solo que la una, con una hoja en
blanco sobre la mesa y la mano en la mejilla.
—¿Y qué hago yo ahora?
FIN
Leganés, 1 de abril de 2020
Què gran persona, maestro, y compañero eres. Me ha encantado. Paqui
ResponderEliminarPues ya sabe usted, señor escritor, a prepararles otra cena. Otra de huevos fritos y un montón de patatas mientras usted se toma su copita de coñac. Es lo que hay. Una promesa es una promesa. Un abrazo
ResponderEliminarEs lo que tiene escribir. Me ha gustado mucho este reinicio de las aventuras de Manolito y Maria Luisa. A la espera quedamos....
ResponderEliminarUna muy buena forma de adquirir un compromiso con tus lectores. Pues a ello, quedamos a la espera. Yo a los míos les dejaré descansar un poco todavía, aunque ya empiezan a verme los colmillos. Y felicidades por este nuevo cuento.
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