
MANOLITO EN BICICLETA
Cuando
pasen los años, que pasarán sin remedio, Manolito y los niños de su generación
serán llamados los niños del coronavirus, y se hablará de ellos como se habla de los niños
de la guerra o de los niños del baby boom, que son los que nacieron
a mansalva en los años setenta en España.
Leganés, 6 de mayo de 2020
A Manolito
y los niños de su edad les está tocando vivir unos tiempos, ¿meses?, ¿años?, realmente
malos. Habrán nacido o vivido su niñez en los tiempos del coronavirus, como
los abuelos de Gabriel García Márquez vivieron sus noviazgo en los
tiempos del cólera y los mamuts camparon a sus anchas en la edad de
hielo.
El todo
pasa y todo queda de Machado nos sirve para informar de que los tiempos
duros del coronavirus están dando paso a una descompresión paulatina de las
medidas de confinamiento. Como los mayores pueden salir a pasear a las ocho de
la tarde, ha llegado el fin de los coronaplausos. En la calle de
Manolito, como en tantas otras calles y plazas, el uno de mayo fue el último coronaplauso
masivo. La gente se despidió de sus vecinos de balcón, pues, en pudiendo salir
a pasear a las ocho, buena gana de mantener esta liturgia ciudadana —que tanto
bien ha hecho a tanta gente— cuando está al alcance de la mano tomar el aire y mover
los huesos por las aceras sin que te detenga la policía.
Pero,
amigos lectores, Manolito no es un pájaro libre, es un menor que no puede andar
todavía solo por la calle. Por las mañanas, sus padres se turnan para salir con
él a dar una vuelta y para hacer los deberes del cole. Luego se les cae el alma
a los pies cuando tienen que irse a trabajar. Le dejan la comida preparada —con
un golpe de microondas la calienta Manolito—, se protegen cara y manos, le
miran un instante y salen de la casa.
—Hasta la noche,
papis.
Y Manolito
se queda más solo que la una.
Después de
comer, se traga un largo telediario en el que sólo se habla de coronavirus, ve la
primera media hora de una película de vaqueros, se pone la toalla de playa y
sube a casa de María Luisa.
—¡María
Luisa, ya estoy aquí!
—Cada día
subes antes, Manolito.
—Es que yo
solo en casa…
—Anda,
pasa.
En la casa
de un hada madrina, el tiempo igual que se estira se encoge. A Manolito las
tardes se le pasan en un suspiro. Cuando se quiere dar cuenta, ya está en su
casa y bien cenado. En esta casa el tiempo no le duele, porque el tiempo duele cuando se
está aburrido, y Manolito nunca se aburre con María Luisa.
Manolito entra
y se asea, ya sabéis.
En el salón
de María Luisa hay dos mountain bike de última generación.
—¡Guau, qué
pasada! —exclama Manolito.
—Ponte el
casco que hay en la mesa y súbete —le dice María Luisa, que ya está sobre su
bicicleta.
Apenas
monta Manolito y da la primera pedalada, ruedan por un camino de tierra que discurre
paralelo a una playa y a un pinar. Huele a arena limpia y a pino, y una suave
brisa marina les roza la cara. Manolito nunca ha sido habilidoso con la
bicicleta, pero esta se maneja sola.
El camino serpentea y sube hasta un cerro donde hay un faro a rayas blancas y
rojas. En el balcón del faro, un farero, con gorra de marinero, otea el horizonte
con un catalejo. Oye el rozar de las ruedas en la tierra y mira hacia abajo.
—Hola,
María Luisa —dice el farero—. Hoy traes buena compañía.
—Es
Manolito, Fabián. ¿Podemos subir?
—Subid, por
favor. Hacía mucho que no venías por aquí.
Las
gaviotas sobrevuelan en círculos el faro y rompen el aire con sus graznidos.
Fabián le pasa el catalejo a Manolito, que mira el horizonte con aire de niño interesante.
En el horizonte, donde se juntan el cielo y el mar, ve aparecer un barco velero
que navega con las velas extendidas. Manolito se ha quedado mudo con el ojo
pegado al catalejo, imaginando muchas cosas. Los tres están en silencio muy a
gusto.
—Nos vamos,
Fabián —dice María Luisa al cabo de un buen rato.
—¿Volveréis
otro día?
—Por
supuesto, Fabián, me parece que a Manolito le gusta mucho mirar por tu
catalejo.
—Os espero.
Adiós, marinero —le dice Fabián a Manolito, que le mira pasmado, como si le hubiera comido la lengua el gato.
Bajan la
cuesta en las bicicletas a toda pastilla, sin tocar los frenos. El viento azota
la cara de Manolito, que de vez en cuando cierra los ojos para oler el mar y
los pinos.
Tras una
curva cerrada, en la que tienen que frenar con fuerza para no salir disparados,
aparecen en el salón de María Luisa.
Se bajan,
se quitan los cascos y se vuelven a asear para la cena. Preparan juntos la
mesa. María Luisa en un extremo pone un jarrón con algas y corales.
Cenan un exquisito
arroz con bogavante, y mucho pan.
—¿Aunque es
de noche?
—Aunque es
de noche.
El postre
es un sorbete de limón, más que nada para aliviar la digestión.
—Manolito,
es la hora, te tienes que ir.
—Uf, qué
rápido se me ha pasado la tarde —dice Manolito dándose una palmada en la frente.
—A mí
también, Manolito.
—Adiós, señora
María Luisa. Que pase una buena noche.
—Adiós,
Manolito.
Manolito se
cubre con la toalla de playa, baja a su casa, entra, se sienta en el sofá, enciende
la televisión y espera a sus padres.
FIN
Leganés, 6 de mayo de 2020
¡Quien fuera Manolito para zamparse un buen arroz con bogavantes! Abrazos
ResponderEliminarQue maravilla ese paseo de Manolito, da envidia.
ResponderEliminarQué grande es la literatura, la imaginación y mi amigo Carlos!
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